Hace unos días, en Quito, un juez dictó cuatro años de prisión para un estudiante que presuntamente acosó a su compañera, hasta provocar su suicidio. Y aquello se da en el contexto de violencia generalizada del país. Así, surge la pregunta, ¿por qué un adolescente hostigó a su compañera?
El caso de violencia y posterior suicidio refleja el fracaso de los hogares, sistemas educativos y valores que deben adornar las etapas iniciales de la vida. Son dos vidas las que se pierden, la de la estudiante que se suicidó y la del estudiante tras las rejas.
En el documento titulado Una lección diaria. Acabar con la violencia en las escuelas, la Unicef (2018) afirma que el acoso escolar tiene una expresión monetaria, y significa siete billones de dólares al año. Esa cifra se obtiene al sumar los días perdidos, y el tiempo que invierten diversas personas, y autoridades en la solución del problema de acoso.
Muchos de los acosadores ven normal “molestar”; pero, esa palabra alude a generar una incomodidad a alguien de manera premeditada, para disfrutar del sufrimiento de otro. En los hogares deben educar en la inteligencia emocional y prohibirse el “molestar” a otro.
En los entornos educativos se espera que un docente tenga las herramientas para la detección temprana de comportamientos inadecuados y modificarlos. No obstante, aquello es solo en teoría, los actos de odio y hostigamiento tiene orígenes culturales profundos y si no existen en los hogares educación emocional y humanista, difícilmente las unidades educativas podrán corregir lo que no se rectificó en casa.
Si en la casa se naturaliza la burla y el irrespeto por el espacio personal, difícilmente en las aulas se puede superar lo que ha sido profundizado en los entornos familiares. De ahí que padres y madres de familia debemos educarnos para comprender la realidad en la que se enfrentan nuestros hijos, y pedirles que sean solidarios con quien sufre, para evitar que tragedias como la mencionada se repitan.
Los estudios sobre acoso escolar detallan que usualmente el acoso se produce con conocimiento del grupo y se profundiza, porque los pares, es decir sus compañeros, deciden callar, mirar hacia otro lado o simplemente ignorar los actos de violencia.
Las soluciones al acoso escolar están en manos de todos. El mismo documento de la Unicef (2018) llama a los Gobiernos a invertir en investigaciones sobre el acoso escolar, las que todavía son insuficientes. Además, sugiere que las instituciones deben crear canales adecuados y variados para que los miembros de las comunidades educativas se sientan en libertad de denunciar cualquier acto que atente contra la convivencia pacífica.
Actualmente, el acoso escolar cobra nuevas formas como las del ciberacoso. De manera cruel se emplean las fotografías de las personas para burlarse de su físico, su edad o sus circunstancias, sin considerar que daña y lastima a otros.
Entre las reformas que requiere el país están el endurecimiento de sanciones hacia los acosadores escolares y la creación de mecanismos para fortalecer la construcción de entornos amigables, donde predomine el buen trato y la empatía. (O)










