Fuimos a ver Avatar no para escapar del mundo, sino para volver a mirarlo. Pandora —ese planeta exuberante, herido y defendido— no es un lugar lejano: es una metáfora incómoda. Allí, como aquí, la codicia avanza con botas pesadas, con máquinas que no escuchan, con discursos que justifican el saqueo en nombre del progreso, cuando en realidad se trata de dinero para pocos, no para la población. Allí, como en el Ecuador de hoy, la vida parece valer menos que lo que se puede extraer de ella.
Nuestro país está cansado. Cansado de la corrupción que se recicla, de la violencia que se normaliza, del miedo que se instala en las conversaciones diarias. Se repite que no se negocia ni con asesinos, porque sí se ha negociado –y mucho– con corruptos. Y muchos de esos “no negociadores” forman parte de la trama. Robos que han matado más que algunos delincuentes famosos: personas que no pudieron curarse, niños que no accedieron a la educación. La corrupción también es asesinato.
Un país cansado de entierros prematuros, silencios impuestos, de esa sensación de que todo está roto y nada alcanza. Negarlo sería una forma de traición. Pero quedarnos solo en el espanto también lo sería.
En Avatar, los habitantes de Pandora, los Na’vi, enseñan algo esencial: la vida está conectada. No como consigna ingenua, sino como verdad profunda. Lo que se daña en un extremo repercute en el otro. Cuando se mata el bosque, se mata la memoria; cuando se rompe la comunidad, se debilita la defensa de la vida. En Ecuador lo sabemos, aunque a veces lo olvidemos: cuando la corrupción carcome la justicia, la violencia encuentra terreno fértil; cuando los corruptos dan clase de honestidad y legalidad, cuando el miedo gobierna, la paz se vuelve una palabra sospechosa.
La paz –y esto es urgente decirlo– no es la ausencia de conflicto ni un gesto romántico. Es una construcción paciente, casi artesanal. Se edifica cuando alguien se niega a pagar una “vacuna”, cuando una maestra insiste en cuidar a sus estudiantes, cuando un barrio decide no entregarse al silencio cómplice, cuando una madre sigue enseñando a amar en medio del ruido de las balas. La paz se construye cuando elegimos no parecernos a aquello que nos destruye.
Avatar también habla de resistencia. No de la que grita más fuerte, sino de la que cuida. Cuidar la vida, cuidar la palabra, cuidar el vínculo.
En un país donde todo parece empujarnos al “sálvese quien pueda”, cuidar es un acto profundamente político. Cuidar, es decir no todo está perdido, no todo se compra, no todo se vende.
Estoy harta –sí– de la corrupción y de los hechos violentos. Harta de que nos roben el futuro y nos anestesien la esperanza. Pero también sé que la esperanza no es una habilidad ni una emoción blanda: es una decisión.
Como en Avatar, llega un momento en que hay que elegir de qué lado de la historia estamos. Del lado de la depredación o del lado de la vida.
Tal vez por eso sigo escribiendo. Tal vez por eso vamos al cine y volvemos con preguntas. Porque mientras haya palabras que nombren la dignidad, mientras haya gestos que defiendan la vida, mientras alguien crea que la paz se aprende y se practica, Ecuador –nuestro Pandora herido– todavía tiene salvación. (O)