La cultura no es un terreno neutral ni un simple espacio de expresión estética. Por el contrario, constituye uno de los principales dispositivos de producción y reproducción del poder en las sociedades contemporáneas. A través de símbolos, narrativas, prácticas y representaciones, la cultura define qué voces son legítimas, qué identidades son visibles y qué formas de vida son consideradas deseables o excluidas y marginales.
En el campo artístico, esta relación resulta especialmente visible, pues el arte opera simultáneamente como dispositivo de representación y como territorio de disputa simbólica. Tal como señala Foucault, “el poder no se posee, se ejerce”, y lo hace de manera constante a través de prácticas culturales que modelan subjetividades y percepciones de la realidad.
Analizar la relación entre cultura y poder implica comprender cómo el dominio no solo se ejerce mediante la fuerza o la ley, sino también, de manera más profunda, a través del sentido común.
Las relaciones de poder se inscriben en la cultura mediante procesos de normalización. Lenguajes, imágenes, tradiciones y consumos culturales configuran imaginarios colectivos que tienden a naturalizar jerarquías sociales. En este sentido, la cultura actúa como un campo de disputa simbólica, donde distintos actores luchan por imponer significados, valores y formas de representación.
Las industrias culturales y las plataformas digitales desempeñan un papel central en esta disputa, al seleccionar qué contenidos circulan y cuáles permanecen en los márgenes. Así, el poder cultural se ejerce tanto por exclusión como por visibilización controlada.
En el caso del arte no solo refleja el mundo: lo construye simbólicamente. Stuart Hall sostiene que la representación es un acto de poder, ya que implica seleccionar, codificar y fijar significados. En este sentido, las imágenes artísticas participan activamente en la producción de imaginarios sobre el cuerpo, la nación, la otredad o la memoria.
Si bien la cultura puede reproducir el poder, también es un territorio de contestación y transformación.
El arte, la cultura popular, el arte urbano y las expresiones comunitarias abren fisuras en el discurso hegemónico, permitiendo la emergencia de voces disidentes.
Estas prácticas no siempre buscan la confrontación directa, sino que operan desde lo simbólico, alterando sentidos, reapropiándose de lenguajes y desplazando significados. En este sentido, la cultura es una forma de acción política que actúa en el plano de lo sensible y lo cotidiano.
La relación entre cultura y poder es compleja, dinámica y profundamente política.
La cultura no solo refleja las estructuras de poder existentes, sino que participa activamente en su producción, legitimación o cuestionamiento. Comprender esta relación resulta fundamental para el análisis crítico de la sociedad contemporánea y para el diseño de políticas culturales que reconozcan la cultura como un derecho, un campo de disputa y una herramienta de transformación social. (O)












