Vamos muy rápido con la inteligencia artificial. Como siempre, conviene hacer una pausa. O incluso ir un poco atrás, a lo que fue noticia el año pasado. En el contexto de la Feria del Libro de Fráncfort en octubre de 2025, coincidieron dos noticias. Por una parte, una empresa austríaca presentó la plataforma StoryOne 2.0, que permitiría a cualquier usuario la escritura de un libro de no ficción, de una decena de capítulos, en un tiempo aproximado de sesenta minutos. Casi al mismo tiempo, el periódico británico The Guardian difundió la noticia del lanzamiento de una iniciativa de la organización Books by People, la creación del sello “literatura orgánica”, por la que se garantizaba que los libros que tuvieran este sello habrían sido ideados y escritos por seres humanos, y que el uso de IA solo se habría dado para herramientas básicas, como corrección de erratas o incoherencias sintácticas, labor que el Word realiza de manera automática. Por supuesto, nada de esto es novedad. Sabemos desde mucho antes de estos procesos, solo que ahora se formalizaron en la feria del libro más importante del mundo. También utilizamos hace mucho tiempo la inteligencia artificial para procesar información e, incluso, para leer libros. Mejor dicho: para que la IA los lea por nosotros y hagan un resumen práctico, expeditivo, riguroso. Más allá de las derivas, fabulaciones o desvaríos que puede tener la IA mal dirigida por un “ignorante natural”, y a pesar de plataformas estrictas (como NotebookLM) que solo operan sobre datos subidos por el usuario y que no se conectan con la delirante órbita de falsificaciones que circula por internet, el resumen de un libro, como quien exprime una naranja, no trasmite todo lo que tiene que dar el libro (y se pierde la textura de la piel de la naranja, su fragancia y sus mórbidos y sabrosos gajos). Al lector que esto le suene obvio, puede dejar de leer en este instante este artículo; pero, si es un lector de inteligencia natural, sabe que no lo va a dejar precisamente por el argumento que ya conoce. Toda lectura no solo se dirige al contenido, sino a la experiencia de recorrerlo.

Conviene volver a estas verdades obvias porque se olvidan demasiado rápido. Como se olvida, incluso en quienes son lectores de larga trayectoria, que no se puede separar la forma del contenido. La necesidad urgente por obtener el núcleo duro de información no funciona con la literatura, y sobre todo con la novela. A pesar de los reparos que se le ha hecho a la gran mayoría de novelas por volcarse a una dimensión visual excesiva, al punto de que la novela misma desaparece para dar en primer plano los temas, la anécdota o los personajes de los que habla, o incluso para convertirse en series o películas, de las que, a propósito, se toma un fotograma y se lo coloca en la siguiente edición del libro en el que se basan, en el ahora ya clásico procedimiento de la movie tie-in edition, lo cierto es que las novelas, incluso las escritas de la manera más sencilla posible, quieren llevar al lector por la experiencia de un recorrido, que incluye desde el suspenso de una trama que se suelta a cuentagotas hasta la experiencia sensorial de un lenguaje que tiene vaivenes idiomáticos, sintácticos, léxicos y de distintos registros —novelas que incluyen fragmentos de diarios, cartas, telegramas, recortes de prensa, recetas de cocina, fotos, dibujos, entre otras formas—, todo para que la novela sea una especie de superficie nada monótona que se alarga en una lectura de horas, días o semanas.

Es muy difícil simplificar lo que la experiencia del recorrido de la lectura le da al lector. Cada caso es único. Las larguísimas oraciones de Proust o Javier Marías, el estilo paratáctico del último Beckett, las modulaciones sensoriales de Lawrence Durrell, los quiebres sintácticos y los silencios en Marguerite Duras, las repeticiones y ampliaciones en la prosa de Thomas Bernhard o Jon Fosse, el extrañamiento y los requiebros semánticos en Clarice Lispector, las cristalizaciones emocionales de lento avance en László Krasznahorkai, las yuxtaposiciones de lenguaje popular y culto en Gadda, la dislocación de las secuencias y el hiperbatón en Lezama Lima, las circunvoluciones emotivas y puntillistas en Virginia Woolf. Como dije, es difícil simplificar esos ritmos de escritura. Lo mejor será leer, despacio, palpando cada palabra, aunque sea en una traducción al español, lo que escribió Walter Benjamin en ese pequeño gran libro que es Dirección única, donde no solo señala que hay que leer todo un texto, sino incluso copiarlo:

“La fuerza de una carretera varía según se la recorra a pie o se la sobrevuele en aeroplano. Así también, la fuerza de un texto varía según sea leído o copiado. Quien vuela, solo ve cómo la carretera va deslizándose por el paisaje y se desdevana ante sus ojos siguiendo las mismas leyes del terreno circundante. Tan solo quien recorre a pie una carretera advierte su dominio y descubre cómo en ese mismo terreno, que para el aviador no es más que una llanura desplegada, la carretera, en cada una de sus curvas, va ordenando el despliegue de lejanías, miradores, calveros y perspectivas como la voz de mando de un oficial hace salir a los soldados de sus filas. Del mismo modo, solo el texto copiado puede dar órdenes al alma de quien lo está trabajando, mientras que el simple lector jamás conocerá los nuevos paisajes que, dentro de él, va convocando el texto, esa carretera que atraviesa su cada vez más densa selva interior”.

Ojalá tampoco perdamos a estos no tan simples lectores, ahora tan valiosos. Ojalá que adquiramos el acto de resistencia contra las prisas del mundo de trascribir un texto para leerlo mejor. Ojalá que no necesitemos certificados de lectores orgánicos que sí han leído toda una novela y no solamente el resumen de la IA. Certificado innecesario porque se nota, vaya si se nota, y a kilómetros de distancia, cuando alguien se ha leído toda una novela. (O)