El tránsito en nuestra ciudad puede ser catalogado como deporte extremo; es decir, se ha convertido en una suerte de “sálvese quien pueda”. Comencemos por las señales de tránsito, como los pares, “ceda el paso”, “prohibido estacionar” o el reservado para los discapacitados, que parece que fueran una mera sugerencia, así como los semáforos. Cuando un semáforo está en luz roja, los vehículos deben detenerse y en amarilla disminuir la velocidad; pero los conductores, al ver la luz amarilla, aceleran y en roja siguen pasando sin respetar la señal, sobre todo los buses.

Los buses son un capítulo aparte, pues no respetan los límites de velocidad dentro de la ciudad. Para ellos, las paradas son solo un detalle, pese a estar reservadas para que recojan y dejen a los pasajeros; los choferes prefieren parar en media calzada, sin importar el peligro. Tampoco respetan los carriles: los buses los copan todos, la competencia entre ellos resulta un verdadero desafío.

Los taxis formales e informales no son diferentes; tienen la “libertad” de parar donde les da la gana. Si aparece un posible pasajero, se dan el tiempo de discutir la tarifa en media calle –porque no utilizan el taxímetro– y no les importa obstaculizar el tránsito; igual pasa con los vehículos particulares. Al “prohibido estacionar”, nadie respeta; es más, en el centro de la urbe no es raro ver que los carros estacionen en doble fila, en cada costado de la calle, sin que a nadie le importe que eso impida pasar a otros vehículos. Hay que armarse de paciencia y sortear esos obstáculos porque, si se reclama, se corre el riesgo de sufrir una agresión.

Los motociclistas son verdaderos malabaristas del tránsito. Para ellos no existen los límites de velocidad ni las señales de tránsito. Van haciendo meandros entre los vehículos, se juegan la vida y pobre el conductor que se ve abocado a sortear sus peligrosas maniobras. Esto es parte de la aventura cotidiana citadina.

Para los peatones, los pasos cebra solo están pintados como adorno de la calzada. Pasan por donde les sea más fácil el cruce de la calle; no importa si el semáforo está en verde o rojo, es lo de menos; igualmente, muy poca gente usa los pasos peatonales. Más rápido y “emocionante” es torear los vehículos.

¿Y los agentes de tránsito? Están mal preparados y no tienen personalidad ni carácter; tampoco cuentan con los equipos necesarios para hacer cumplir la ley. Muchos prefieren el chateo, con seguridad es más divertido y menos aburrido que poner orden en el tránsito. La abulia les domina.

Por último, está la Autoridad de Tránsito Municipal, conocida con la sigla de ATM; en sus filas hay “generales”, con insignias de ese grado y bastón de mando. La pregunta es: ¿qué autoridad les otorgó ese grado? El grado de general es potestad privativa del presidente de la República; lo otorga mediante decreto ejecutivo exclusivamente a los oficiales de las Fuerzas Armadas y de la Policía.

Es nuestra obligación, como conductores y ciudadanos, respetar las señales de tránsito para así evitar el caos y lograr una convivencia segura y civilizada entre todos.

¿Qué autoridades ponen orden en el tránsito de la ciudad? (O)