A veces, cuando escribo, me pregunto cuáles son los deberes que justifican el privilegio que tengo de meterme, a través de mi columna, en la intimidad de los que leen.
¿Por qué puedo opinar sin más, juzgar los hechos y a la gente, “dictar sentencia” y ejercer el sutil pero eficaz poder que da la prensa?
¿Es legítimo hacer de la columna una rutina, tal vez un espacio para exhibir la vanidad, o una excusa para llevar la soberbia sobre el pecho?, ¿o es comprometida y difícil tarea de buscar y encontrar un ápice de verdad en el pajar de la confusión universal?
Hace rato ronda en mí la tentación de hacer una autocrítica del columnista, de someter a prueba mis derechos, contrastándolos con mis obligaciones, y de hablar de la libertad de opinión pero desde el punto de vista de la responsabilidad de esa opinión. Esa tentación se fortalece cuando al escribir imagino al hipotético lector, abrumado por el negativismo habitual que destilan las columnas, atosigado por la política, escéptico ante tanto tema que envenena la vida pública, frustrado en la búsqueda de alguna claridad.
Entonces, me parece que mi columna debería transformarse, a veces, en espacio para el aire libre, en posibilidad de que el país sin voz se exprese, se descubra y se sienta reflejado en esos espejos enterrados de los que hablaba Carlos Fuentes.
¿No será oportuno abrir ocasionalmente esa ventana, mirar el país de otro modo y compartir otras impresiones, más allá de lo que repite el noticiero?
Podría cuestionarse la idea de que la columna sea ventana a horizontes distintos o puerta abierta a la frescura, esto desde la acartonada tradición del fruncimiento, o con el criterio de que las páginas de opinión estarían reservadas a la política, la macroeconomía y la especulación electoral, o a rizar el rizo de ideologías y doctrinas.
Por allá se llegará probablemente a la “seriedad”, pero también al aburrimiento, a la aridez y a la reiteración de sermones que a los lectores seguramente les suena a escolástica desvencijada.
¿Las columnas –mi columna– reflejan la vida pública?, no estoy seguro de ello; pero además cabe preguntarse si esa vida pública, la política y las especulaciones vinculadas agotan la realidad individual y social de la comunidad y si, por tanto, los demás hechos, realidades e ilusiones, no tienen lugar entre lo que decimos con tanta rotundidad?
Me temo que los columnistas, anclados en la coyuntura, encerrados entre cifras y noticias malas, con frecuencia, transformamos los espacios que tenemos en pozo negro de escepticismo y, de ese modo, enfermamos las mañanas de los lectores.
¿Tengo derecho, me pregunto, a difundir solamente el pesimismo propio y a contagiarlo a los demás?
Ese lujo fúnebre ciertamente me abruma, porque el “derecho” a transmitir y reproducir frustraciones y maledicencias me plantea, cuando escribo, algunas objeciones éticas y más de una duda acerca de las responsabilidades y los límites de mi opinión. (O)