Se va la luz y en la oscuridad se despliega el miedo. Aparecen hombres armados. Gritos. Disparos. Algunos huyen con lo que pueden cargar en sus carros. Si llega la policía, no es para todos: combate a unos y pacta con otros. El progresivo acercamiento del terror lo ve el ciudadano con incredulidad. Así se revela una verdad incómoda: el valor de la Constitución apenas supera al del papel en que se imprime. Aún es de noche en Caracas (estrenada en 2025 en el Festival de Venecia), dirigida por Mariana Rondón y Marité Ugás (entre sus productores está el reconocido actor venezolano Édgar Ramírez), representa el colapso político y social de un país hermano. Si en otras regiones el terror se asocia con la invasión alienígena, el contagio de un virus zombi o la guerra civil, en nuestra América se relaciona más con el crimen organizado.
La película nos pone en la posición de Adelaida (Natalia Reyes), quien, acabando de perder a su madre, se ve sumida en el caos criminal. Debemos precisar que nos referimos, antes que a delincuencia organizada, a un conflicto político. La organización criminal desafía una cualidad esencial del Estado, el monopolio de la violencia. Hemos apuntado antes que, allí donde el Estado no está a la altura de sus responsabilidades, el crimen organizado surge orgánicamente. Es una proliferación que incluye al Estado pero también lo sobrepasa poniéndolo a la defensiva.
No hay recetas ideológicas ni juicios morales que nos presten auxilio de ello. Que el cine lo dramatice en Venezuela no le quita su valor para nosotros, pues lo que representa es una realidad regional.
Los paralelos de la trama con nuestro entorno generan emociones encontradas, un conflicto interior que estamos domesticados a ignorar. Santiago (Moisés Angola), un personaje víctima y victimario del auge de la violencia, tuvo su iniciación criminal en prisión. “Te hacen creer que te salvan la vida”, le cuenta a Adelaida, “pero en realidad te la confiscan”. Resuena el que digan que el sistema penitenciario en Ecuador es una “universidad del crimen”. Repetimos: el crimen organizado no es causa sino consecuencia de condiciones estructurales. Se trata de una de las caras de lo que se llama “gobernanza criminal” en las ciencias sociales. En palabras de Santiago, el país es “una gran cárcel” y todos somos prisioneros.
Cuando la violencia toca su puerta, Adelaida acude a una vecindad que no puede socorrerla. El progreso técnico ha pasado a remplazar los vínculos humanos por relaciones económicas que se desbaratan al volverse seria la situación. Pero es entonces, muy por debajo de las convenciones sociales, donde nuestros lazos resplandecen de sentido. Adelaida recuerda en medio del caos ser pequeña y ver a su madre bailar en fiestas comunitarias. Y con razón, pues allí se encuentra la sustancia política capaz de resistir a la violencia. Comprenderlo genera un cambio de prioridades. Adelaida abandona su laptop para llevarse el portarretrato de un ser querido. Aquí tenemos una pista, un susurro que suele perderse en la vorágine de nuestras vidas, de algo más fuerte que la muerte. (O)










