Un auténtico vasco, nació en Oñate, provincia de Guipúzcoa, el 13 de junio de 1939 y muere en Guayaquil, el 5 de febrero de 2026, a los 86 años de edad. Fue sepultado en nuestra Catedral, junto a todos los prelados que han servido a nuestra diócesis, debajo del altar mayor.

Hombre recio, firme, exigente, mucho más consigo mismo, pero sencillo, humilde, generoso y siempre dispuesto a hacer y servir. Conoció al fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá de Balaguer antes de cumplir 18 años; fue un flechazo de simpatía por él, su organización y propuesta, de santificar el trabajo ordinario y ofrecer cada momento a Dios, sin necesidad de apartarse o alejarse del mundo.

Su origen, las empresas de su familia, su inteligencia y personalidad le hubieran permitido triunfar con mucha facilidad en la vida civil, pero enamorado del Opus Dei, prefirió dedicar su vida al servicio de Dios y los demás; primero como seglar, luego completando sus estudios de Derecho Canónico y la orden sacerdotal.

Estuvo dispuesto a los 26 años recién ordenado viajar a un lejano país tropical, desconocido para él, venir a organizar y fortalecer la obra en el Ecuador, aceptó su nuevo destino con entusiasmo y dedicación. Ha vivido más de seis décadas en nuestro país, al que amó desde el principio de su llegada, habiendo obtenido la nacionalidad ecuatoriana en 1986. Lo mencionaba con orgullo y viajaba al exterior con nuestro pasaporte tricolor.

Sirvió como capellán en colegios y universidades, fue profesor universitario, dirigió el Opus en el Ecuador durante ocho años. Fue obispo auxiliar de Quito, luego de Ibarra y finalmente arzobispo de Guayaquil en 2003, en reemplazo de Juan Larrea Holguín. Al cumplir 75 años en 2015, renunció, habiendo recibido entonces el título de arzobispo emérito. Siguió trabajando en iniciativas como la dirección del centro de rehabilitación juvenil Juan Pablo II y rector de la iglesia María Madre del Amor Hermoso de La Puntilla.

Como arzobispo titular, se dedicó a fomentar las vocaciones sacerdotales, el fortalecimiento del Seminario Mayor de Guayaquil y varias obras sociales como el Banco de Alimentos Diakonía, Centro Pastoral Indígena de La Prosperina, Red Educativa y de Dispensarios Médicos de la arquidiócesis. Ordenó 45 sacerdotes y creó 68 parroquias, dada su preferencia por atender los sectores más humildes. Nos legó la Virgen de Guayaquil en la capilla de Mucho Lote y el hermoso santuario de la Divina Misericordia, km 26 vía a la costa.

Monseñor Arregui se ganaba fácil y rápidamente el afecto y admiración de quienes trabajaban con él. Era un líder efectivo y eficaz, hablaba poco, pero sus homilías eran profundas, en pocos minutos te manifestaba la esencia del mensaje de las lecturas de cada misa. Yo tuve el privilegio de tenerlo cerca en la Asociación Cristiana de Empresarios, en la iglesia de La Puntilla, en varias otras actividades; siempre lo aprecié y admiré mucho. Me duele su partida, pero me alegra más saber que tenemos un pastor santo en el cielo que seguirá cuidando, velando e intercediendo por su querido Guayaquil. (O)