Lo ocurrido esta semana en la isla Mocolí, el sitio más exclusivo de la ya muy exclusiva parroquia La Puntilla del cantón Samborondón, apéndice urbana de Guayaquil, es digno de todas las alarmas, y nos despierta a una realidad que aunque ocurre hace rato en países colindantes, veíamos lejana. O creíamos posible solo en la ficción televisiva que suele elevar a los villanos, hasta la categoría de señores del mal.

Que todo un pelotón de fusilamiento se haya infiltrado en el sector más exclusivo de la exclusiva isla de la todavía más exclusiva parroquia, ya se sale de todos los parámetros de tolerancia ciudadana en torno a la inseguridad que nos atormenta y que ha empujado a muchos a irse del país.

Pero que la víctima principal de aquella operación comando del mal haya sido un supuesto líder de un grupo de delincuencia organizada, que a la vez, y como lo dijo el ministro del Interior, era uno de los objetivos principales del Bloque de Búsqueda a su mando (aparato uniformado que persigue a esos líderes) es igual de alarmante. ¿Qué hacía ahí? ¿Quién lo invitaba a jugar fútbol en esa exclusiva y resguardada cancha? ¿Con qué frecuencia iba, como para que sus asesinos hayan tenido estudiados sus movimientos? Y quizás la pregunta de cajón ¿Dónde es que lo buscaba el Bloque de Búsqueda, mientras él se divertía con la pelota al tiempo que ampliaba su roce social?

Hay otro arsenal de dudas que me asaltan. ¿Fue un ajuste de cuentas? ¿De sus propios liderados que no querían (como también dijo el ministro) que se cambie de bando? ¿O de rivales que aprovecharon un momento de debilidad para eliminarlo y ganar espacio en la permanente lucha territorial de estas bandas? ¿De dónde sacaron los uniformes policiales y militares que se dice usaban los asesinos que llegaron a bordo de camionetas? ¿De dónde las armas, de alto poder de fuego, que utilizaron para atacar a sus víctimas con la certeza de que no se levanten? ¿Cómo es que transitan con aparente libertad esos verdugos por un sector que justamente tiene la condición urbana de solo tener una vía de acceso y salida?

¿Más? Sigamos. ¿Qué piensan desde esa noche los vecinos de Mocolí Golf, y entre ellos algunos social y políticamente muy relevantes? ¿Tenían idea de lo vulnerable que era su urbanización ante el poder de algún GDO como el que ejecutó a tres hombres en su cancha de fútbol? ¿Pudieron dormir la noche del miércoles 7 de enero reciente? ¿Han podido dormir en paz las siguientes noches?

Hechos como este acrecientan la sensación de inseguridad que ya era muy grande en este sector del país y soy de los que cree que eso inmoviliza mentes y corazones, más aún cuando se le suma también esa sensación de que es poco lo que se hace para evitarlo, como lo confirma la declaración de que el Bloque de Búsqueda lo buscaba y él muy divertido con sus amigos fútbol jugaba en un sitio hipervisible.

También desnuda otra realidad lacerante: que, paulatinamente, la sociedad ha sido permeada ya por quienes tienen lo ilegal como principal actividad económica, en sus más diversas, gigantes y novedosas formas, cuyos líderes, evidentemente, ya no son gustosos de la clandestinidad. (O)