Yo no me acuerdo, pero me han contado mis hermanas que cuando el Turco Adoum llegaba, abrían la sala grande. Yo no me acuerdo, pero dicen mis hermanas que, al verlo, la abuela se santiguaba porque el Turco era comunista. Yo no me acuerdo, pero cuentan mis hermanas que papá salía a recibirlo en la calle y que sus visitas alegraban la casa.
Papá, el doctor Marquito Varea, era conservador, médico y hacendado. Adoum era comunista, escritor y poeta, pero los unía su humanismo militante, su gusto por la literatura, su interés por el país y la cultura, la buena charla y el whisky que, cuando llegaba el Turco, bebían en la sala grande.
Jorge Enrique Adoum, el poeta ambateño, diez años menor que papá, hacía un tambo en nuestra casa de Latacunga cuando viajaba a Quito. Casado con la entrañable Magda, que era tía de mis primas hermanas, las Jaramillo Varea, Adoum venía a ser esa suerte de tío visitante.
Mis hermanas cuentan que, a pesar de sus diferentes maneras de ver el mundo, ambos querían cambiarlo; ambos querían un mundo justo: papá desde la medicina, Adoum desde la revolución.
Mis hermanas cuentan que sus debates sobre religión y política parecían no tener fin y que el Turco era, definitivamente, comunista. Papá en cambio, curuchupa contumaz.
Pero, en algún momento, Jorge Enrique y Magda continuaban su viaje hacia Ambato o hacia Quito, y los debates terminaban a veces con una broma, a veces con un “No, cholito, estás equivocado”, pero siempre, siempre, siempre, con un abrazo.
Otra pasión mutua fue aquella apuesta cultural llamada Casa de la Cultura Ecuatoriana, de la cual fueron miembros activos. Sé que ambos trabajaron con la misma pasión con que conversaron, bebieron whisky y rieron. Y, si no me equivoco, ambos fueron directores o presidentes en sus respectivas provincias, en el núcleo de Cotopaxi y en el núcleo de Tungurahua.
Fue a finales de los años 80, en la Libri Mundi de Enrique Grosse, donde conocí personalmente a Jorge Enrique Adoum. Unos años antes yo había leído fascinada Entre Marx y una mujer desnuda, pero en esa ocasión no le dije nada.
¡Qué viejo guapo!, pensé al verlo, y me acerqué: —¿Lo puedo atender? —¿Trabajas aquí? Eres nueva, ¿no? —me tuteó. —Sí, soy Mónica Varea, a sus órdenes. Él me sonrió con su mirada. —¿Eres algo para Marco? —Sí, soy su hija. Me dio una palmada cariñosa, mandó saludos a papá luego de llamarlo “gran tipo” y pronunció aquella frase que en mi juventud era devastadora: —Ahí está la cara de tu papá.
Desde que conocí a mi padre supe que quería parecerme a él; todas las noches les rezaba al ángel de la guarda, a Dios y a la Virgen para que me concedieran la gran inteligencia de papá y su enorme corazón, pero no sé en qué andaban estos tres a la hora de mis rezos infantiles: me dieron su gran frente y su enorme nariz.
Este año, Jorge Enrique Adoum habría cumplido 100 años. Hoy en la tarde, en Librería Rayuela, junto con la fundación que lleva su nombre y El Ángel Editor, rendiremos un homenaje a su vida y a su hombría de bien.
Él murió en 2009, pero su pensamiento sigue vigente; Ecuador: señas particulares es prueba de ello. Su poesía vive. ¡Adoum vive! (O)