La discusión sobre estudiantes copiando, baja exigencia académica o crisis ética en profesiones sanitarias no puede separarse de una realidad más amplia: la profunda desarticulación entre universidad, sistema sanitario y empleo médico.
Durante años se ha formado médicos bajo un modelo centrado en acumulación de materias, carga horaria y aprobación de exámenes, pero sin integrar adecuadamente las verdaderas condiciones laborales y asistenciales del país. El resultado es contradictorio: coexistencia de médicos generales con dificultades de inserción estable, déficit de especialistas, hospitales saturados y posgradistas utilizados para cubrir necesidades estructurales del sistema.
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La reforma de las carreras sanitarias debe pensarse desde la realidad nacional y no como simple homologación burocrática o uniformización ideológica de universidades. El objetivo no es producir títulos intercambiables, sino formar profesionales competentes, capaces de ejercer un oficio digno y responder a las necesidades de la población.
El internado y la residencia deben recuperar su naturaleza formativa. Aprender en hospitales es indispensable, pero la formación no puede confundirse con sustitución laboral barata. El interno y posgradista requieren supervisión, evaluación progresiva, límites razonables de carga y protección institucional.
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También es necesario enseñar aquello que hoy muchas veces se omite: gestión sanitaria, documentación clínica, realidad tributaria, contratación pública, derechos laborales y funcionamiento del sistema de salud. No se trata de disminuir exigencia, sino de orientarla hacia competencias reales. Un país no fortalece su sistema sanitario multiplicando títulos, sino formando médicos capaces de ejercer con responsabilidad y dignidad su profesión. (O)
Galo Guillermo Farfán Cano, médico y máster en VIH, Guayaquil