Próximos a las elecciones seccionales, es fundamental que la ciudadanía escoja adecuadamente a sus principales autoridades. En ellas deben primar, entre otros aspectos, los conocimientos en urbanismo, administración y, sobre todo, la comprensión de lo que significa la función pública: un verdadero servicio a los demás.

En el caso puntual de Guayaquil, el reordenamiento territorial administrativo, así como la distritalización de la ciudad, constituye una deuda pendiente de las últimas administraciones. No se ha pensado en un Guayaquil metropolitano ni en los beneficios que ello implicaría, especialmente en materia tributaria.

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El tema ambiental no es ajeno a estas necesidades. Las áreas verdes continúan siendo deficitarias; vivir en Guayaquil es, como se comenta en la prensa, “habitar en un desierto de cemento”. Faltan árboles que protejan y den sombra, lo que expone a la población a enfermedades de la piel debido a la radiación ultravioleta. La creación de un gran parque metropolitano, un verdadero pulmón ecológico que cumpla estos requisitos, sigue siendo otra obligación incumplida por administraciones pasadas. Cabe señalar que ni siquiera se cumple con el estándar de nueve metros cuadrados de área verde por habitante recomendado por la OMS, pese a que demagógicamente se afirma lo contrario.

Por otro lado, considero que la recuperación del estero Salado, su plancton y todos sus ramales debe ser un objetivo crucial dentro de esta visión ambiental. No solo es recoger la basura generada por fábricas e invasiones, sino poner freno a este permanente crimen ambiental. La ciudad así lo demanda.

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La movilidad, circulación y transporte representan otra gran deuda. Se requieren nuevos corredores viales que descongestionen el tráfico, un sistema de transporte moderno que reemplace a la maquillada y ya obsoleta Metrovía, que permita conectar de manera eficiente a todo el Guayaquil metropolitano.

Recuperar el centro de la ciudad, convertirlo en un espacio turístico y amigable, sigue siendo una tarea pendiente. La construcción de edificios de parqueo permitiría liberar calles y veredas para una movilidad fluida y segura. La calle Panamá, por ejemplo, es una iniciativa que debe corregirse y mejorarse, especialmente en su oferta gastronómica.

Ojalá estas propuestas sean consideradas en los futuros planes de quienes aspiran a dirigir nuestra querida, hoy descuidada y maltratada, ciudad. (O)

Antonio Martínez González, cirujano general, Guayaquil