Las imágenes recientes de estudiantes o profesionales copiando no deben leerse solo como actos individuales de deshonestidad. Estas imágenes de deshonestidad académica son signos de una descomposición moral y formativa más profunda: una sociedad que ha sustituido la virtud por el resultado, la competencia real por la apariencia de logro y la responsabilidad por la evasión de consecuencias.
En especial en la carrera de Medicina, esta contradicción es grave. Persistimos en un modelo centrado en asignaturas, contenidos y exámenes en los que el estudiante aprende a repetir información, muchas veces sin comprender su finalidad práctica ni su implicación ética. Hablar de competencias no basta si estas quedan como fórmulas curriculares sin verificación real. La competencia debe demostrarse en actos, bajo supervisión, evaluación seria y responsabilidad progresiva.
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Por otro lado, el problema en Medicina se agrava cuando internos, rurales o posgradistas son usados como mano de obra barata para cubrir falencias estructurales del sistema sanitario. La práctica hospitalaria es indispensable; sin embargo, formación no equivale a sustitución laboral.
Hay, además, una infantilización del adulto joven: se le exige aprobar, titularse y no decepcionar; sin embargo, se lo educa poco en asumir error, límite, frustración y deber. Posteriormente, la sociedad se escandaliza cuando algunos buscan llegar a la meta “como sea”, aunque esa lógica ya haya sido enseñada por una cultura que premia más el éxito que la rectitud.
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No justifico la trampa; la señalo como síntoma.
Si en nuestro país queremos profesionales dignos del título que reciben, debemos reconstruir una educación exigente, justa y orientada a competencias reales. (O)
Galo Guillermo Farfán Cano, médico y máster en VIH, Guayaquil