La reducción del ancho de la vía a la costa bajo los puentes de la Perimetral y de la calle Portete ha convertido este tramo en uno de los puntos más críticos del tránsito en Guayaquil. En horas pico, la congestión alcanza niveles ya intolerables para cientos de ciudadanos que usamos diariamente este corredor para entrar o salir de la ciudad.

Las causas son claras. El crecimiento acelerado de urbanizaciones y comercios entre los kilómetros 8 y 16, sumado al tránsito pesado vinculado al Puerto de Aguas Profundas de Posorja –cuya operación se canaliza exclusivamente por esta vía– está generando una presión cada vez mayor sobre la infraestructura existente.

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En el kilómetro 22 se han construido un distribuidor de tránsito y una moderna vía de concreto de más de seis kilómetros, que se espera atienda el creciente tráfico vehicular que generarán los nuevos proyectos residenciales en la zona de Daular – impulsados por la expectativa del nuevo aeropuerto–. Sin embargo, ese flujo adicional terminará desembocando en el mismo punto crítico donde hoy ya existen graves congestiones. Se está creando capacidad para generar más tráfico sin resolver el principal nodo de distribución.

Todo indica que esta situación seguirá agravándose.

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Los factores que incrementan el tráfico crecen, pero no se observan soluciones estructurales.

Este problema radica también en una planificación invertida: primero se desarrollan proyectos –urbanizaciones, centros comerciales y actividades logísticas– y luego se intenta resolver su impacto vial.

Pero no se trata solo de tráfico. También se están sacrificando la seguridad y la movilidad de las personas. Hay exceso de velocidad, falta de semaforización adecuada, ausencia de aceras seguras y carencia de carriles de servicio, especialmente en el sentido Guayaquil–Chongón.

La vía se ha convertido casi exclusivamente en un corredor vehicular rápido, relegando a peatones, residentes y trabajadores a jugarse la vida al intentar cruzarla.

Guayaquil enfrenta una decisión clave. El crecimiento hacia el oeste –Daular, el futuro aeropuerto y el eje logístico hacia Posorja– continuará. Pero requiere una planificación vial acorde con su escala.

Las ciudades que han vivido procesos similares han entendido que no bastan obras puntuales. Se necesitan corredores logísticos para el transporte pesado, rutas alternativas que desconcentren el tráfico, intercambiadores de alta capacidad y opciones de movilidad sostenibles frente al cambio climático.

Si no se actúa ahora, el cruce de la vía a la costa con la calle Portete seguirá colapsado y se agravará progresivamente. Las señales son evidentes. Ignorarlas hoy implicará mañana mayores costos en tiempo, seguridad y calidad de vida.

Porque aquí ya no estamos frente a un problema de tránsito, sino frente a un problema de decisiones. Y cuando una ciudad decide crecer sin planificar cómo moverse, no solo se congestiona: se paraliza. (O)

Arnoldo Alencastro, ingeniero civil, Guayaquil