Los ecuatorianos estamos frente a una invasión de mediocres, tanto política como profesionalmente. El mediocre se caracteriza por ser limitado en su razonamiento, tirando al dogmatismo o fanatismo como tabla de salvación, como justificación de su incapacidad, y poniendo tal condición, cual si de un mérito se tratara.

Los espacios para el mediocre son amplios: partidos o movimientos políticos que exigen incondicionalidad con los pronunciamientos de un líder, puestos burocráticos donde no se exige ningún esfuerzo mental, religiones donde prevalece el dogmatismo y no el razonamiento, y así un sinnúmero de posibilidades. En Ecuador estamos copados de esa mediocridad.

Vemos a profesionales mediocres que aprueban obras o contratos a pesar de que sus conocimientos les sugieren lo contrario; abogados que buscan resquicios en las leyes, retorciéndolas, para justificar sus pronunciamientos.

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No se quedan atrás los profesionales que creen que una demostración de profesionalismo es el uso de términos comunes profesionalmente, pero ignorados por el pueblo: notitia criminis o ipso jure, que deben usarse en el ambiente y momento apropiado, y no como se lo hace, para que se “note” su conocimiento.

La emisión de profesionales mediocres debe parar. El progreso del país se ve frenado bruscamente por ellos. (O)

José Manuel Jalil Haas, ingeniero químico, Quito