Se ha discutido en estos días, a partir de los Premios Eugenio Espejo, sobre la situación de la cultura en Ecuador. No pretendo abarcar todas sus manifestaciones, que tienen condiciones específicas, pero sí centrarme en uno de sus rostros más visibles, el libro, y una de sus manifestaciones más recurrentes y relevantes: la literatura. El libro sigue siendo el referente y, también, el gran abandonado.

Las políticas culturales que se entregan al paternalismo obsequioso de regalar libros en eventos puntuales, casi como padres descuidados que atiborran en regalos de un día lo que no hicieron en el resto del año, son, como salta a la vista, una mala educación para hijos abandonados. Por otra parte, los excesos de subvenciones también son contraproducentes. Generan dependencias, clientelismo ideológico y obras sometidas a homenajes intencionados o autocensuras que no diré que quitan vuelo a los creadores, porque si a la larga un escritor se autocensura es porque no posee las agallas para acercarse a su lenguaje y su verdad, lo que demostraría que, con apoyo o sin él, jamás habría escrito en libertad. Esa subvención deviene un simple derroche para un ambiente mediocre de pasos medidos e instrumentalizados para la consigna de turno. Considero, más bien, que la literatura debe abrirse camino con sus propias fuerzas, con sus estrecheces y dones inesperados, de acuerdo a la circunstancia de cada escritor. Ni siquiera autores de gran éxito han abandonado oficios paralelos como el periodismo o la docencia, ventanas a la realidad para salir de una torre de marfil sofocante. La indefinición del camino del escritor, su peaje exigente y trasgresor, es la posibilidad de un lenguaje innovador.

Pero hay un punto intermedio, entre la individualidad del escritor y la sociedad lectora, que una política estatal debe apoyar sin mirar la propaganda de su paso en el poder sino al país. No tiene que ver con un ministro o entidad de turno, ni con súbitas partidas presupuestarias, premios o eventos, sino con la relevancia política decisiva para la literatura y la cultura del libro, con un compromiso de Estado en primera línea para dar una imagen y prestigio sostenido a la cultura del libro y la comprensión del rol de sus actores. Los editores y las editoriales no son impresores e imprentas que se las debe arreglar consiguiendo papel excesivamente costoso e importado y sin facilidades para exportar su producción, son gestores de pensamiento. Los libreros y las librerías no son puntos de venta o boutiques con precios arbitrarios y excesivos, son mediadores culturales decisivos. Los escritores y sus creaciones no son proveedores de las editoriales o simples redactores de obras intercambiables, sino generadores de visiones y perspectivas a ser escuchados en una sociedad libre y abierta donde la imaginación y el lenguaje inventivo crea horizontes diversos y estimulantes. Los libros construyen la imagen de un país con una solvencia mayor. Mientras esto no se entienda y se actúe en consecuencia, será el país el que pierde y los distintos gobiernos de turno quedarán como otro escalón más de la misma indiferencia regresiva. (O)