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Máscaras peregrinas

Divertidísimos videos muestran las máscaras, o caretas, o cambujes, o carantamaulas, que algunas personas usan a guisa de mascarillas para cumplir la obligación de cubrirse nariz y boca. Hay quienes salen ataviados con traje completo de buceo, tanques de oxígeno incluido; un individuo llevaba un híbrido de dona y falda de plástico, de un metro de radio, con el que pretende mantener la distancia apropiada de todo el mundo. Tal parafernalia me recordó los peregrinos embelecos con los que nuestros legisladores pretenden hacer creer que están legislando.

En esa línea entra, por ejemplo, el suprimir las pensiones de los expresidentes y vicepresidentes. Miren, esas personas en su momento representaron al Estado ecuatoriano, cuyo decoro se vería desmedrado si llevasen vidas paupérrimas. Llegar a la presidencia de la República constituye una verdadera sobrecalificación profesional que inhabilita para casi todo otro tipo de actividad. Todo gobernante, y más el que ha emprendido acciones decididas, vuelve a la vida común cargado de enemistades y resentimientos que le cierran muchas puertas y lo exponen a vejámenes y peligros que se previenen mejor con un nivel de vida adecuado. Cierto que hay entidades a las que les gustaría contar con un exmandatario como fronting, y ofrecer jugosos honorarios, pero los expone a manejos frecuentemente malintencionados. Se pueden acumular argumentos, el caso es que esta “patriótica” idea ahorrará cosa de un millón de dólares. ‘Ahorro de cocinera’ frente al descomunal déficit de miles de millones. A aquellos mandatarios que tuvieren sentencia definitiva por malos manejos de fondos públicos, se les debe retener sus pensiones como reparación de sus latrocinios. Rara vez alcanzará para pagar sus raterías, pero ¡del lobo, un pelo! Mas, eso es otra problemática.

Algo por el estilo es pedir la supresión del nombramiento de personas que no son diplomáticos de carrera en funciones en el servicio exterior. Esta es una potestad de la mayoría de jefes de gobierno y tiene su sentido. El cargo de embajador es esencialmente político, como lo es el de ministro de Estado. Tienen que cumplir disposiciones políticas, apartadas del trámite normal de una embajada, que sin ser ilegales pueden resultar molestas o contraproducentes para un funcionario de carrera. O puede ocurrir que por situaciones personales algún ciudadano resulte especialmente efectivo como representante en algún país. Cierto que esta institución abre la puerta a abusos, hay gobiernos que llenan el servicio exterior de amigos sin oficio, para prevenirlo la ley fija que tales funcionarios “políticos” no excedan el 20 por ciento. Lo que hay que pedir es que no se exceda ese tope y no suprimir un recurso en cuyo favor también se pueden amontonar argumentos.

En lugar de jugar con estas parodias, ¿por qué no se concentran en trabajar leyes serias y necesarias? En códigos que sean transformadores y abran las puertas del futuro. Pueden ya estudiar las reformas laboral y tributaria. Temas pesados, desafíos auténticos. Es verdad que el mamotreto autocrático de Montecristi casi convierte a la Asamblea en mera tramitadora de los proyectos del ejecutivo, pero hay que intentarlo. Algo quedará de ello y será algo bueno.

(O)

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