Los relatos nacen cuando algo irrumpe en la rutina de sus personajes. La vida cotidiana se altera, nada funciona como se había planificado, aparecen y desaparecen hombres y mujeres que parecían perfectamente perfilados, inamovibles en sus atributos, y todos se vuelcan a una búsqueda desenfrenada por anular la irrupción que deja atrás lo que había sido la vida hasta ese momento, con el deseo de volver a la rutina perdida, que quizá estaba sometida a la ruidosa bruma de lo banal, de la que siempre se quejaban quienes vivían en ella. Solo es perceptible su serena estabilidad cuando se la pierde. Por eso son necesarios los héroes: sus proezas son la promesa del retorno a la cotidianidad. Y por eso mismo son tan necesarios los relatos y las novelas, y dan la sensación de lo heroico. Detrás del asombro que provocan los héroes y los relatos duerme el deseo vuelto a renovar por la rutina, el irresistible impulso por negar aquello que irrumpió hasta disolverla. La irrupción puede ser banal o simple, incluso menor. Sandor Marai, en su novela El último encuentro, cuenta la historia de un hombre retirado, el General, que recibe casi al mediodía una carta de un antiguo amigo que no había visto durante cuarenta años y que le anuncia que irá a visitarlo esa misma tarde. Llegará ese amigo –Kónrad– y tendrán una conversación, en realidad el monólogo del mismo General, donde se podrá comprender toda la tragedia que, décadas atrás, irrumpió en sus vidas, trastocándolas. De manera que siempre hay un detonante subversivo que disuelve las pantallas frente a realidad fundamental que no se ve, que es necesario no ver por completo para continuar con el relato cotidiano, y que de tanto en tanto se debe desvelar para no dejar de tener los pies sobre la tierra.

Había leído años atrás la novela de Marai. De hecho la releí varias veces, leí sus libros de memorias y luego me alejé del ruidoso estallido de ventas que tuvieron sus libros. Y no fue hasta hace un par de meses que leí La mujer justa –nuevamente un monólogo, tres en realidad, sobre las perspectivas de distintos personajes de un triángulo amoroso– y de ahí llegué a Lo que no quise decir. Se trata de un texto que fue excluido de sus memorias. Había varias razones: habla sin tapujos sobre su país, Hungría, durante la segunda guerra mundial, de los oportunismos y traiciones, y unos pocos heroísmos, de su pueblo ante el escenario, primero, de las invasiones alemanas y luego de la invasión rusa, concluida la Segunda Guerra Mundial.

Lo que no quise decir forma parte de esa larga tradición de libros brillantes que hablan sobre cómo termina un mundo. La brillantez es una cualidad de la luz para agudizar la percepción: se posa sobre un objeto o sobre un acontecimiento y entonces ilumina lo que está a su alrededor. Marai recuerda el día con exactitud: un colega suyo, József Csetényi, periodista de temas económicos del diario donde Marai es columnista editorial, le dice lacónicamente: “El referéndum no se va a celebrar” y añade a continuación: “Schuschnigg ha dimitido”. No hay más explicación. Marai se refiere a la renuncia del canciller austríaco Kurt Schuschnigg, lo que daría paso a la anexión de Austria al Tercer Reich en marzo de 1938. Lo que parecía ocurrir lejos terminaría llegando a Hungría y la trastocaría. El relato de Marai es desgarrador, no solo por lo que pierde, que es casi todo. Terminará marchándose de su país, al punto que llegará a decir: “En el momento de escribir estas líneas, en el único documento oficial que guardo en la cartera, detrás de mi nombre aparece el adjetivo ‘apatride’, es decir, apátrida.” Su reflexión pone en primer plano que no estaba preparado, que nadie estaba preparado para lo que iba a venir luego de que Hitler tomara Austria. La parte más dolorosa, y que lo llevó a excluir esta parte de su libro de memorias fue la transformación vergonzosa que pudo presenciar en su país frente a los nazis, frente a sus distintos estamentos sociales internos, frente a la amenaza rusa. Desde la connivencia hasta el oportunismo, la sociedad húngara se disuelve frente a la mirada de Marai: “Una especie de bruma amarillenta oscureció los ojos de una sociedad que se embalaba como un caballo desbocado”. El episodio de la reinserción de los territorios perdidos de Hungría en la región de Transilvania es de lo más emblemático del libro. La nostalgia nacionalista de los húngaros demostraba que al recuperar esos territorios, los anexados habían sufrido una transformación democrática bajo el dominio de los checos, y al regresar a la nación húngara tuvieron también que volver atrás en el tiempo, a formas serviles donde resurgían figuras corruptas y abusivas. Lo que no quise decir termina con el retrato de dos figuras contrapuestas, el diplomático László Bárdossy, quien bajo influencia nazi terminaría declarando la guerra a la Unión Soviética sin consultar previamente a su Parlamento, y que terminaría sentenciado como “criminal de guerra”, y el estadista István Bethlen, que asumió una postura sacrificada y recta, pero que terminaría también desaparecido misteriosamente en un sanatorio de Moscú.

No volvió la normalidad en el relato de Marai. Los acontecimientos fueron de tal magnitud que terminó exiliado en los Estados Unidos, y moriría allí. Debió costarle mucho a Marai ver por escrito lo que se había gestado en su país. Pero escribió su relato y ahora es posible leerlo. Quizá de eso se trata al escribir: de la posibilidad alternativa frente a la realidad, de un recuerdo o de una ficción que sepa dar cuenta del asombro ante lo imprevisto, de la indefensión, del miedo, así como de las pequeñas certezas de las que otros podrían aprender. Así, entonces, nada será desperdiciado ni será inútil, y tarde o temprano saldrá a la luz. Ese es el modesto y perdurable regalo de quienes escriben en tiempos de oscuridad. (O)