A propósito de los talleres de mediación que damos en colegios, tuve la oportunidad de observar a la rectora de la unidad educativa SLM dialogando con alumnas. En ese momento llegaba un grupo de niñas pequeñas en racimo, amontonadas, con caras de asombro y llenas de interrogantes. Los ojos bien abiertos, pero no asustadas. Se reunieron alrededor de la rectora. Te presento a mis princesas, me dijo. Ellas, a coro, saludaron. Y comenzó el diálogo. Ustedes saben que son mis princesas, asentían con la cabeza, los ojos llenos de luces. Las llamé porque estoy preocupada… pues sus papitos tienen deudas con el colegio de algunos meses. Una pequeña levantó la mano y orgullosamente informó que su papá iba a pagar un mes… ¡Qué bien! Me preocupa que la deuda siga creciendo pues el colegio necesita esos recursos para que sus profesores puedan tener su salario a tiempo. ¿Saben lo que van a hacer? Cuando lleguen sus papitos, ustedes los van a abrazar y les piden que por favor paguen una cuota por lo menos. Pero se lo van a decir con cariño, pues sus padres están preocupados y a veces el dinero no les alcanza.
Díganles a sus padres que hagan un esfuerzo y que ustedes van a hacer el suyo. Que van a estudiar mucho y sacar buenas notas. Los abrazan, los besan, les agradecen todo lo que hacen por ustedes.
Luego llamó a “sus princesas”, les dijo que le gusta verlas siempre bien arregladas, les peinó el cabello una a una, les pidió que les presenten sus manos, les puso perfume, les dijo que se pasen un poco por la cara y luego que se abracen, así sus ropas huelen rico, y que cuando puedan les digan a sus mamás de comprarle perfume para que siempre estén regias. Las niñas se fueron felices sin temor a la rectora y claras del mensaje que les dio.
Lo mismo pasó con todos los cursos donde había alumnas con los mismos problemas y fue adecuando el mensaje a sus edades, pero siempre con delicadeza, cariño y respeto.
Salí al patio para oír los comentarios: “¿Has visto? ¡La rectora nos besó!, ¡qué bacán!”, decían las más grandes.
El alumnado conoce de su exigencia y su rectitud, que la disciplina se cumple, pero experimentan en el trato diario a una profesional que las quiere y las defiende.
No era la primera vez que observaba esa manera de relacionarse. Había acompañado a adolescentes con muchos problemas, ahogadas en desconsuelo por traumas complicados, que las sumían en depresión. Su escucha era atenta y activa, las alentaba, las apoyaba, y agregaba la exigencia final: usted se arregla, así no sale más a la calle.
Ella hace honor a lo que dice, y las alumnas tienen un espejo donde mirarse. Por dura que sea la realidad, siempre hay cómo salir adelante.
En un colegio con miles de alumnas admiro el trato individualizado, que se da a cada una como la persona que es, sin solaparlas en sus errores, pero sin avergonzarlas cuando hay problemas.
Las notas no son lo único importante, la manera de enfrentar desafíos, teniendo herramientas para hacer frente a inconvenientes y respetando y comprendiendo a los demás es una enseñanza que supera el tiempo y queda grabada a fuego. (O)










