Con gran ingenio la pandilla armaba pelotas de retazos e improvisaba canchas de tierra. Yorgi Pezo, conocido como Chuperena, fue nombrado presidente. Recogía cuotas de las ganancias como vendedores de periódicos, cargadores de agua, frutas, lastre. Compraba camisetas amarillas. Moldeaba letras. Con pintura y bombín fumigador estampaba la publicidad, un remedo de escudo y las enfundaba hasta a los no ‘toreros’. Dribleaba como Maravilla Tenorio en el arenal de Puerto Bolívar y el Audaz. Picaba la pelota soñando hacer una chilena en Barcelona.

Recorrían barrios promoviendo una actividad allende lo futbolístico. Dos palos, una soga y eran voleibolistas; atletas, al trotar hasta Machala; nadadores sobre el estero Huaylá; improvisadas raquetas, en tenistas; el aro del Rumiñahui, torcido por los primeros saltos de Engels, en basquetbolistas; una loca bicicleta, en ciclistas. Vivían alejados de vicios y tentaciones. Complementaban los juegos nocturnos: quemado, cuerda, rayuela, cincuenta el palo. Sin saberlo, hacían labor preventiva, “Mens sana in corpore sano” de Décimo Junio Juvenal, atribuido a Platón, traducido por Pierre de Coubertin como ejercicio del cuerpo para generar mentes sanas, consigna de los Juegos Olímpicos modernos.

Los dichos del presidente Lenín Moreno sobre los centros de alto rendimiento coincidieron con triunfos en varias disciplinas, que no reflejan protagonismo de las instalaciones cuestionadas, tampoco significativo apoyo gubernamental; solo destapan historias de increíbles sacrificios. El triunfo de Carapaz y tantos atletas acaparan lo mediático, “enorgullecen” un Estado que, paradójicamente, los apoya poco o nada. Preocupa la juventud sumida en drogas, ocio, desesperanza. Las pandillas de antaño son reemplazadas por tecnofilia, sedentarismo, comida chatarra, “h”, asaltantes contumaces, noctámbulos de aceras, hurgadores de basura, embarazo precoz. El Estado debe asumir su responsabilidad; ¿cuántos jóvenes podrían rescatarse con una eficaz política deportiva como prevención?

Los atletas reclamaron apoyo, el Gobierno les redujo el presupuesto. La educación, la cultura, la salud, el deporte cumplen un rol fundamental para enrumbar a los jóvenes por buen camino y la nación a la prosperidad. Todo intento de desarrollo sin fortalecer esos factores resultará infructuoso. Estados que invierten bien en dichos sectores moldean sociedades más saludables y armónicas. Quizá la solución no era disminuir los centros, sino –pese a la crisis– gestionar financiamiento, potenciarlos para encargarse desde la formación temprana hasta el alto rendimiento, para que ningún deportista esté forzado a migrar, como los voleibolistas Joselo Nazareno y Érika Mercado, hoy con colores argentinos por falta de apoyo, Carapaz hallándolo en Colombia, entre otros con vicisitudes para representarnos.

Víctor Epanhor convirtió tras pase de Maravilla en el estadio Nueve de Mayo; nuestro presidente, fenecido trágicamente, no gritó su chilena de campeonato. Festejamos por él con sus camisetas estampadas. Esa pandilla germinó personas de bien; seguro influyó la disciplinada actividad adolescente de Yorgi haciéndonos madrugar al trote, procurándonos trabajo pelando camarón, multiplicando las finanzas para uniformes, pasajes, refrigerios. Es más complejo rehabilitar jóvenes que brindarles oportunidad de vida sana. Un deporte fortalecido encarrila pasos, amplía el medallero nacional y combate las estadísticas negativas en salud, seguridad, delincuencia. (O)