Aunque publicado en 1938, el Nuevo descubrimiento de Guayaquil: primer romancero guayaquileño (1931-1934), de Abel Romeo Castillo (1904-1996), puede ser leído como si hubiera salido ayer mismo de la imprenta. Para comprender la ciudad, Castillo eligió un tipo de poema afincado en la tradición oral y popular. Es cierto que el Guayaquil revelado en estos versos es el de hace noventa años –una ciudad desconocida para la mayoría de nosotros, pero que resuena en las vivencias y en las historias que escuchamos de chicos–, mas la literatura también nos da pie para evocar y reactualizar lo pasado.
Para redescubrir a Guayaquil, cuando está lejos y por un buen tiempo de su ciudad natal, en otro continente, el poeta sintió la necesidad de cantar al puerto del que provenía. El ver un antiguo plano de la ciudad colonial fue el detonante para escribir estos romances que hablan del Guayaquil pequeño, el antiguo gran astillero del sur, abierto a las novedades que llegaban del istmo, Callao o México, que comerciaba cacao, cascarilla y maderos. El poeta reconoce que sus linderos son los “de un Guayaquil antañón,/ pueblerino, simple, bueno”. La poesía es el registro de un modo distinto de habitar la ciudad.
En el mes de Guayaquil vale la pena recordar que Castillo exaltó la gesta del 9 de Octubre de 1820, dio su versión de la entrevista de Bolívar y San Martín en 1822, sintió la muerte de Olmedo en 1847 y se apiadó del conspirador enamorado que, a fines del siglo, es llevado a Quito para cumplir su condena: “¡Me duele más el fracaso/ que las cadenas de hierro!// No me esperes esta noche/ morena, porque no puedo./ Ni mañana ni pasado/ ¡ni quién sabe hasta qué tiempo!/ que hoy nos mandan a la Sierra/ en rebaño cuartelero./ Al Panóptico me llevan,/ morenita, y yo no tiemblo”. Y también retrató el siglo XX.
Castillo hace palpable la amenaza de los incendios: “Pasan fingiendo meteoros/ los autos de los bomberos/ pintados de colorado/ carapacho de cangrejo”. Los temblores quedan tallados así: “De pronto alguien ha llegado/ y nadie le vio la cara./ Es un personaje ciego/ sin oído ni palabra/ que remece los estantes/ hace hamaquearse las lámparas/ va detrozando cristales/ abre las puertas cerradas…/ Y a los vecinos inyecta/ virus de epilepsia falsa”. Castillo relieva la belleza de las porteñas en la joven criolla y morenita: “¡No te mueras, morenita,/ sin antes quererme a mí/, sin que me digan tus labios/ palabritas de canguil”.
Romance de mi destino es acaso el poema más famoso de Castillo, que cantamos con emoción porque él fue capaz de ver la importancia, para la identidad local, de los aljibes del cerro, de la “querida voz abuela de las campanas de la Catedral” en “un Guayaquil habitado solo por negros vendedores de piñas y serranos pregoneros de naranjillas”. Sus versos nos pertenecen: “Guayaquil tiene una calle/ la calle tiene una casa/ y la casa mi niñez/ y un par de cabezas canas”. Ciertamente: el romancero de Castillo vuelve a descubrir una ciudad: eso hacen los grandes escritores. (O)










