El sábado 29 de junio, día que en Cuenca se celebraba la denominada Marcha por el orgullo gay, no me quedó otra opción que ir a misa, a la celebración eucarística más importante –según los dos sacerdotes que la oficiaron– para los moradores de la parroquia San Juan de Cid, del cantón Gualaceo, al oriente del Azuay.

Aquella mañana aproximadamente un centenar de niños y niñas honraba su confirmación a la religión que habían escogido sus padres para ellos, como consecuencia de la decisión de sus abuelos de escogerla para sus padres, y así en la repetición de una costumbre punitiva, como manda la estricta e intimidante tradición católica en los pueblos indígenas, donde una “Fe de bautismo” puede ser más importante e irreemplazable que la cédula de identidad.

San Juan de Cid es la parroquia más antigua del Azuay. Su creación, el 24 de junio de 1574, le precedió a la fundación española de Cuenca, aunque como asentamiento ya existía mucho tiempo atrás. Tierra de cañaris, posee una rica tradición oral, potencial turístico y un campo de estudios arqueológicos inexplorado.

Desde el pasillo central miraba con atención a los dos sacerdotes en el rito de extirpar la mentira y suscribir la renuncia al pecado y al demonio mismo de ese puñado de asustados jóvenes, cuya incertidumbre real es obtener oportunidades para continuar con su educación y luego conseguir un empleo digno.

Mientras pensaba en cómo andaría la marcha a la que no pude asistir, presentí que la homilía no dejaría pasar la oportunidad de defender, desde el púlpito, lo que consideran como la familia modelo, única e irreemplazable, ejemplar y lejana de las “aberraciones de la carne”. Y, desde el púlpito, el sacerdote de mayor jerarquía mintió. Sin miedo. Sin respeto. Sin piedad.

“Que a nuestros niños no les pase lo de Brasil: allá dos lesbianas asesinaron a su hijo adoptado por negarse a que le maquillaran”, dijo el sacerdote de mayor jerarquía. Muchos quedamos absortos: jóvenes confirmados, temerosos; padres y padrinos, indignados; dioses, santos y ángeles, confundidos. La referencia, falsa, era el colofón de una serie de argumentos peregrinos en torno a lo que en derecho aprobó la Corte Constitucional: matrimonio civil igualitario. Argumentos que olvidaban que los discursos que promueven el odio están penados no solo por Dios, sino por el hombre. Olvidaban que no se vale mentir, menos desde el púlpito, porque es una extendida falta de respeto a las creencias de los fieles.

Lo que la Corte Constitucional decidió tiene que ver con la protección de derechos de grupos minoritarios –en torno a los cuales los entendidos ya se han pronunciado sobre lo inviable de una eventual consulta popular– y su debate inclusivo (¡debate! No imposiciones falsas).

Los argumentos fueron (son) en algunos casos burdos. Y los grupos religiosos cristianos, católicos y evangélicos, unidos hoy por una misma causa, guardan el mismo discurso discriminatorio.

Hablar sobre matrimonio igualitario, desde el púlpito, no parece lo más saludable si se lo hace con falacias y discursos que promueven el odio, como el de los evangélicos que quieren desterrar a la Corte y a los activistas.

No es cristiano. No es humano. No es legal.

(O)