Discurso en Salamanca

10 de Febrero, 2019
10 Feb 2019
10 de Febrero, 2019 - 00h35
10 Feb 2019

Críticas encarnizadas ha cosechado el discurso del presidente Lenín Moreno en la Universidad de Salamanca, en el homenaje que aquella institución le brindó el reciente 24 de enero. Con la responsabilidad de sostener una columna semanal, he aprendido a respetar la opinión ajena y la propia sin dejar de cuestionarlas y cuestionarme. Ello incluye la de nosotros, los “opinólogos autorizados” de los medios escritos, digitales, radiales y televisivos. Porque esta delicada función nos expone a la tentación de proponer nuestra subjetividad y nuestros afectos como reglas de valor universal y de creernos “formadores de opinión”. Por ello decidí mirar, escuchar y sobre todo leer el discurso de ocasión enunciado por don Lenin Boltaire Moreno Garcés (como dicen allá), para emitir mi opinión subjetiva, aunque ello sea un pleonasmo: no existe opinión “objetiva”.

Concedo que es un discurso flojo y desubicado para las solemnes circunstancias. La persona del presidente Moreno representa a los ecuatorianos en todos los actos de su función. Pero lo realmente significante es que su discurso en Salamanca representa algunas inconsistencias características de nuestra idiosincrasia política ecuatoriana: ambigüedad, chambonada, improvisación, condescendencia e infatuación. De la misma manera que el discurso de su antecesor nos representaba en otros defectos políticos ecuatorianos: intolerancia, narcisismo, balandronada, impostura y exhibicionismo. Con esos rasgos discursivos, resulta osado presumir de ciencia y erudición en un lugar como Salamanca, si se carece de aquello. Intentando esa proeza, cualquier orador termina pareciendo orate.

Para evitar ese falso y narcisista desafío, el orador debe preguntarse por dónde pasa su propio deseo, para no creerse obligado a disfrazarse de algo que el sujeto no puede “ser” ni “parecer”. Porque en la condición humana, no hay “ser” ni esencias, lo que hay es “sujeto”, sujeto del inconsciente. No hay “ser presidente del Ecuador”: el desempeño del cargo no confiere ninguna esencia al sujeto. Lo que hay es “hacer de presidente”: limitarse a cumplir la función mediante decisiones y actos, incluyendo los actos de palabra. En este caso, ¿por dónde circula el deseo de Lenín Moreno? Solamente él puede responder, suponiendo que conozca la respuesta. Por lo pronto, hace un tiempo ya nos dijo que “está contando los días que le faltan para largarse del puesto”. ¿Eso es una respuesta?

Demasiado se ha dicho que Moreno nunca quiso llegar a la presidencia y solamente se “encontró con el puesto” por la malévola maquinación de su antecesor, que lo puso allí para gobernar desde Bélgica. Ni el asunto es tan simple, ni Lenín tan incauto, ni Correa tan inteligente, ni los ecuatorianos tan correístas. La excusa del “me hicieron actuar” evidencia la irresponsabilidad por el propio deseo. No se puede llegar a la presidencia de un país sin participación suficiente del subjetivo deseo, y eso debe asumirlo nuestro presidente porque está en el fundamento de su cargo. Jamás debería excusarse diciendo que “nunca quiso ser”, solo debería concentrarse en “hacer”. Y una parte del “hacer” correctamente de muchos presidentes consiste en reconocer sus límites y contratar “escritores fantasmas” que confeccionan discursos de ocasión, para no desafinar con la pompa y circunstancias. Nadie está obligado a “ser” orador erudito. Piénselo, señor presidente. Con afecto y respeto, (O)

Discurso en Salamanca
Discurso en Salamanca
2019-02-10T00:35:43-05:00
El Universo

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