La noche del 19 de enero un extranjero, cuchillo en mano, en plena calle a vista y paciencia de los habitantes de Ibarra, durante 90 minutos mantuvo retenida a su expareja y luego la apuñaló varias veces hasta asesinarla, mientras elementos policiales hicieron las veces de testigos presenciales.
El hombre ya había alertado que asesinaría a su víctima si no lo dejaban irse. Los agentes de la ley, lamentablemente, aunque estaban a solo cinco pasos de la pareja, no tuvieron idea de cómo proceder. Esta indecisión seguramente se debe a que ya ha habido casos en que policías terminan siendo criminalizados cuando actúan diferente, es decir, tomando como referencia este caso, le hubieran disparado al agresor. Luego de la captura, cuando ciudadanos acorralaron al hombre, los agentes que antes no tuvieron la entereza para controlar la situación, no encontraron mejor alternativa que detonar bombas lacrimógenas para liberar al agresor. Ahora para calmar las aguas, la ministra del Interior se lava las manos y busca culpables, cambiando a la gobernadora y al jefe de policía. Es en extremo difícil ponerse en la situación de las demás personas si uno no se encuentra en sus zapatos, solo nos queda imaginar qué hubiera sucedido si los gendarmes hubieran actuado de forma diferente, si alguno hubiera decidido jalar el gatillo. Muy probablemente el debate fuera distinto, quizá en este momento todo el grupo policial estuviera siendo investigado, grupos de derechos humanos estuvieran abogando por el bienestar del que hubiera sido el occiso y quien sabe, tal vez uno que otro energúmeno estuviera buscando justificación para el accionar del agresor. Por esto, si de verdad no queremos tener más agresiones brutales, las leyes deben ser explícitas y la ciudadanía debería conocerlas y hacerlas respetar. No podemos seguir permitiendo tener autoridades expertas en el juego macabro de pasarse las culpas, cuando hombres, mujeres y niños están siendo asesinados. Es cierto que desde el hogar, la academia y los medios de comunicación se tiene el deber de cambiar mentalidades para que nuestra sociedad no se siga degradando. Pero es imperativo que existan leyes claras, que prioricen la integridad de los inocentes y no les den ni un solo respiro a quienes cometen actos atroces. No podemos seguir permitiendo que se derrame más sangre inocente.(O)
Francisco Andrés Ramírez Parrales,
ingeniero, arrocero; Samborondón









