Vivimos tiempo de fanatismo.

Es decir, casi desde siempre. Bastaría ver lo que escribió Juvenal hace dos mil años en el quinto libro de sus famosas (e imperdibles) Sátiras, para constatar qué poco se ha cambiado. Si se cree que el mundo ya no puede ir a peor, hay que ver lo que ya decía aquel autor romano. Pero hoy en día el fanatismo es igual de radical, se mueve en un ámbito mundial y, además, es muy rápido. Demasiado rápido. En realidad el fanatismo tiene que ser así. La ceguera sulfurada de la sanción es igual de rápida levantando una piedra, presionando un gatillo o dando un “like” a un tweet o a un post de Facebook. Más de un meme circula en redes señalando cómo una larga fila de individuos llena un camino que apunta a una explicación sencilla y sin complicaciones, rápida, mientras que hay otro camino, al lado, que da rodeos y lleva a una respuesta compleja y que está prácticamente vacío.

De allí que el principio de equidistancia, más conocido en el ámbito del concepto legal de las fronteras marítimas, por el cual la frontera entre las aguas de dos países se coloca en una línea con la misma distancia frente a la orilla de cada país. De alguna manera el origen de esta metáfora proporciona su dificulta perceptiva: es una línea supuesta, no es visible, no se la puede palpar, pero regula un terreno inestable. Trasladado al plano político y ético, lo equidistante está mal visto. En el mundo de la prisa resolutiva, el equidistante pasa por alguien que no se pronuncia, que demora una decisión y, en el peor de los casos, es alguien que “no se compromete”. Y que, por lo tanto, no sirve para una causa, sea una causa buena o mala. Creo que como nunca hoy abundan las causas buenas y hasta buenísimas. No solo hay una realidad cruda repleta de necesidades reales, sino también una atmósfera plagada de sensibilidades semánticas que, a veces, terminan siendo más abundantes que la misma cruda realidad.

Ante este escenario de exigencias inmediatas y respuestas prácticas, el equidistante, insisto, está mal visto. Creo que este es un error de perspectiva. Frente a una amenaza de muerte, salvar a un inocente, evitar un accidente, no sirve la equidistancia. Incluso está más que estudiado que hay un principio ético en el cerebro que genera respuestas inmediatas. De ahí que los llamados héroes anónimos, cuando se les pregunta por lo que los motivó a poner en riesgo su vida, su respuesta cae por la obviedad: no lo pensaron. Y hasta es probable que luego del acontecimiento se den cuenta de la temeridad que llevaron a cabo. Recuerdo en algún video el caso de un anciano que al ver correr a un ladrón con la cartera de una mujer, le puso el pie para hacerlo tropezar. Lo hizo caer, en efecto, pero fue tan fuerte el traspiés que el anciano se cayó y, de inmediato, a su lado, su mujer se dedicó a recriminarlo por esa osadía apenas pensada en décimas de segundos por su cerebro ético.

Pero este no es el caso en el moralismo sancionador acelerado que se vive hoy en día en las redes sociales. Ante este escenario, sí hay que pensar dos o tres veces antes de hacer un clic o escribir cualquier ocurrencia en las redes sociales. Reproches por utilizar términos de tal o cual tendencia, nula lectura del alcance de lo que se difunde, prisa por responder para quedarse con la última palabra. No son discusiones, no hay reflexión, es simplemente una ola masiva, ondulante, cuyo propósito es medir el impacto y no la argumentación. Es decir, en realidad no hay escritura.

Aquí es donde me parece necesario un encomio (provisional) de la equidistancia. Creo que resulta más necesario que nunca tomar distancia proporcional frente a estos Bandos Enfrentados de Lo Que Sea, porque al parecer, aledaño a la urgencia por comprometer auditorios, hay una agenda paralela de desprestigio para quien pone reparos o invita a alguna capacidad de autocrítica. Como si hoy en día la autocrítica fuera un margen de riesgo para revelar debilidad. En el espíritu de reivindicación de derechos, la ética de ese espíritu empieza por respetar a quienes discrepan de los alcances y modos de reivindicar.

Y digo que es provisional este encomio porque al final del trayecto hay que tomar una resolución. La equidistancia no es una parálisis, es una evaluación de equilibrios en tensión que parece inmóvil, pero no lo es nunca. Porque sí, hay que decidirse, pero cada tema exige su tiempo, y cada tiempo es distinto, y cada individuo tiene derecho a apoyar o discrepar de una postura sin que por eso sea denostada. Es allí, en ese punto de discordancia con los coros salvíficos y mesiánicos, donde una voz que discrepa necesita respeto. Y salvo en ese campo instintivo de la vida inmediata, donde algo más fuerte que uno mismo toma decisiones efectivas, en el campo de opiniones hay que dejar un margen a la equidistancia, y entender que los asuntos no tienen por qué cerrarse a gusto o disgusto, sino de acuerdo con márgenes, llamemos imaginarios, donde la postura del otro tiene derecho a moverse tanto como la obligación de ser crítica consigo misma. Demasiados furores van encendiendo esos rostros virtuales de las redes sociales, entre incondicionales y adversarios, como si el mundo se ciñera a quienes aceptan o rechazan. No. Son muchos más los que observan, y son más todavía los que están fuera de las redes, y que viven una praxis real y en la que se mueven con equidistancia, anónimas, sin premio inmediato, sin búsqueda de heroísmo moral y activismo político casi siempre demagógico y oportunista, pero mucho más efectivas y humanas, y que no buscan herir al otro como lo hacen quienes se dan cuenta de que carecen de argumentos y, casi siempre, de la fe en principios que dejaron atrás.

... en el campo de opiniones hay que dejar un margen a la equidistancia, y entender que los asuntos no tienen por qué cerrarse a gusto o disgusto, sino de acuerdo con márgenes, llamemos imaginarios, donde la postura del otro tiene derecho a moverse tanto como la obligación de ser crítica consigo misma".

(O)