Los últimos acontecimientos que aparecen en las redes sociales nos llenan la retina de sucesos que tienen un denominador común, la violencia.
Es importante iniciar un recuento de violencia que nos azota, con aquel suceso de la zona rosa, cuando una pelea de dos mujeres culminó con la desfiguración y heridas proferidas por las botellas empleadas en el castigo. Seguimos con miembros de la ATM, Autoridad de Tránsito Municipal, a quienes se intentó atropellar por parte de conductores que habían cometido infracciones de tránsito. Llegamos a la actualidad donde una persona identificada como médico, en compañía del hijo da una paliza a otro señor. Seguimos con unos guardias de la garita de Las Cumbres agredidos en forma por demás desproporcionada y aleve, para culminar con una agresión (esta más de palabra) entre una veterinaria y una costurera, esta última fue también agredida con expresiones y adjetivos que pretenden humillar, que insultan, que buscan vejar al oponente del momento. Es sin duda de lo más cruel e injustificado.
Desde que Moon-Watcher (el mono de Odisea del espacio”) levanta el fémur de un cadáver para golpear y matar a su adversario al inicio de los tiempos, la violencia existe y convive con el ser humano, y es obligación de todos nosotros manejarla de la mejor manera. Esta violencia que estamos viviendo no es otra cosa que una de las consecuencias de una década en la que se vendieron modelos de sociedad, en las que los malos son los ricos y los buenos son los pobres; mientras que en el otro lado de la misma calle se vendía (y muy bien) el “tú no sabes quién soy yo”. La revolución ciudadana fue la que parió esta teoría, la vendió en cada sabatina y en cada paso que daba el presidente de ese entonces Rafael Correa; le reclamaron a un cantante, a un niño pequeño y a su madre, a un periodista lo mandaron a la casa de una consonante; otros fueron calificados de corruptos, pillos y explotadores de los más necesitados. El denominador común de los últimos acontecimientos es este principio de dizque superioridad mal concebido y cacareado como: “tú no sabes quién soy yo”; “a mí tú no me vas a decir que no puedo pasar, tú no sabes quién soy yo”; “qué te pasa, qué te has imaginado, cómo vas a cobrar tanto, si tú no sabes quién soy yo”; y todo va más o menos en esa dirección. Pero la cereza del pastel es este estribillo escuchado en Manta: “Discúlpeme, pero usted no me va a poner esposas a mí, usted no sabe quién soy yo.”(O)
Gustavo Zevallos Baquerizo, ingeniero comercial, Guayaquil









