Harvey Weinstein, exitoso productor de Hollywood, ha sido acusado por más de 90 mujeres por abuso y acoso sexual. Entre ellas, conocidas actrices como Ashley Judd, Rosana Arquette, Gwyneth Paltrow y Angelina Jolie.

Eso ha motivado una sonada crítica mundial y generado una serie de acciones, como la reciente campaña I would not be silenced.

Aquí, muy cerca, no sabemos si se llaman Carlitos, Denisse o Juanito, pero sin tanto ruido ni celebridades comprometidas, ellos, junto a más de ochenta menores, han sido las presuntas víctimas de abuso sexual por parte de un profesor que hoy se encuentra detenido.

Y no es un caso aislado, hay cientos de denuncias contra diferentes planteles educacionales por abuso y acoso sexual.

La condición de autoridad y el poder son, sin duda, unos de los condicionantes fundamentales para el abuso, y dentro de mi ignorancia, me pregunto: ¿Cómo medimos eso? ¿Cómo evaluamos previamente un comportamiento de sometimiento desde el rol de autoridad? ¿Qué indicador lo sostiene? ¿Cuál es el test maravilloso que nos previene? Tal vez lo hay, tal vez no es tan certero.

Como por ahí dicen, a una persona se la conoce verdaderamente cuando tiene poder, y no sé si estamos formando a las personas para que sepan manejar el poder.

En el mundo empresarial no es tan diferente. Son muchas las historias de acoso laboral, sexual y discriminación.

Hoy las redes sociales han ayudado a denunciar y difundir, pero eso no es suficiente. Campañas como I would not be silenced permiten que al menos por un momento, estos temas aparezcan en la conversación, que se haga público el rechazo general, pero eso tampoco es suficiente.

Desde el Gobierno es plausible la iniciativa del Ministerio de Trabajo de impulsar la implementación obligatoria para toda compañía de un programa de prevención de riesgos psicosociales en espacios laborales públicos y privados (se contempla el acoso sexual, acoso discriminatorio y acoso laboral, entre otros).

En tanto, estudiantes de la maestría de Comunicación Digital de la UCG diseñaron un proyecto para el transporte público que identificaba como una de las causas del acoso, robo y otros problemas, el no respeto del espacio vital, buscaba, como primer paso, respetar el espacio del otro y el propio, a través de una campaña que se llamaba Vacila tu metro, que estaba acompañada por un recurso tecnológico que hacía prenderse una luz en el piso donde el pasajero se paraba, indicando y demarcando cuál era su espacio que no debía ser invadido.

Sin embargo, creo que eso tampoco es suficiente, es difícil empujar una solución integral si no es a través de una mirada sistémica, donde se considere no solo el contexto laboral o educacional, sino el convivir en la comunidad, la validación de los roles y la pertenencia social.

Ante esto, nada parece ser suficiente, pero todo suma, es necesario abordar desde distintos frentes la educación, reflexión y reconocimiento de estos temas, para generar un cambio en la manera de pensar y actuar, especialmente en la convivencia diaria.

Empezar por reconocer y reconocerse en el problema para desde ahí generar cambios, cada uno, desde nuestro metro cuadrado. (O)