Esas drogas venenosas

Jueves, 2 de Febrero, 2017 - 00h07
2 Feb 2017
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2 Feb 2017

Todo lo impuro, tóxico, malo y peligroso viene de fuera. Nuestro cuerpo y patria son puros e inmaculados, templos no solo del Espíritu Santo sino de los genes superiores de nuestro pueblo. Desde niños aprendemos a diferenciar entre “los nuestros” y “los otros”; los nazis lo sabían: difundían en las escuelas el cuento del “Hongo venenoso” donde la cariñosa madre explica al hijo, mientras pasean por el bosque con las blancas mejillas virtuosamente sonrosadas, que “así como es difícil diferenciar el buen hongo del malo, no es fácil reconocer a los judíos como los criminales que son”.

Son los otros los violadores, los terroristas, los que venden “droga” y nos infectan. Nosotros, los puros, nos protegemos de los parásitos: “Los judíos han intentado, refinadamente, envenenar el alma y el pensamiento alemán, de una forma antialemana que pretende llevarnos a la podredumbre” proclamaba una revista nazi en 1939.

Sanos y virtuosos, los nazis le hacían la guerra a las drogas, a la cocaína y morfina producidas en laboratorios farmacéuticos alemanes: “drogas de judíos para calmar sus nervios alterados”. Fieros opositores a esas sustancias “responsables de la degeneración” del pueblo ario, los nazis lucharon primero contra las drogas (esperando reemplazarlas por la adicción ideológica) para terminar, durante la Segunda Guerra Mundial, luchando drogados.

Para descender al nivel de la expansión del Tercer Reich, a la subordinación a las delirantes órdenes del Führer, la participación en las orgías sangrientas de la “solución final”, a conducir un panzer días y noches sin dormir y sin temor, no bastaba una cervecita bávara. Se necesitaba una droga potente.

1937, los laboratorios Temmler de Berlín bautizan comercialmente como Pervitin al psicotrópico methedrina, purísima y blanca perfección a la venta sin receta médica. Un relámpago de energía, euforia, lucidez, sentidos agudos. Ni diez años de psicoanálisis lograrían tanta autoestima. ¿Miedo, inhibiciones, qué es eso? Pervitin: la golosina favorita de la raza superior, para soldados y amitas de casa, obreros y secretarias, ideal para quien desee cumplir órdenes sofort! (inmediatamente) y sin cuestionar. Época vertiginosa, cada uno debía dar lo mejor de sí mismo para hacer de Alemania una gran nación.

¡Qué droga tan fantástica! se dijo el profesor doctor Ranke, director del Instituto de Medicina de la Academia Militar de Berlín, y con el peso mayúsculo de todos sus títulos salió corriendo a buscarla. Experimentó, comprobó que mantenía alertas y osados a sus consumidores aunque no mejoraba el pensamiento abstracto: “la droga perfecta del soldado”, apuntó en su libreta. La compañera ideal del frente patriótico: entusiasta e irreflexiva.

Pervitin causó sensación, en calles y cuarteles lo apodaban cariñosamente “Despertamina”. Un triunfo para la raza aria. La mejor cocaína se producía en Darmstadt en los laboratorios Merck, pero era droga de “judíos” y “artistas decadentes” que requería materia prima importada de Sudamérica: ¡horror! Y la morfina, milagro del dolor al paraíso, nacía de sucias flores persas y marroquís. La methedrina era 100% pura raza germana y exitosamente cumplía la orden: “¡despierta, Alemania!”.

Se llama methedrina el arma mortal de la Blitzkrieg: con todas las de perder (menos soldados y peor armados que Francia e Inglaterra), nadie contaba con la astucia de la Wehrmacht: 35 millones de pastillitas de Pervitin. Pepeadísimas, en cien horas las tropas alemanas avanzaron en mayo de 1940 más que durante toda la Primera Guerra Mundial. Los patriotas nazis estallarían de contento ante la “resistencia invencible del espíritu guerrero ario”, léase: alimento espiritual del guerrero cuya dosis era 2-5 pastillitas diarias. Lo fundamental: avanzar y vencer…

Experimentó, comprobó que mantenía alertas y osados a sus consumidores aunque no mejoraba el pensamiento abstracto: “la droga perfecta del soldado”, apuntó en su libreta. La compañera ideal del frente patriótico: entusiasta e irreflexiva.

Miles de atrocidades y derrotas más tarde (1944-45), “avanzar-vencer” le cedería el puesto a “huir-sobrevivir”. Soldados embutiéndose las últimas pepas disponibles para intentar volver a casa, las ruinas de lo que alguna vez fue su hogar.

Qué noche tan oscura la de Alemania en ruinas, la obscenidad de la guerra, Hitler suicidándose en las tinieblas del búnker: rendirse, ¡jamás!, me voy llevándome conmigo a todos. Mensaje emitido no entre dientes, pues ya los había perdido, entre los temblores que asediaban su cuerpo de politoxicómano.

El Führer, ese ser puro que prometía el paraíso VIP para la raza aria, inyectándose durante meses hormonas estimulantes que su doctor Morell extraía de testículos e hígados de animales para suministrar a su Vegetarianísima Excelencia. ¿Pero cómo soportar la caída de su Imperio, el dolor causado por su flatulencia crónica que empeoraba con cada derrota? Eukodal. Ni la muerte de millones de judíos podía otorgarle más placer que una inyección de Eukodal: el paraíso de la morfina, la energía de la cocaína. Más adictivo que la heroína, más potente que un dragón, hacia el fin de la guerra, Hitler padecía un infernal síndrome de abstinencia. Le atormentaban las pústulas en los brazos, como a un heroinómano cualquiera que se inyecta en los baños de una estación de tren. Constipación, delirios.

Hitler se suicidó junto a sus patriotas. Pasó sus últimas semanas agujereándose los brazos con una pinza de oro: buscándose parásitos tóxicos que “otros” habían metido, en la pureza de su cuerpo, con esas inyecciones que tanto le gustaban. (O)

Esas drogas venenosas
Todo lo impuro, tóxico, malo y peligroso viene de fuera. Nuestro cuerpo y patria son puros e inmaculados, templos no solo del Espíritu Santo sino de los genes superiores de nuestro pueblo.
2017-02-02T04:37:44-05:00
El Universo

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