La frase tiene un simbolismo sublime.

Lo malo es cuando se distorsiona, sea porque en la niñez y/o en la adolescencia, las amarguras y las limitaciones sembraron rencor que con los años se potencia, sea porque el sueño del poder se les hizo realidad. A veces se suman los dos factores.

En el último supuesto, los seres tienen tendencia a hiper-auto-valorarse; y, entonces, nunca faltan los de los entornos que alimentan y aplauden las manifestaciones de ego, usualmente por servilismo, o por conveniencia –lucro u otra circunstancia– antes que por convencimiento.

Son dueños de todo escenario. A veces a los propios alineados los colocan a distancia, también hay “meritorios” que hacen el trabajo de evidenciar equívocos y lacras de corrupción de los que caen en desgracia, aun cuando no se toque a otros participantes y beneficiarios de aquello.

Si el que cayó en desgracia no entiende que los “meritorios” fueron encargados para lo que hacen, bajo un libreto no confesado, se acude a la frase “un paso al costado”, que de invitación pasa a ser imposición.

¿Abandonar el poder es una opción para los que así piensan?, no.

Si cree que los que más le endiosan pueden traicionarlo, no habrá “sucesor escogido”, por más “marioneta” que se comprometa serlo. Y esto, porque en el fondo los desprecia, aunque los use. Pero también son usados por quienes los endiosan y, cuando se dan cuenta, aquellos ya han lucrado ilícitamente en el espacio de poder que se les permitió.

¿Elecciones libres?: solo una frase.

No solo hay fraude por contaje de votos, o por hacer que voten los ausentes, también lo hay en el control de los organismos electorales, en agregar, en procesos electivos, consultas que permiten al gobierno de turno entrar a la campaña electoral con fondos públicos a enfrentar a candidatos opositores.

Entre bromas y risas de los de su entorno, a uno en singular, cuando le avisaban que había candidatos que, según las encuestas, podían enfrentarse a él –o a algún “sucesor escogido”– convencido de la sumisión de las “autoridades” constitucionales y electorales, expresaba “sueño de perros”, ofendiendo así a esos animales tan nobles. Al personaje le decían el “No. 1”. Como que le halagaba aquello, pero en el fondo pensaba “si soy el No. 1”, también habría “el No. 2” y con los números que siguen. Más le habría agradado que lo calificaran de “el único”.

En la región –y en otras– ha habido varios actores del poder identificables con lo relatado en líneas atrás. Realmente, han sido una pesadilla. De esos se ha salido, o por una gran presión internacional para que no se impongan los fraudes en los procesos electivos, a lo que usualmente han respondido invocando que se respete “la soberanía” del país que están destruyendo, pretexto para que sea intocable el absolutismo y la corrupción; o, por la vía de la insurrección civil que se desborde sobre la represión que desde el poder se ordene.

Siempre lo ideal será el real ejercicio de la ciudadanía, nada de “únicos”, ni de quienes acusan que los quieren convertir en “mártires”, que no sé si lo anhelan.

El Ecuador de nuestros días
No es calco de la tipicidad descrita. Hay circunstancias aún a tiempo de superarse.

El presidente Correa es un apasionado de posiciones que asume. Uno de los pensamientos repetidos por él y su entorno es que las definiciones de libertad, justicia, equidad y respeto a los demás varían según la perspectiva que el poder tenga.

Se relativizan los valores
Todos los ciudadanos deben aprender “a ser libres” pero dentro de los lineamientos de los gobernantes porque solo ellos saben lo que a unos conviene y aquello de que deben ser despojados otros: medios de comunicación, empresas, herencias, decisión de qué estudiar, vía controles y condicionantes, algunos abusivos.

No se debe romper la disciplina. Siempre el poder debe fijar límites y condiciones para nuestro ejercicio de la libertad.

Esa relativización no es original, gobiernos autoritarios de cualquier membrete, fascistas, comunistas, peronistas, la han enunciado e impuesto.

¿Y qué con el pasado?
Hay tan poco que rescatar de antes de enero del 2007, en que se inicia la “década ganada”, se dijo en una ocasión.

Algunos personajes y hechos históricos se rescatan como que “fueran precursores” de la Revolución Ciudadana, como es el caso de Eloy Alfaro.

En las religiones hay precursores, que vinieron a anunciar a la divinidad o a marcar la senda a seguirse, que son los profetas, también los del entorno, que son los apóstoles, ¿por qué no debe haber algo similar en la política?

Y del compromiso de sustituir el pasado con un futuro mejor al martirio, puede ser que solo haya un paso.

Al respecto se cita a Jesús, camino a la Cruz. En el Ecuador, a Alfaro arrastrado y quemado en la hoguera bárbara, 28 de enero de 1912, y, en las últimas semanas, a Abraham Lincoln, el presidente de la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos, asesinado el 15 abril de 1865, al concluir la guerra que desde 1861 había dividido el país, por el tema de la esclavitud y el predominio del Norte sobre el Sur.

El presidente Correa ha fomentado la colisión entre los que lo siguen y los contrarios. Los críticos se han radicalizado. Un artículo del escritor Juan Valdano en El Comercio, del miércoles 6 de julio de 2016, titulado ‘El encantador de multitudes’, se convierte en herramienta para aquello: “Hay oradores que refrendan con su vida lo que predican; son aquellos que despiertan la conciencia por la verdad de sus palabras. Y hay otros, los populistas, aquellos políticos que hipnotizan multitudes con una demagogia mentirosa”.

Luego cita a un gran militante antifascista, Thomas Mann, que en la obra Mario y el Mago el año 1930, simuló la existencia de “il cavalieri Cipola, verborreico mago que tenía la habilidad de hipnotizar a las personas al punto de acanallarlas en público despojándolas de su autonomía moral”. Las burlas subieron de tono, “uno de los ofendidos recuperó su dignidad y lo mató”. Era su forma de denunciar la seducción de las masas por el fascismo. Lo terrible fue que su advertencia fue rebasada por la seducción del fascismo. Lo recordaba el autor, después de la muerte de Mussolini y Hitler en abril de 1945. (O)

Siempre lo ideal será el real ejercicio de la ciudadanía, nada de “únicos”, ni de quienes acusan que los quieren convertir en “mártires”, que no sé si lo anhelan.