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Las voces que no se escuchan en Naciones Unidas

(Septiembre 26 de 2015)

En los pasillos de la cumbre de la ONU en Nueva York, es evidente que todo el mundo quiere cosas diferentes del próximo conjunto de objetivos mundiales de desarrollo. Sin embargo, cada líder en el podio nos dice cuán grandes serán los objetivos de desarrollo para la humanidad y para el planeta.

Pero, demos un paso atrás y consideremos a las personas que no asisten a las elegantes reuniones en Manhattan.

En los últimos meses, el Copenhagen Consensus Center –el equipo de expertos del que soy presidente– ha trabajado con investigadores y periodistas locales para darles voz a aquellos que no están invitados a subir al podio aquí en Nueva York.

Una historia que resonó en mí desde el momento en que la escuché, es la de Khalida Dilawar, que vive en un asentamiento informal llamado Naeem Gardens en Shahdarh, ciudad en el norte de Lahore, Pakistán.

Es un área de pobreza endémica, en un país donde el Banco Mundial estima que un 22% de sus habitantes es pobre y Unicef cree que un poco más de la mitad de los adultos sabe leer.

La desnutrición es un reto diario –los lugareños incluso tienen su propia palabra, sooka, para los síntomas de desnutrición severa–.

Cuando hablamos en agosto con la joven de 25 años, ama de casa y madre de cinco hijos, Khalida Dilawar, ella nos dijo que su hija menor Amana –de menos de dos años– sufría de sooka.

“Mi pequeña hija está muy enferma”, dijo. “Cada día que pasa está perdiendo peso. Ella ha estado floja desde hace bastante tiempo, y está cada vez más delgada y es muy preocupante para mí”. La niña estaba pálida, con bajo peso, delgada, sin fuerza, somnolienta; su cabello estaba frágil.

La única fuente de alimento de Amana es la leche materna de su madre. Los ingresos de la familia no alcanzan para leche o mantequilla. “Yo no como mucho”, dice Khalida.

La familia sobrevive con los ingresos de su esposo de alrededor de 500 rupias al día ($ 4,80) como conductor de rickshaw (bicitaxi). “Ahorramos algo de dinero todos los días, y cuando se junta una cantidad atractiva compramos fruta una o dos veces al mes. Ahora esto no es posible, porque necesitamos algo de dinero para el tratamiento de nuestra hija”.

Cuando se le preguntó acerca de sus prioridades, Khalida tiene expectativas básicas. “La comida es una gran preocupación”, dice. Y, “mis aspiraciones son que mis hijos adquieran la mejor educación. Quiero ser propietaria de una casa donde podamos vivir una vida saludable”.

Khalida no es la única en señalar que la salud es una prioridad. En realidad estos objetivos son similares a los que hemos escuchado de casi todos nuestros entrevistados, ya sea en Kenia, Belice o Filipinas. Y reflejan los resultados de una encuesta de la ONU que pidió a la gente clasificar sus principales prioridades antes de los Objetivos Mundiales. Más de 8 millones de personas han respondido hasta ahora, y las principales prioridades –entre las dieciséis opciones– son una mejor educación y salud, y una mayor seguridad alimentaria.

(*) Bjorn Lomborg es autor de los best sellers El ecologista escéptico y Cool It, director del Centro para el Consenso de Copenhague y profesor adjunto de la Facultad de Negocios de Copenhague. (O)

La desnutrición es un reto diario –los lugareños incluso tienen su propia palabra, sooka, para los síntomas de desnutrición severa–.

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