Uno de los carteles más genuinos y conmovedores que dieron la bienvenida a Paul McCartney en Quito es el de aquella niña que hace medio siglo estaba enamorada de los cuatro, y que hoy tomó cartulina y marcadores para confesar su amor y admiración por los Beatles y su larga espera para mirar personalmente aunque sea a uno de ellos, a su favorito. Me recuerda a la Penélope de Augusto Algueró y Joan Manuel Serrat, con la diferencia de que esta fan está muy cuerda y su acto público solo testimonia la función del deseo en la vida de los seres hablantes y da cuenta de los diferentes objetos que lo sostienen a lo largo de la existencia para cada uno.
¿Cómo entender un fenómeno insólito en la cultura y en la música pop, que puede ser compartido por tres generaciones a la vez? Porque aquel 28 de abril, en la fría y lluviosa noche quiteña, había algunas familias enteras coreando las canciones y meciéndose a su ritmo. Mientras algunos niños correteaban antes del concierto luciendo camisetas conmemorativas, uno que otro papá o mamá vestía su chaqueta de “Sargento Pimienta” que terminó empapada, y al final todos los abuelos y abuelas tararearon el estribillo de Hey, Jude hasta enronquecer. La respuesta a la pregunta anterior está en el mismo Paul: atemporal, vigente, vital, mejor que nunca, apasionado por todo lo que hizo y por lo que sigue haciendo, dándoles su lugar a los recuerdos, pero mirando siempre hacia al futuro, como el título de su nuevo álbum, New.
¿Cómo se puede mirar al futuro a esos 71 años de edad? Más allá de las diferencias singulares, es –sobre todo– un asunto de sociedad, política y cultura. No nos damos cuenta, pero los ecuatorianos vivimos inmersos y estancados en un discurso que penaliza el paso del tiempo. Un discurso melancólico que nos invita a considerarnos ancianos a partir de los “sesenta y piquito” y a conformarnos con la jubilación precoz. Un discurso que desestima la experiencia y se resigna a la nostalgia. Un discurso que ridiculiza como novelería todo afán de actualización. Un discurso que niega cualquier posibilidad de creación o aprendizaje a esa edad. Y ni hablar de volver a enamorarse a los 71: creemos que eso solo le está permitido a Paul.
La magia de Paul McCartney consiste en la integración sincrónica de pasado, presente y futuro, mediante la función del deseo. Una función que se apoya en la experiencia y la valora, para pensar en lo nuevo que hoy se quiere e intentarlo. Una función que solo se agota con la muerte, pero que muchas veces y de manera colectiva o cultural se reprime desde antes. Una función de la que habla New, la reciente canción de Paul: No me mires ni me tomes como ejemplo. Entonces éramos jóvenes y no sabíamos lo que queríamos. Aun hoy, todavía no sé todo lo que quiero, y por eso sigo buscando. Gracias a eso, seguiré logrando cosas hasta la muerte, cuando finalmente encuentre aquello que ha causado mi deseo por diferentes objetos durante toda mi vida.









