Las quejas de miles de usuarios sobre la atención médica en el dispensario Nº 29 ubicado en el cantón La Libertad (provincia de Santa Elena) han sido constantes. Hace pocas semanas recibí la llamada telefónica de un amigo lector, quien me relató las odiseas que tenía que pasar cuando le tocaba asistir al referido centro de atención ambulatoria para atender cierta dolencia corporal. Comentó que el trato que dan ciertos médicos es casi inhumano; que no hay suficientes camillas; que la dotación de medicinas es irregular; que no hay galenos endocrinólogos para tratar a los diabéticos y que la insulina es escasa en la botica; que al cardiólogo lo mandan de vacaciones pero no lo sustituyen; que no hay un otorrinolaringólogo; que las consultas de especialidades las ejecuta un profesional de medicina general y las direcciona a hospitales fraternos de Guayaquil, etcétera. Me interesó el caso y coordinamos la fecha y hora para acompañarlo.
Al llegar al sitio, la primera impresión que tuve fue lo inapropiado de la estructura física del local. Su edificación data de algunos años que en la entrada principal hay una placa de agradecimiento al expresidente de la República, ingeniero León Febres-Cordero (1988) por la remodelación de aquella vivienda particular. De aquello han transcurrido 26 años y actualmente la situación es más complicada. Sus estrechos pasillos están atestados de cientos de afiliados en incómodas sillas esperando impacientemente el turno para ser atendidos. El local no posee aire acondicionado central, por lo tanto, es fácil imaginar el ambiente que se vive al interior. Los consultorios médicos son pequeños (cuatro metros cuadrados). En la oficina de la dirección general apenas entran el director y tres asistentes. Observé equipos médicos de última tecnología pero ubicados en sitios inapropiados debido al reducido espacio existente. Al aire libre, en el patio, había equipos médicos obsoletos. La extracción de las pruebas de sangre se las realiza sin ninguna asepsia y a vista de todos. Pero, paradójicamente, en cada puerta hay un afiche grande que dice: “El IESS cumple”.
Cuando una paciente notó mi presencia, acusó en duros términos a los directivos del IESS por la falta de atención a los afiliados. Reiteró que no hay médicos para ciertas especialidades: comentó que las citas hechas por medio del llamado call center es una burla porque se las reservan para tres o cuatro meses posteriores. Los afiliados son maltratados psicológicamente aumentando su vía crucis en la cura de sus dolencias. Un tecnólogo –que no se quiso identificar– me comentó que desde hace mucho tiempo, tanto a ellos como a los médicos, no les incrementan sus remuneraciones.
En agosto pasado, el presidente del directorio del IESS, arquitecto Fernando Cordero visitó ese sitio y prometió la construcción de un nuevo hospital, pero la realidad es otra. Ya existe el terreno para su edificación en La Libertad, pero parece que la burocracia serrana del IESS piensa distinto a Cordero. El hospital ubicado en la parroquia Ancón hace rato que dejó ser tal.
El afiliado peninsular debe ser atendido de manera urgente y amable. No es una dádiva lo que pide, es su derecho adquirido por las aportaciones realizadas con su dinero. Parafraseando al recordado expresidente ecuatoriano, Dr. Carlos Julio Arosemena Monroy ¿Será necesario que el servicio médico del IESS muera para que el Ecuador viva?
Los actuales directivos tienen la palabra…








