Conforme la edad avanza estamos expuestos a dolencias de diverso tipo, algunas más graves que otras. Personalmente, tengo una enfermedad incurable que con el apoyo de médicos ecuatorianos he logrado mantener bajo control y con una aceptable calidad de vida durante casi ocho años. En este tiempo he estado en constante interacción con médicos y profesionales de la salud que me han atendido en las múltiples variaciones y sobresaltos que en mi proceso he debido enfrentar. Muchas veces he debido recibir tratamientos que están en la frontera del conocimiento médico y sobre cuyas consecuencias no se tiene un claro entendimiento o evidencia. Los he recibido siempre, luego de conversar con mis médicos y sopesar los riesgos, pero sobre todo bajo el entendimiento que aquello que me están proponiendo, lo hacen en mi mejor interés. Y no solamente he sobrevivido a ellos, sino que me ha permitido vivir en buenas condiciones.
La relación con médicos, pero también enfermeras y técnicos de salud de diverso tipo no solo es profesional, en sí misma importante, sino una de confianza que proviene nada menos que de depositar nuestra salud y vida en sus manos; es una relación que se establece en el tiempo, en la conversación y valoración de los procedimientos utilizados y sus resultados, donde los logros son apreciados tanto por el paciente como por el médico; y, cuando no da un resultado deseable, también son sujetos de valoración conjunta. La relación médico-paciente se construye en el tiempo y es vital para lograr sortear los momentos difíciles de una enfermedad, que por cierto los hay.
Me parece que el artículo 146 del COIP, especialmente su inciso relativo a condiciones que vuelven una práctica médica sujeta a procedimiento legal y a pena ampliada, es decir ser peligrosas, innecesarias e ilegítimas, introduce una cuña que de no aclararse en las negociaciones, complicará la relación entre médicos y pacientes. Ello, en la medida que el profesional de la salud tomará sus decisiones no solo en función de las necesidades médicas, sino del riesgo y la eventualidad de un juicio y prisión; o en su defecto, tomará esa decisión haciendo una valorización de si el paciente o su familia podrán en un futuro plantear tal juicio. No será una decisión meramente médica. A ello se agrega el interés que abogados especializados en el campo de demandas médicas acosen a los pacientes, promoviendo enjuiciamientos. Son célebres los abogados que persiguen ambulancias o se localizan a la salida de hospitales; cazadores de infortunios en todo el sentido de la palabra.
Sugerir que se puede reemplazar a los médicos ecuatorianos, trayendo sustitutos de otros países, me parece una real tontería. Cada sociedad ha construido su capacidad médica, respondiendo de una u otra manera al perfil epidemiológico que tenemos. Ha sido respuesta, tanto pública como de las familias, para formar médicos, enfermeras, tecnólogos médicos, especialistas de diverso tipo, adecuándose a lo que es la demanda de la sociedad. Esos profesionales constituyen un capital imprescindible para nuestra sociedad. Es imposible que ellos puedan ser reemplazados por médicos recién aterrizados, no siempre con la experiencia adecuada, muchas veces recién graduados; tratar de hacerlo, me parece, entre otras cosas, peligroso para nuestra salud.
Es una pena que en este debate no se haya escuchado a los pacientes, que no son solo víctimas, sino de muchos que vivimos gracias a los buenos médicos que tenemos.












