El acoso escolar es una de las modalidades más antiguas del acoso moral que existe en casi todas las sociedades occidentales. Probablemente, aparece casi al mismo tiempo que los sistemas escolares modernos. Después de todo, la escuela es crisol, escaparate y síntoma de los problemas colectivos en casi todas las sociedades: es el lugar donde generalmente los niños toman su primer contacto masivo con la legitimación institucionalizada de los prejuicios, las inequidades, las intolerancias, las discriminaciones, el fracaso de las políticas estatales y los grandes mitos nacionales. Es el sitio donde, en la mayoría de los casos, los niños afrontan sus primeros encuentros directos con la violencia real y efectiva: la que otros niños y algún maestro ejercen sobre ellos.

Por ello, desde hace generaciones, los niños ecuatorianos han experimentado el acoso escolar, como víctimas, como pequeños verdugos o como testigos impotentes o cómplices. Desde hace generaciones, la institución escolar no ha hecho absolutamente nada al respecto, los medios y la sociedad en su conjunto no se han dado por notificados, las autoridades nunca se han enterado, y las víctimas y sus padres lo han sufrido en silencio, porque las denuncias siempre encontraron la indiferencia de la institución y el redoblamiento de la crueldad de los pequeños agresores. De esto, algo sabemos –entre otros– quienes trabajamos en la clínica “psi”, pues periódicamente recibimos en nuestra consulta a personas mayores de 30 o 40 años que recuerdan su vida escolar como una experiencia traumática, de aquellas que dejan marcas. El acoso escolar siempre existió y pasó desapercibido, hasta la invención del bullying.

La adquisición de nuevas palabras inaugura realidades nuevas. Este fenómeno o ilusión creacionista se vuelve más evidente con la importación de significantes tomados de lenguas extranjeras. Tal es el caso del llamado bullying, cuyo certificado de nacimiento en la cultura norteamericana donde algunos niños acosados terminan posteriormente disparando a sus maestros y compañeros, parecería autorizar el que nos ocupemos por primera vez del viejo acoso escolar preexistente entre nosotros. Este “descubrimiento del agua tibia”, tan común en la sociedad ecuatoriana, no debería impedir que investiguemos y abordemos el viejo fenómeno, el cual probablemente tiene características propias en nuestro país. Quizás, la incidencia del racismo y de ciertas hegemonías sociales, que en nuestro medio estigmatizan a los pobres, a la población indígena y a la afroecuatoriana, le otorga algunos rasgos “autóctonos” al acoso escolar.

Está bien la oleada de campañas contra el acoso escolar (dígase así, en lugar de bullying) desplegadas desde hace poco en nuestro país, por diferentes autoridades y en diversas instancias y medios de comunicación. Pero ninguna campaña será realmente efectiva, si al mismo tiempo nuestros niños y adolescentes observan la expansión, en nuestra sociedad, de las otras formas del acoso moral: sexual, sexista, laboral, político, “académico” y otras. Ninguna publicidad contra el acoso moral tendrá sentido, si por otra parte nuestros hijos miran en la televisión cómo los más poderosos del Ecuador humillan públicamente a sus contradictores, todas las semanas. Porque después de todo, el acoso escolar es solamente la expresión inicial de uno de los fenómenos más viejos que la humanidad conoce: el abuso del poder que unos pocos detentan para someter a muchos.