Un amigo mío no come ningún producto animal, sea carne, pescado, mariscos, tampoco huevos, leche, mantequilla, gelatina, miel de abeja; solo consume verduras, cereales, frutas, aceites vegetales. Aquel amigo es vegano, admiro esta filosofía personal por ser respeto a la vida en todas sus manifestaciones: se trata de una actitud noble, lógica si uno se apega al mandamiento “no matarás”.
Confieso que soy carnívoro como la gran mayoría de los humanos. Mis ancestros del paleolítico pintaron en sus cuevas a los bisontes que cazaban para alimentarse. No podría comer la carne de un animal después de verlo matar, significando aquello que debería tener mala conciencia. Sin embargo, por más que me enternezca ver cerditos de pocas semanas o terneros recién nacidos, pierdo la memoria frente al quiosco donde despachan sándwiches de pernil, husmeo con apetito el bife chorizo recién llegado de Argentina, el lechón que me sirven en Sangolquí, el locro con cueritos, la inefable guatita, el caldo de patas.
El dalái lama es carnívoro. Paul McCartney, ex-Beatle, le escribió para reprochárselo, el monje budista contestó que era prescripción médica. Jesús, ciertamente, como lo relata Marcos, mandó a dos discípulos a preparar la última cena, pues “era el primer día de los Ázimos cuando se inmolaba la Pascua”. El verbo griego utilizado en la Biblia es sfazein (matar, degollar). Benedicto XVI pretendió que Jesús era vegetariano, pero el texto evangélico es extremadamente claro. Además, una parábola nos habla de la ternera cebada destinada a una parrillada como festejo para el retorno del hijo pródigo. La Biblia enumera con absoluta precisión cuáles son los animales puros y comestibles. El huevo frito con tocino o salchichas estaba presente en el desayuno polaco de Juan Pablo II, ignoro si el papa Francisco ama el tango y la parrillada argentina, sin embargo, pienso que buscar el respaldo de Jesús, del papa o del dalái lama es parte de la sospechosa coartada.
Como aficionado a la gastronomía no juzgo de ninguna manera digno de alabanzas cierto sustituto vegetal, pues existe una gran diferencia entre la textura de la carne y la de la soya que nos pueden servir como seco, bisté o perro caliente. Para los veganos, se vuelven sospechosos los vinos, el champán, pues se suele usar huevo o aditivos para su clarificación. Al eliminar del panorama gastronómico la carne y los licores, lo que queda permitido luce triste a morir. Hitler era vegetariano, comió un plato de pastas italianas antes de suicidarse. Mucho cuidado, pues los fettuccini suelen llevar yema de huevo como el Marsala al Uovo, delicioso vino dulce. Si condeno la masacre de un toro, podré siempre alegar que resulta diferente matar para alimentarme o torturar en el ruedo, pero aquí también impera el criterio de nuestra conciencia. Los veganos no comen caviar, el paté de foie gras luce excomulgado.
Dejemos de polemizar. Los veganos serán felices frente a su plato de cereales y yo seguiré respirando con alegría aquellos efluvios que me hablan de un pollo horneado, de un bife a la pimienta, un plato de prosciutto San Daniele, coppa di Parma. ¡Abur!










