Lanson Jones no pensó que el coronavirus lo atacaría, pues era un jugador ávido de tenis en Houston que no se había enfermado ni de gripe durante la pandemia. Se rehusaba a vacunarse porque le preocupaba que eso arruinaría su racha de buena salud.

Pero haberse contagiado de COVID-19 le destruyó su fe en las defensas de su cuerpo, a tal punto que Jones, con la nariz tapada y sin nada de apetito, comenzó a indagar por cualquiera cosa que pudiera librarlo de la enfermedad grave.

La solución resultaron ser los anticuerpos monoclonales, un fármaco con un año de antigüedad creado en un laboratorio y que no es menos experimental que la vacuna. Este mes, en un recinto con paredes de cristal del Hospital Metodista de Houston, Jones, de 65 años, se convirtió en uno de más de un millón de pacientes, entre los que se encuentran Donald Trump y Joe Rogan, que recibieron una infusión de anticuerpos mientras el virus asolaba Estados Unidos.

Los estadounidenses escépticos de las vacunas han preferido dicho tratamiento con un celo que en ocasiones ha desconcertado a sus doctores y han ido en busca de estas infusiones extensas tras haber rechazado vacunas que cuestan una centésima parte. Los pedidos se han disparado con tal rapidez este verano —hasta 168.000 dosis por semana a finales de agosto, frente a las 27.000 de julio— que el gobierno de Biden ha advertido esta semana a los estados de la disminución del suministro del país.

Publicidad

El gobierno federal, que desde antes cubría el costo del tratamiento —actualmente unos 2100 dólares por dosis—, ha asumido ahora también su distribución. El gobierno ha dicho a los estados que en las próximas semanas esperen una reducción de los envíos debido a la inminente escasez.

Laura Jeffery recibe una infusión de anticuerpos monoclonales en el Hospital Metodista de Houston en Texas, el miércoles 15 de septiembre de 2021. Defendida por médicos y presentadores de radio conservadores por igual, los anticuerpos monoclonales para COVID-19 tienen una gran demanda, incluso de aquellos que no quiero una vacuna. (Brandon Thibodeaux / The New York Times) Foto: BRANDON THIBODEAUX

Dado que el 70 por ciento de los pedidos proceden de siete estados del sur, el nuevo proceso ha inquietado a algunos de sus gobernadores, quienes han hecho del tratamiento con anticuerpos un elemento central de su estrategia para hacer frente a una ola catastrófica de la variante delta.

Hay más suministros en camino. El gobierno federal compró esta semana 1,8 millones de dosis más, las cuales se espera que lleguen en otoño e invierno. Pero, por ahora, algunos hospitales no están seguros de que podrán contar con los suministros necesarios, dijeron las autoridades sanitarias de los estados, aunque los pacientes siguen en busca de las dosis.

“Tenemos a proveedores con dificultades para encontrar el producto necesario”, dijo Kody Kinsley, quien está a cargo de operaciones para la respuesta ante el COVID-19 de Carolina del Norte. “Creo que lo que ha sucedido es un típico problema de logística, en el que de repente hay mucha demanda”.

Anticuerpos como solución

En medio de un estruendo de falsedades antivacunas, los anticuerpos monoclonales se han convertido en el excepcional medicamento contra el coronavirus que ha logrado una aceptación casi universal. Las infusiones, promovidas tanto por los médicos convencionales como por los locutores de radio conservadores, han evitado que el número de muertes en el país —2.000 al día y subiendo— se dispare aún más.

Y gracias a meses de empeño por parte del presidente Joe Biden y los gobernadores sureños para promover los tratamientos, los anticuerpos monoclonales se han ganado el afecto de aquellos que se niegan a vacunarse, quienes han dicho que su pavor e incertidumbre al enfermarse de COVID-19 los hacían sentir desesperados por un antídoto.

Publicidad

“La gente que quieres, en quien confías, nadie dijo nada negativo de esto”, Jones comentó sobre el tratamiento con anticuerpo. “Y no he escuchado nada más que cosas negativas sobre los efectos secundarios de la vacuna y lo rápido que la desarrollaron”.

Algunos gobernadores republicanos han creado clínicas de anticuerpos al tiempo que se oponen a los mandatos de vacunación, lo que frustra incluso a algunos de los más firmes defensores de los medicamentos. El aumento de las tasas de vacunación, según los científicos, evitaría la necesidad de tantos costosos tratamientos con anticuerpos. Las infusiones duran aproximadamente una hora y media, incluido el monitoreo posterior, y requieren la atención constante de enfermeras de las que los estados más afectados a menudo no pueden prescindir.

“Está congestionando los recursos, es difícil de administrar, y una vacuna que cuesta 20 dólares y podría evitar casi todo eso”, afirmó Christian Ramers, especialista en enfermedades infecciosas y jefe de salud poblacional en los Centros de Salud Familiar de San Diego, un proveedor comunitario. Promover los anticuerpos monoclonales y restarles importancia a las vacunas, dijo, es “como invertir en el seguro del auto sin invertir en los frenos”.

Los anticuerpos monoclonales que provee el gobierno, fabricados por Regeneron y Eli Lilly, han demostrado acortar significativamente los síntomas de los pacientes y reducir el riesgo de hospitalización, en torno al 70 por ciento en el caso del coctel de anticuerpos de Regeneron. Ambos tratamientos, que se administran en una sola sesión, utilizan copias hechas en laboratorio de los anticuerpos que las personas generan de forma natural al combatir una infección.

Tanto los pacientes como los médicos pasaron por alto estos tratamientos durante la ola de infecciones en el invierno. Pero los hospitales y centros de salud han incrementado su capacidad para ofrecer esta opción, transformando las clínicas dentales, las unidades móviles y los auditorios en centros de infusión. En estados como Texas, donde se han pospuesto las operaciones electivas para dar cabida a los pacientes con COVID-19, se ha recurrido a las enfermeras quirúrgicas para que administren las infusiones.

En el Hospital Metodista de Houston, las enfermeras administraron casi 1.100 tratamientos con anticuerpos en ocho centros durante la primera semana de septiembre, mucho más del doble que en cualquier semana del invierno pasado. Este mes el hospital redujo el lapso promedio entre pedidos e infusiones a dos días, en comparación con tres días a inicios de agosto, a fin de darles a los pacientes más probabilidades de vencer la enfermedad.

Howard Huang, jefe médico del programa de infusión de anticuerpos del hospital Metodista de Houston, en Texas, el miércoles 15 de septiembre de 2021. (Brandon Thibodeaux/The New York Times) Foto: BRANDON THIBODEAUX

La combinación de la cantidad de infusiones con pacientes más graves de COVID-19 este verano obligó al hospital, en una ocasión, a trasladar una clínica de anticuerpos monoclonales a una fachada de un centro comercial.

Pero el departamento de salud de Texas ha ayudado proporcionando 19 enfermeras para otra clínica de infusión del Metodista de Houston, dijo Vicki Brownewell, administradora principal del programa del hospital. El gobierno de Joe Biden también ha invertido 150 millones de dólares en ampliar el acceso a los anticuerpos monoclonales, y el Metodista de Houston ha utilizado dinero federal en gestionar taxis médicos para los pacientes con problemas de transporte.

Pese a estas medidas, las infusiones siguen siendo inaccesibles para muchos. Dada la gran demanda de personal y la necesidad de crear salas de infusión separadas para los pacientes infecciosos, algunas comunidades, especialmente en las zonas rurales, no disponen de estas clínicas.

De las 2,4 millones de dosis de anticuerpos monoclonales enviadas a nivel nacional, se han utilizado al menos 1,1 millones. Es difícil determinar con exactitud cuántas quedan en existencia debido a las deficiencias en los informes. Sin embargo, la disminución de los suministros federales y el aumento de la demanda por parte de los estados del sur menos vacunados han provocado lo que varios estados han descrito como un gran retraso en las entregas.

Proveedores en Carolina del Norte han solicitado 15.000 dosis por semana, dijo el departamento de salud local, más del doble de lo que le asignó el gobierno federal. Florida sostuvo que su última ración semanal dejaba a sus clínicas con 41.000 dosis menos de las que requerían.

Antes los hospitales podían pedir ellos mismos los medicamentos. Pero el Departamento de Salud y Servicios Humanos ahora decidirá ahora cuántas dosis recibe cada estado en función de los índices de casos y del uso del tratamiento. Los gobiernos estatales, a su vez, determinarán las dosis para cada centro.

El nuevo proceso de pedidos, que el gobierno de Biden dijo que garantizaría una “distribución equitativa”, ha inquietado a algunos partidarios del medicamento. El gobernador de Florida, el republicano Ron DeSantis, advirtió el jueves que los funcionarios estatales no estaban preparados para la nueva responsabilidad de asignar las dosis.

Y en estados con índices de vacunación elevados, como Nueva York, las personas que coordinan los tratamientos temen que los envíos disminuyan drásticamente debido a las tasas bajas de casos, lo cual dejaría a los hospitales con tan pocas dosis que quizá deban cerrar sus programas. Algunos hospitales han informado en últimas fechas de un número creciente de pacientes vacunados que reciben infusiones.

Diana Berrent, fundadora de Survivor Corps, que ha trabajado para ayudar a los pacientes a encontrar tratamientos con anticuerpos monoclonales, dijo que involucrar a los gobiernos estatales crearía retrasos: “Se están añadiendo 50 capas adicionales de burocracia”, opinó.

Los médicos han advertido que los tratamientos con anticuerpos por sí solos no pueden seguirles el ritmo a los brotes en aumento. Mientras que una sola vacuna protege a muchas otras personas del contagio, una infusión únicamente ayuda a un solo paciente. Las infusiones deben administrarse en los 10 días posteriores a la aparición de los síntomas; no ayudan a la mayoría de los pacientes hospitalizados. Y recibir los anticuerpos una vez no evita que las personas enfermen de gravedad si vuelven a contraer el virus después.

A los pocos días de su infusión, Jones abandonó la habitación donde había estado en cuarentena y volvió a su trabajo como arquitecto paisajista. Pero seguía sopesando si vacunarse o no.

Su médico lo presionaba para que se vacunara, relató. Pero los anticuerpos monoclonales habían funcionado tan bien que estaba tentado de nada más hacerse otra infusión si volvía a contraer COVID-19.

“Si puedo ir a recibir una infusión y sentirme tan bien como ahora, hombre, prefiero no tomar una vacuna que acaba de ser desarrollada”, dijo. “Eso todavía me pone nervioso”. (I)