Un visitante llegado desde fuera de nuestro vecindario cósmico está ayudando a los astrónomos a responder una de las grandes preguntas de la ciencia: cómo se forman los planetas en el universo. El cometa interestelar 3I/ATLAS, procedente de otro sistema estelar, se ha convertido en una especie de cápsula del tiempo que transporta información esencial para los científicos.

Un estudio reciente logró algo excepcional: seguir con gran precisión la evolución de las emisiones atómicas de níquel y hierro antes y después de que el cometa alcanzara su punto más cercano al Sol, el 30 de octubre.

Este tipo de seguimiento detallado es extremadamente raro. En cometas originados en nuestro propio sistema solar apenas existe un antecedente comparable, el del cometa C/2002 V1 (NEAT).

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El níquel y el hierro son elementos pesados clave en la formación de planetas rocosos. Su detección y análisis en un objeto procedente de otro sistema estelar permiten estimar la metalicidad primordial de ese entorno, es decir, la proporción de elementos más pesados que el hidrógeno y el helio presentes cuando comenzaron a formarse sus cuerpos planetarios.

Las mediciones realizadas en 3I/ATLAS aportan datos comparables con los del sistema solar y ofrecen una referencia para evaluar si los procesos de formación planetaria responden a condiciones químicas similares en distintas regiones de la galaxia.

Esta es una imagen del cometa interestelar 3I/ATLAS tomada por el Telescopio Espacial Hubble. Foto: NASA

Sin embargo, los resultados también introducen matices importantes. Después de su paso por el perihelio, el punto más cercano al Sol, el cometa presentó características químicas parecidas a las observadas en cometas originados en nuestro propio sistema. Nuevos análisis identificaron metanol, etano y polvo oscuro, compuestos frecuentes en objetos del sistema solar.

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Esto indica que las capas externas del cometa fueron alteradas por la radiación solar durante su aproximación. En consecuencia, el material analizado no representa necesariamente su composición original intacta, sino una superficie transformada por la exposición al calor y a la luz. Esa modificación obliga a interpretar los datos con cautela al intentar reconstruir su metalicidad inicial.

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El siguiente paso para los investigadores consiste en separar los efectos del procesamiento solar de las señales químicas propias del cometa. Con modelos más ajustados, será posible aproximarse mejor a la composición que tenía cuando se formó en su sistema de origen.

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A pesar de estas limitaciones, el seguimiento detallado de las emisiones de níquel y hierro antes y después del perihelio constituye un avance relevante. Este tipo de registro es poco común incluso en cometas del sistema solar y ofrece información valiosa sobre cómo evolucionan los materiales bajo la influencia de la radiación estelar. (I)