Antonio y Roberto, guayaquileños, en su último año de colegio en 2016, estaban peleados por una cuestión inconsecuente, trivial, parte de la adolescencia.

Habían sido compañeros de colegio desde el primer año hasta el último. Pasaron juntos la transición de los juegos infantiles a pensar en cursar carreras universitarias, en novias, a tener más responsabilidades.

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Ambos tenían caracteres volátiles, pero eran inseparables.

Una tarde, un amigo de Antonio lo llamó a decirle que le había ocurrido algo a Roberto. Su reacción fue enviarle múltiples mensajes de texto a su teléfono, sin respuesta.

Intentó llamar al padre de Roberto. Nunca lo había contactado por esa vía, pero tenía el número. Primera llamada: nada. Segunda llamada, tampoco. Al tercer intento contestó una mujer que era su familiar.

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Roberto se había suicidado. Antonio, inicialmente en negación, no pudo procesarlo. “Dime en qué hospital está, yo lo voy a ver”, respondió.

“No te puedo dar un hospital porque él no está en un hospital, ya no está con nosotros, acaba de fallecer“, le contestó la familiar de Roberto, quien tenía 17 años cuando se quitó la vida en su domicilio.

Roberto fue uno de los 208 jóvenes de 15 a 19 años que tomaron sus propias vidas en el país en el 2016, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). Ese año se suicidaron 1.233 personas.

Las defunciones del rango de edad de 15 a 19 años por esta causal representaron el 12,8 % del número total de suicidios en 2021, cuando se registraron 880 casos. Es la última cifra disponible del INEC. Las del 2022 se publicarán a finales de mes.

El 20,2 % de esas defunciones (178) correspondió al grupo etario de entre 5 y 19 años. Las lesiones autoinfligidas (suicidio) son la segunda causa de muerte en la población de 5 a 17 años en Ecuador.

Es la cuarta causa de defunción más prevalente en personas de 18 a 29, detrás de accidentes de tránsito, eventos no determinados y homicidios.

A partir del 2015, según los datos, se observa un fenómeno: la aparición de casos de suicidio en niños de 5 a 9 años. En ese año se contabilizaron cuatro decesos de estos menores; ninguno en 2016, uno en 2017, dos en 2018, tres en 2019, nueve en 2020 y uno en 2021.

En total, más de 20.000 personas se han quitado la vida en el país desde 1999, según indican las cifras oficiales.

Las maneras más comunes en que se dan estas muertes autoinfligidas en el grupo de 5 a 19 años son por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación; envenenamiento por exposición a plaguicidas y a otros productos químicos y sustancias nocivas; disparo de armas de fuego; salto de un lugar elevado, y por uso de objeto cortante.

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Antonio ahora tiene 24 años, y siguió con su vida desde la muerte de Roberto: migró y obtuvo su título universitario. Estuvo en varios procesos terapéuticos, pero admite que el fallecimiento de su amigo le causó problemas con el alcohol y las drogas. Incluso intentó suicidarse en dos ocasiones. La última vez fue en 2020.

“Quiero pensar que estoy vivo de milagro”, reflexiona.

Su hermano lo encontró casi inconsciente en su habitación durante su primer intento. “Por cosas de la vida mi hermano había dejado algo en mi cuarto y entró (...), me vio y entendió lo que sucedió”. Su hermano, dice, lo salvó de la muerte.

“La vida se volvió muy gris (...), tratas de sacar lo mejor de la situación, pero sé que muchas de las decisiones que tomé, estar en ese ciclo autodestructivo, fue en parte por eso”, expresa.

El ECU911 también lleva registros de emergencias relacionadas con intentos de suicidio. La entidad atendió 499 llamadas por intentos de suicidio hasta el 28 de agosto de 2023. También registra 245 autoatentados consumados.

Eso significa que Ecuador promedia un suicidio por día, según el ECU911, cifra que luego es completada por el INEC sumando los casos en los que no se llama a emergencias.

El mes que más suicidios atendió el ECU911 fue enero, con 42. Marzo fue el menos mortal, con 17 defunciones. Guayaquil, Quito y Ambato son las tres ciudades con más llamadas de auxilio por suicidio.

Hasta finales de agosto de 2022 el órgano gubernamental había atendido 310, para un promedio de 1,3 muertes cada día.

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Lo que pasa con los círculos sociales de la persona que se suicida, ya sean familia, amigos u otras personas cercanas, es otro tema de preocupación.

En el campo científico de la suicidología, que estudia el suicidio como fenómeno y su prevención, se conoce como supervivientes a aquellos cercanos al suicida que pasan por un proceso de duelo como resultado de la pérdida sufrida.

Un estudio publicado en la revista científica inglesa The Lancet estima que entre 48 millones y 500 millones de personas quedan afectadas por una muerte por suicidio cada año. También existe evidencia de que son más vulnerables a sufrir de depresión, síndrome de estrés postraumático e incluso conductas e ideación suicida, que es la presencia de pensamientos sobre la muerte y sobre querer quitarse la vida.

Su proceso de duelo también está fuertemente marcado por la culpa, gracias a la percepción de que no se hizo lo suficiente por ‘salvar’ al ser querido.

Antonio es uno de estos supervivientes. Además de sus intentos de suicidio y de sus problemas de adicción, otro de los efectos de su pérdida fue el deterioro de su relación con uno de los amigos que tenía en común con Roberto, pues explica que “no sabían cómo llevar” la relación en su ausencia.

Sofía, otra amiga de Roberto que también estudió con él en el colegio, todavía siente un poco de culpa por su fallecimiento. Se había alejado un poco de él en ese entonces. Inconscientemente, cuenta, se concentró en otras personas y actividades.

“Para mí fue sumamente doloroso, chocante, y se acompaña de culpa, culpa que aún tengo. Eso me duele mucho. No haber estado ahí, saber que algo andaba mal esa última vez que lo vi en el colegio y haberme olvidado de escribirle luego”.

Con el tiempo, continúa, aprendió a hacerse “amiga de la muerte”, o sea, procesar la ausencia de alguien sanamente.

Poca literatura científica en Ecuador trata la salud de supervivientes de suicidio.

El documento El suicidio en Ecuador como caleidoscopio de la vida amenazada, publicado por la Universidad Andina Simón Bolívar, resalta que es un “verdadero suplicio pasar por los tramos tecnocráticos (trámites) del registro de muerte” de un ser querido. Son, además, “invisibilizados totalmente en el sistema de atención en salud e incluso de las investigaciones del comportamiento suicida”, lo cual los vuelve cercanos al riesgo suicida tras la tragedia.

Tomando en cuenta estos factores de riesgo para los supervivientes, el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad de España recomienda en su guía El día después del suicidio de un familiar o allegado tener paciencia con la persona que está sufriendo el duelo, además de ayudarla en lo que se pueda con las tareas del hogar y dejar que se desahogue, pero solo cuando esté listo o lista para hablar de lo que sucedió.

También aconsejan que la ayuda sea prolongada en el tiempo y no solo en el periodo inmediatamente luego de la pérdida que sufrieron. “A veces también se necesita ayuda en fechas especiales, como el aniversario, los cumpleaños y otras fechas importantes en las vidas de las personas”.

Algo que suele aquejar a los supervivientes es el trastorno de duelo persistente. En su sitio web, la Clínica Mayo explica este fenómeno en el que los síntomas normales, como tristeza profunda, falta de concentración, añoranza por el difunto, incapacidad para disfrutar la vida y aislamiento, se mantienen o empeoran con el tiempo, mientras que en el duelo normal mejoran gradualmente.

Depresión y trastornos de conducta alimentaria, vinculados al suicidio

La prevalencia de suicidios en gente joven tiene una variedad de causas, según expertos, como factores socioeconómicos, culturales, relación con la imagen corporal y distintos trastornos.

“La conducta suicida tiene que ver con que la persona ha estado atravesando un tema de salud mental que no ha sido atendido”, expresa María Fernanda Acosta, psicóloga, y añade que no necesariamente tiene que tratarse de depresión.

Padecer trastornos de conducta alimentaria, como la anorexia y bulimia nerviosa, también representa un factor de riesgo.

Según estudios de la Asociación Americana de Suicidología, la tasa de mortalidad por suicidio de pacientes con anorexia es más alta que cualquier otra enfermedad psiquiátrica. La anorexia también afecta en mayor medida a mujeres jóvenes.

El trastorno dismórfico corpora (TDC), que es la obsesión con un aspecto físico que la persona percibe como negativa, también podría causar que “atente contra su cuerpo”.

Según la Fundación Internacional del Trastorno Obsesivo Compulsivo, uno de cuatro pacientes de TDC ha intentado suicidarse.

Hasta un 90 % de las personas que se suicidan también estaban diagnosticados con depresión, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Acosta recalca que hay que separar la depresión de la tristeza como emoción natural.

“Cuando ya no se trata de emociones naturales sino de cuadros que tienen que ver con otros síntomas, estamos hablando de depresión, pasó algo que me llevó a estar deprimido”.

También señala que hay otro tipo de depresión, que tiene que ver con el “funcionamiento bioquímico del cerebro”.

Globalmente, según la OMS, el 4,6 % de adolescentes de 15 a 19 años experimenta depresión.

Acosta considera que es “crítico” que la prevención del suicidio comience mucho antes de que la persona llegue al punto de intentar quitarse la vida. Esto incluye que “las personas aprendan a hablar de sus emociones”, que no se sientan marginadas, desestigmatizar los trastornos de salud mental y, fundamentalmente, escuchar.

“Nuestra cultura nos impulsa a frenar toda conversación que tenga un matiz negativo. Si alguien nos habla de un conflicto intentamos evadirlo... debemos escuchar, permitir que la persona converse sobre lo que le pasa”.

Sin embargo, aclara que si alguien confiesa a otro que está pensando en suicidarse, se lo debe convencer de que lo atienda un profesional de la salud. “Aprender a tener conversaciones difíciles es una manera muy potente de prevención”.

Una persona tiende a tener “pensamiento catastrófico”, caracterizado por pensar que las cosas “no solo no van a salir bien, sino que van a salir muy mal”, según la psicóloga.

La ideación suicida también es un factor que debe considerarse. “Tiene que ver con los pensamientos de lesión y se presenta en diferentes grados”, resalta.

Cuando la ideación suicida es grave, hay planes específicos de suicidio. Acosta considera que es importante diferenciar esto de tener sensaciones de “cansancio profundo, ganas de apagarse”. Una persona puede tener esas ideas sin necesariamente tener “ideación suicida abierta”, continúa, aunque sí puede dar señales del estado de la persona.

“Las personas pueden querer parar”, pero cuando verbalizan deseos de morir, “es importante que un especialista las valore”. (I)