Nota de redacción: Esta historia es parte de una serie sobre migrantes que han decidido asentarse en Ecuador. Se publica los sábados.


Young-min Son, de 44 años, corta col junto con su madre, Myung-hee. Ambas migrantes coreanas en Guayaquil pican a diferentes velocidades, cortesía de la diferencia del peso de los años, pero de alguna manera parecen llegar al mismo destino al mismo tiempo: una montaña de col cortada en trocitos.

La col es el principal ingrediente del kimchi, la especialidad fermentada del local de comida coreana que Young-min opera junto con su madre en las calles Costanera y Víctor Emilio Estrada, a una cuadra del puente que une Miraflores con Urdesa.

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Las dos llegaron a Ecuador en 1988. Young-min tenía 8 años y no sabía casi nada de español. Lo único que podía hacer era contar del uno al cinco. Esto fue parte del shock cultural que le causó dejar su vida en Corea del Sur a tan temprana edad.

Sin embargo, a los seis meses de haberse mudado ya podía comunicarse mejor. Una compañera de colegio le ayudaba a comunicarse mediante señas, y sus profesores también la asistían. Los niños con los que iba a la escuela poco a poco, incluso, se interesaban más y más por la comida que su madre le empacaba en la lonchera, que era muy diferente a la de los otros escolares.

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A veces, recuerda, su madre le mandaba arroz y gim (alga coreana), despertando la curiosidad de los otros niños.

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“Ya luego cuando crecí empecé a ver el trato distinto que hay acá, más expresivo, más cercano. En Corea hay otra forma de comunicarse”.

El shock cultural solo fue inicial. Ahora su acento es totalmente guayaco, aunque domina el coreano, que utiliza para hablarle a su madre mientras preparan el kimchi.

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“Físicamente soy coreana, pero cuando la gente me escucha hablar piensan que soy guayaca”, indica. Esta dicotomía, no obstante, también puede ser difícil de balancear.

“Tú en casa tienes tu cultura, en mi caso coreana, y cuando sales eres ecuatoriana. Tratar de comunicarte en casa como coreana y afuera como ecuatoriana, mantener eso (...) Lo importante es mantener lo bueno de ambas”, indica.

Esa adaptación no ha sido igual para sus padres. Ellos, explica, ya vinieron con otra cultura arraigada, y ella pudo absober una nueva siendo niña.

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La cultura coreana se ha vuelto muy popular con los jóvenes ecuatorianos. Los artistas de K-pop, los K-dramas (novelas coreanas) y la comida se han convertido en potentes emblemas de la cultura coreana y productos de exportación.

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Young-min, sin embargo, no entiende mucho de K-pop. Explica que uno de los atractivos de la comida coreana es la salud: el kimchi, hecho a base de col y otros vegetales que se fermentan con una mezcla de chile en polvo, ajo, pasta de pescado, entre otros ingredientes. Young-min calcula que a las dos semanas de fermentación adquiere bacterias saludables para la salud intestinal.

También ofrecen un plato de barbacoa coreana, con chancho elaborado con una “salsa coreana especial”, acompañado de huevo, papas, arroz y una porción de kimchi.

Cuando Young-min llegó con su familia, sus padres no esperaban quedarse. La idea de su padre era pasar un par de años en Ecuador y regresarse, pero terminaron quedándose por casi cuatro décadas ya.

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“Antes nos sentíamos más tranquilos”, indica sobre la situación actual del país. “Los últimos años se ha ido sintiendo esa inseguridad, pero bueno, la esperanza es lo último que se pierde”. (I)