Carlos lleva más de 30 de sus 60 años viviendo de los ingresos que le deja una tienda en la vía a Zaruma, en la provincia de El Oro. Cuando la pandemia llegó en 2020 fue la única vez que, obligado, tuvo que bajar la puerta enrollable de su negocio y encerrarse para evitar contraer el virus del COVID-19.
Hace una semana, por segunda ocasión, está analizando volver a tomar esa medida, pero esta vez no por una enfermedad, sino por los ingresos casi nulos que tiene.
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La paralización de actividades en las plantas de beneficio de Portovelo ha golpeado su actividad desde el 2 de febrero. Hasta el 10 de este mes, el Gobierno informó de la suspensión de actividades en 89 concesiones mineras y 54 plantas de beneficio pertenecientes a Napo, Loja y El Oro.
Solo en esta última provincia se pararon operaciones en 54 plantas de 105. Las altas concentraciones de cianuro, arsénico, cadmio, cobre y plomo encontradas en los ríos Calera y Amarillo dieron paso a esta decisión gubernamental.
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Los clientes de Carlos, en su mayoría, eran conductores de volquetas y gente de otros cantones que venían durante el día a cumplir funciones en las plantas de beneficio que funcionan en la vía a Zaruma y en el sector de El Pache.
En este último punto, además de estas empresas, funcionan pequeños negocios que giran alrededor de la minería y que también están golpeados. Solo en la vía principal de El Pache hay establecimientos que reparan motores usados para la extracción en las minas, lubricadoras y aquellos que venden aditivos y demás productos usados en la cadena de procesamiento de materiales. En un tramo de menos de dos kilómetros hay una decena de estos locales.
En Portovelo y en zonas del altiplano orense como Zaruma, Piñas y Atahualpa cerca del 90 % vive directa e indirectamente del sector minero. Al primer cantón, por ejemplo, llegan a diario trabajadores desde otros cantones como Balsas, Piñas, Atahualpa, Zaruma, Santa Rosa e incluso Machala para cumplir su jornada. Los buses intercantonales movilizan a estos ciudadanos en frecuencias diarias.
Esto sumado a la población flotante que vive en Portovelo durante la semana por sus actividades. Con ello, el sector hotelero y de alimentos se beneficia.
“Los mineros paraban por aquí para una cola, una agüita, y ahora como todo está paralizado, no viene nadie y estamos de brazos cruzados”, relata.
Carlos pasó de vender entre $ 20 y $ 35 diarios a $ 5 y $ 10. En la última semana cerró dos días con ventas en cero.
Una historia similar vive Bernardo, quien tiene una tienda en medio de las plantas de beneficio cerradas en El Pache. En este sector de Portovelo están asentadas, una junto a otra, las empresas en las que se procesa el material aurífero para extraer oro. Todas las plantas en esta área colindan con los ríos Amarillo y Calera, que ahora son señalados por el Gobierno por contaminación.
“No vienen los que ‘chancan’ (trituran) el material porque no se puede. Aquí en las mesitas que tengo frente a la tienda se sabían sentar los trabajadores a tomarse algo, ahora todo está muerto”, relata.
El tendero cuenta que en ese sector han dejado de abrir tiendas de abasto y comedores. Estos últimos, por ejemplo, aprovechaban la afluencia de los conductores de volquetas que esperaban para descargar material. “Aquí en El Pache todo estaba activo, ahora uno ve a la gente que trabaja en las plantas arrancando monte o moviendo lodo porque no se puede hacer más”, dice el portovelense.
La dueña de un comedor prefirió cerrar dos veces en esta semana porque no lograba vender los almuerzos del día. “Si no hay actividad todo es muerto aquí. Todo se ha afectado y no sabemos hasta cuándo será todo esto”, menciona.
Desde el 2 de febrero, el trabajador de una de estas plantas de beneficio pasó de vigilar una molienda a mover con una pala material acumulado para limpiar el predio. Hace quince años empezó a trabajar en el giro minero en Portovelo luego de laborar en el cantón Zaruma.
“Es una cosa de incertidumbre. Yo a veces estoy moviendo tierra o quitando monte porque debo igual venir a cumplir mis horas al trabajo. Tenemos miedo porque no sabemos cuánto tiempo esto va a seguir y si es que en algún momento pueden decirnos que muchas gracias porque no se produce nada aquí”, manifiesta.
Las maquinarias están apagadas. Con escobas, los jornaleros realizan oficios de limpieza durante el día. Vecinos dicen que el cambio, además del movimiento de personas, se percibe en los olores y en el sonido. Quienes viven cerca de las plantas dejaron de escuchar a las trituradoras y demás maquinaria usada a diario.
Un grupo de trabajadores cuenta que hay preocupación. Aunque los dueños de las plantas están presentes y trabajan en los planes de acción solicitados por el Gobierno antes de su reapertura, el ambiente es tenso. “Nosotros venimos a trabajar aun sabiendo que no podemos hacer para lo que realmente nos contrataron. Es triste, es preocupante. Nos miramos las caras, las manos y vemos como se va apagando todo aquí, porque es lo único que se sabe hacer”, dicen.
Hacia el centro de Portovelo, el efecto del cese de operaciones mineras pasa factura. Los dueños de tiendas, cafeterías y trabajadores en hoteles en alrededores al parque central aseguran que la caída ha sido paulatina. “Uno identificaba cuando venía algún minero de otro lado, ahora vemos solo a la gente de aquí de brazos cruzados”, manifiestan.
Aunque hay un cálculo del monto diario de pérdidas para las ciudades del altiplano orense, la afectación directa en promedio es a 10.000 familias e indirectamente a 80.000 en las ciudades de Piñas, Portovelo, Zaruma y Atahualpa. (I)