Al observar el verde pasto, las vacas comiendo, pequeñas casas en las laderas, montañas que recubren un barrio y el sonido del río arrastrando sus piedras, inmediatamente el tiempo se traslada al campo, en medio de la urbanidad de la capital.
“Bienvenidos al parque municipal El Rosario“, reza un letrero sobre una casa barrial. Arriba, varias casas dan a la quebrada. Unas azules, otras tomate, varias amarillas o, las que casi no se ven, blancas.
En cada hogar, varias personas salen a trabajar, estudiar o comprar bajo un mismo tono, el del río Machángara. Un cauce diferente al resto, pues la contaminación lo han convertido en un botadero a cielo abierto.
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Entre los vecinos es costumbre el mismo gesto. Se tapan la nariz, contienen la respiración y pasan corriendo, uno más rápido que el otro. Es que el olor nauseabundo de esta tradicional reserva hídrica es impactante.
Dos puentes se han construido a lo ancho del río. Es un pasaje directo a las calles principales que adornan al barrio El Rosario, en el sur de Quito.
En uno de los más nuevos, que está conformado por una especie de churo en uno de los extremos, está Melanie Corrales, estudiante de Comunicación de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ) y una de las pioneras que buscan un mejor futuro para el río, levantando la bandera del proyecto Machángara Nos Une.
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“Lo que nos motivó a empezar este proyecto que unió a más carreras fue la preocupación por el agua. Existe una investigación que para el 2050 el 91 % de la población sufrirá escasez de agua, no porque no existan ríos, sino porque están tan contaminados que no se pueden usar. Queremos empezar con el río Machángara, porque es un río emblemático en Quito y tratar de buscar una solución viable que sea replicable en otras ciudades", comentó.
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La guayaquileña de 21 años, que reside en Quito desde hace tres, encontró en el Machángara un personaje. Lo levantó del subsuelo y le dieron vida en un documental denominado La vida de un río.
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“Nos inspiró el amor por el río Machángara desde el documental hecho por Naia (Andrade) y Jorge (Anhalzer). Ellos toman al río como el personaje principal y lo asemejan a la vida de una persona que nace en perfectas condiciones, llega a la ciudad y lo corrompen entre el alcohol, las drogas, que simulan la contaminación. Al final lo liberan en el océano Pacífico, pero ya de viejo, sin energías y totalmente consumido por la sociedad", manifestó Melanie.
El objetivo de esta proyección que se estrenó el 25 de abril fue concientizar a la ciudadanía, lugar de donde nace el cáncer del río Machángara y termina afectando a las mismas personas que botan basura a sus aguas.
Virus resistentes a fármacos en el Machángara
“Hicimos una investigación desde el área de ecología y concluimos que al menos veintiséis familias de virus resistentes a fármacos existen en este río. Eso quiere decir que, si tienes en tu organismo un virus altamente resistente a un fármaco, no hay medicamento alguno que te pueda salvar, por lo que es más probable que fallezcas", sostuvo.
La realidad de los habitantes de El Rosario y los 55 barrios más que cobija el río Machángara es comparable a lo que un día el explorador alemán Alexander von Humboldt dijo: “Los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste”.
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Esto porque, a pesar de las múltiples evidencias de problemas con un río que agoniza, la gente camina con una sonrisa en el rostro, las vacas comen el pasto que riega esa fuente contaminada y los niños juegan entre basura y desechos altamente tóxicos.
El recorrido del Machángara y su impacto regional
“El río desemboca en las playas del Pacífico; eso quiere decir que no contaminamos solo a Quito, sino a las ciudades que están más abajo, como Esmeraldas. De allá viene la mayor cantidad de mariscos, por lo que comemos productos infectados“, contó.
El Machángara nace en el sur de la capital, fluye por el centro, se desvía en Nayón y se junta con el río Monjas, el Guayllabamba y más cuencas hacia el norte del país. En Quito, el río tiene un recorrido de 32 kilómetros, llegando a 55 barrios periféricos de la ciudad.
Soluciones a largo plazo y contaminación industrial
“Arquitectos han mencionado que de aquí a 100 años el río podría estar limpio; entonces, es algo que podemos ver a largo plazo y no significa que debamos desanimarnos, sino que de aquí a 50 años nosotros seremos las personas de la tercera edad que estaremos vulnerables a estos virus", afirmó Melanie Corrales.
El proyecto Machángara Nos Une tendrá que recorrer un camino bastante largo en el que articularán la cultura para que la gente regrese a ver el río y su presente, luego la arquitectura que pretende instalar humedales e incentivar que la gente cree huertos urbanos que reaccionen como una esponja y purifiquen el agua que cae al río.
Entre las acciones de este iniciativa se promueve reusar el agua, limpieza barrial, aumentar la plantación de árboles, usar biodigestores, además exigir edificios verdes y filtrar en los jardines, es decir, evitar uso de cemento en patios.
“Hemos validado con documentos oficiales que hay 157 industrias identificadas como las que provocan la contaminación del río. Lo hacen en las madrugadas, porque no hay regulación en ese aspecto. Se han visto desechos de hospitales, como jeringas, gasas, espuma que viene de contaminantes químicos", concluyó la estudiante.
Esperanza de vecinos por mejoras
Porfilio Guano, un morador del sector que ha visto la evolución y decadencia del río, salió con una gorra blanca. Su lento caminar hablaba de su edad, pero también de la experiencia de haber convivido con el mismo problema por más de 50 años.
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Él tiene mucho optimismo. Cree que el río recuperará su identidad, así como años atrás cuando la gente se bañaba en sus aguas cristalinas y se podían ver reflejados en ellas. Hoy solo queda una corriente de color café oscuro, plásticos, papel y botellas en los filos y una gran masa de espuma, producto de los desechos.
“Yo vivo aquí 56 años. Soy uno de los fundadores de este sector, uno de los primeros que vinimos a vivir aquí. Todo era botado; no había las obras que tenemos ahora. Sin embargo, todos los que vivimos a la ribera del río Machángara sabemos que es el portador de los residuos de todo lo malo que hay en la ciudad“, explicó el adulto mayor.
Se quejó del olor. Dijo que la sequía del verano y la humedad en el invierno perjudican el ambiente y que, más allá de tener muros de contención y paredes para evitar la erosión, nadie puede combatir la pestilencia que significa vivir allí.
“Creo que yo también estoy contaminado, pero no hay otro sistema de vida que aguantar”, enfatizó.
Los colores cambiantes del río
El color del río no siempre es café. A veces es rojo, otros días azul y en ocasiones multicolor. Presume que su origen podría venir de distintas fuentes. “En las mañanas, no sé qué clase de químico lanzan al río, pero a veces viene medio rojizo... A veces viene media amarillenta el agua y cambia de colores tipo 6:00 a 6:30. Baja espumoso y con diferente color", añadió Porfilio.
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Ellos se encomiendan a Dios. Lanzan una plegaria al cielo, esperando que el hedor no les perjudique la salud para seguir adelante. Sin embargo, el problema es latente. Ecólogos, arquitectos, ingenieros y científicos han revisado las condiciones del río y, en el mejor de los casos, se necesitarán de diez a quince años más para que se purifique el torrente. (I)








