Katy ve que la puerta se abre. No la empuja el viento, como a veces pasa, la abre él, Marcio, su hijo. Entra despacio, como cuando regresaba tarde y no quería hacer ruido. Lleva puesto el chaleco, el de trabajo, el de siempre. Ella corre. Lo abraza. Lo toca para comprobar que es real, que no es mentira.
“¿Qué te hicieron, Marcio?”, le pregunta. Él no responde. Tiene el cuerpo marcado. Algo roto. Algo oscuro. Ella lo acuesta con cuidado en un mueble. Enseguida piensa en la familia, en que cuando lleguen lo verán, se alegrarán porque ya no está desaparecido. Todo habrá terminado.
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Entonces despierta. La casa sigue en silencio. La puerta sigue cerrada. El chaleco no está ahí. Su hijo tampoco. Solo era un sueño.
Está pasando muy seguido. Katy León sueña con su hijo, con Marcio. En realidad se llama Joshua Marcelo Cedeño León, pero ella lo llama así por puro cariño, como las madres suelen llamar a los suyos.
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Él desapareció el pasado 10 de enero. Viajó de Manta a Santa Elena por trabajo y desde entonces no saben nada de él.
“El último de la familia que habló con él fue el niño, su hijo de 14 años. Eran las 15:00. Hablaron un ratito, después lo llamó a las 19:00, pero mi hijo le dijo que estaba en el baño, que más tarde hablaban, pero ya no contestó”, dice Katy, mientras sostiene una foto de su Joshua.
Un traslado sin explicación
La entrevista ocurre en la parroquia Eloy Alfaro, en Manta. La familia de Joshua vive una casa sencilla, ubicada en pleno centro del barrio. Afuera, la vida sigue, la gente camina, los carros pasan. Adentro, el tiempo se encuentra estancado en un 10 de enero.
Joshua Cedeño tiene 31 años. Se graduó de biólogo marino y trabajaba como inspector de pesca para la Subsecretaría en Manta. Llevaba seis años en el puesto. En todo ese tiempo nunca tuvo problemas, nunca levantó la voz ni se creyó más que nadie, afirma su familia.
Pero el 2 de enero lo trasladaron a Santa Elena. Nadie explicó por qué.
Jorge Cedeño, su padre, habla despacio. Mide cada palabra como si temiera romper algo frágil. Cuenta que Joshua alquiló un departamento en la comuna Palmar de Santa Elena, donde llegó a trabajar luego de ser reubicado. Allí ordenó sus cosas, dejaba el carro estacionado. Llamaba todos los días y decía que estaba bien.
La familia sabía que Palmar no es un lugar fácil. Por eso lo llamaban a diario, preguntaban, insistían.
El último contacto llegó el pasado 10 de enero. No con los padres, sino con el hijo de 14 años. Habló poco. Dijo que salía a comer. Fue el último contacto. Después, nada.
El 11 de enero sonó el teléfono. Joshua no llegó a trabajar. Nadie sabía dónde estaba. Sus padres fueron al departamento en Palmar. Los policías ya habían tumbado la puerta, pensaron que algo había pasado. Adentro no había nadie.
El carro seguía ahí, la ropa también, los documentos, el cepillo de dientes, todo estaba intacto.
Los padres preguntaron a vecinos, pero nadie lo vio salir, nunca lo escucharon, nadie recuerda nada. Las cámaras en la zona no funcionan. Nadie quiere hablar, la palabra nadie se volvió un lugar común cada vez que preguntaban. En los pueblos así, la memoria se apaga por miedo.
Jorge cuenta que querían quedarse para encontrar a su hijo, pero la Policía les recomendó no hacerlo. Les dijo que no se expusieran al peligro de esa manera y que confiaran en ellos.
Dos días después llegó la llamada. Una voz extraña desde un número desconocido. Dijeron que lo tenían. Pidieron rescate. La madre del hijo de Joshua depositó el dinero. Esperó. Esperaron todos. No entregaron a nadie.
20 desaparecidos al día, la cifra de la angustia
El engaño dejó otro hueco, otro peso. La Policía dice que en estos casos los delincuentes se aprovechan de las familias y les piden rescate muchas veces sin tener a la persona. Es algo muy común.
Lo han visto a lo largo de estos últimos años con cada denuncia de desaparición. Según datos del Ministerio del Interior, en Ecuador solo en 2025 desaparecieron 7.291 personas, un promedio de 20 por día. De esa cifra, 5.907 fueron halladas con vida, 403 estaban muertas y hay 981 de las que aún no se sabe nada. Son números, pero detrás de cada cifra hay una historia, una familia.
Joshua no se fue por gusto, dice Katy, su madre. Él no quería irse, asegura, presentía algo. Katy también. Es ese presentimiento que no se explica, pero se clava como astilla.
“Es muy raro todo. Nadie tiene rastros, no hay señas de nada. Ni la dueña del departamento ni los amigos donde él trabaja, tampoco los vecinos, nadie”, declara.
No saben si su trabajo tiene algo que ver con su desaparición, porque ser inspector de pesca en las costas del país no es solo un cargo: es ponerse frente a frente con el control de las playas en zonas donde el silencio es la ley.
El lenguaje de los sueños
Tal vez por eso son los sueños, dice Katy. El padre también lo ha soñado. Los hermanos igual. Todos sueñan con Joshua, dicen que les habla, que pide que lo busquen, que dice que no lloren, menciona palabras sueltas, les pide que miren un video. Un mensaje que no termina de decirse.
Los sueños se vuelven un idioma. El único que todavía responde.
La casa se llena de rezos por las noches. Se sientan juntos. Se miran sin hablar. Cada uno carga su versión de angustia. El padre dice que estos días han sido los peores de su vida.
Ahora la casa quedó grande. Demasiado grande. Ya ha pasado un mes sin él, sin rastro, sin explicación. Los días son una tortura.
Cada vez que escuchan o leen en las noticias que han encontrado un cadáver en la zona costera sus días son interminables.
Les ocurrió el pasado 5 de febrero. Unos pescadores hallaron un cadáver frente a Santa Elena. La familia movió sus contactos, llamaron a quienes investigan la desaparición de su hijo. Querían saber si era él. El padre sintió que las piernas se le aflojaban. Pensó que era Joshua. Fueron horas de angustia.
La madre también pasó por lo mismo. Dice que si pudiera, movería cada piedra; que si no existiera el miedo, ya lo habría buscado con las manos, pero el miedo existe y manda.
Entonces lo sigue soñando. Lo sigue viendo con el chaleco puesto. Ella lo abraza. Le pregunta qué le hicieron. No le pregunta dónde estuvo ni con quién. Le pregunta qué le hicieron. Porque en esa frase cabe todo.
Esta semana, los padres de Marcio acudieron a la morgue de Santa Elena para poder conocer si algún cadáver ingresado correspondía a su hijo.
En Manta reclaman por Joshua. En algún punto de Santa Elena, alguien sabe algo. Tal vez muchos. Tal vez nadie. Joshua Marcelo Cedeño León sigue desaparecido. Y su madre sigue soñando con que vuelve. (I)