Y un día el mundo enfermó. De un año a otro (2020-2021) murieron quince millones de personas, según la Organización Mundial de la Salud, por una gripe que cerraba los pulmones y la llamaron COVID-19. Las personas, sobre todo las más vulnerables, se iban primero, la gente usaba mascarillas, los hospitales estaban colapsados y hasta llegó el momento en que el dinero no te aseguraba vivir.
Fue entonces cuando el colombiano Ricardo Rodríguez, quien en esa época tenía 35 años, se dio cuenta de que en cualquier momento el mundo se podía acabar y él no lo había conocido.
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“Reflexionamos con mi novia. Puede pasar cualquier cosa y nos falta mucho por vivir. Empezamos a ahorrar dinero, a mirar opciones. Luego de cuatro años, ella dejó su trabajo como ingeniera ambiental y yo renuncié a mi empleo como diseñador gráfico y nos fuimos de viaje en la casa rodante”, expresa Ricardo, ahora de pie frente al mar en Manta, a 1.482 kilómetros de su casa, en Bogotá.
Vivir sobre ruedas: así es su casa rodante
Es un día soleado en Manta, Manabí. La temperatura bordea los 28 grados centígrados, hay un calor sofocante, se siente un poco de humedad, pero adentro, en el cámper de Ricardo, está fresco, tal vez unos 5 grados menos, calcula él.
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El cámper, un vehículo adaptado como vivienda, con 4 metros de largo por 1,80 metros de ancho, tiene todo resumido: un minibaño, una miniducha, la cocina pequeña, un espacio de apenas 80 centímetros para caminar y, al fondo, la cama con extractor de aire en el techo.
“La hicimos con material aislante del calor y el frío, por eso, aunque hace un sol fuerte, adentro está más fresco”, explica.
Vivir en un cámper es un reto, dice Ricardo. Es salir de la zona de confort. Porque uno en casa tiene todo a la mano, no piensa en buscar agua o en dónde botar los desechos. Acá hay que buscar el gas para cocinar, el agua; hay que clasificar los desperdicios, agrega.
De Bogotá a Ushuaia: la ruta de Ricardo y Andrea
Ricardo Rodríguez y Andrea Espejo llevan viajando desde diciembre de 2024. Salieron desde su ciudad natal, Bogotá, y volvieron en mayo de 2025; este año retomaron en enero la travesía.
Llegaron a Ecuador, conocieron primero Quito, Santo Domingo, Esmeraldas y ahora se encuentran en Manta. Luego seguirán hasta Montañita.
La meta es llegar hasta la ciudad del fin del mundo: Ushuaia, en el extremo sur, en la última punta del continente.
“La llaman Tierra del Fuego, allá queremos llegar. El viaje es un reto mental y físico, pero es chévere saber que podemos conocer cualquier sitio, y si no nos gustó, nos vamos”, agrega mientras pasea a su perro, Sony, por el parque.
Sony es un husky siberiano de cinco años. Acompaña a la pareja en el viaje y se ha acoplado bien al trayecto, señala Ricardo.
“Le gusta esta vida. Cuando empezamos a viajar por Colombia, él no había cumplido ni el año. A él le encanta el mar y entonces se acostumbró, nunca ha vomitado. Cuando estaba muy pequeño, como no lo podíamos bajar porque tenía parásitos, lo cargábamos en un canguro y nos lo llevamos. Él es el más juicioso del mundo”, expresa.
Latinoamérica es una región de viajeros. Los países de donde más salen, particularmente mochileros y amantes de los cámperes, son Argentina, Brasil, Chile y México, según datos de Worldpackers, una web para aventureros.
Estos tienen una fuerte cultura de viajes de aventura, naturaleza y travesías largas por carretera, frecuentemente recorriendo Sudamérica, México y Centroamérica. La página registra algunos de esos viajes, incluso ofrece opciones con más de diez rutas para recorrer en Sudamérica y hasta de voluntariado y trabajo remoto para financiarlos.
“Salir de viaje es una decisión difícil, no se toma de la noche a la mañana. No sé cómo hacen las personas que dicen: ‘Vendí todo y me fui a viajar’”, señala Ricardo y luego ríe.
Cómo financian su viaje: el trabajo ideal para un nómada
Él, por ejemplo, genera dinero trabajando como fotógrafo de sitios de hospedaje en plataformas como Airbnb y Booking. Es el trabajo perfecto para un aventurero.
Cuando llega a una ciudad revisa en la plataforma si hay pedidos de fotografías para promocionar suites, casas o departamentos.
“Funciona como las aplicaciones de taxis. Cuando hay un trabajo, tú lo seleccionas y te pones en contacto con el dueño de la casa para hacer las fotos. Eso lo paga la plataforma y luego se lo descuenta al dueño mediante los arriendos”, explica.
Ricardo dice que quienes promocionan sus propiedades con fotos profesionales tienen mejor aceptación en las plataformas de alquiler temporal. “Es algo así como que el algoritmo de Booking o Airbnb las muestra más porque la fotografía es profesional y de calidad”, revela.
En Manta ya hizo algunos trabajos y espera en su trayecto seguir recibiendo clientes, porque es una manera de generar dinero para continuar su aventura.
“Muchas veces cuando tengo confianza con los dueños les digo: ‘¿Quieres unas fotos de noche? ¿Quieres un video? ¿Quieres tal cosa?’. Lo podemos canjear por noches, por tres noches y descansamos también del cámper, porque en algún punto, pues, hay que descansar de esa incomodidad, meterse a una piscina y seguir”, comenta.
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El futuro en la carretera: metas y aprendizajes
El resto del viaje es largo. Tienen que atravesar tres países más (Perú, Chile y toda Argentina). Son cerca de 8.380 kilómetros, que usualmente viajeros como ellos los recorren en 20 o 30 días con las paradas en diferentes lugares.
Andrea dice que no tienen fechas; estos viajes nunca las tienen. Eso sí, ella quiere estar de retorno en noviembre rumbo a Uruguay, porque quiere pasar Navidad con unos amigos mochileros.
“Es que ella es más familiar”, apunta Ricardo, señalando a su novia con la mirada. “Yo también lo soy un poquito, pero ella es más familiar. Entonces, como ya los conocemos a estos amigos y ya estuvieron en nuestra casa en Bogotá, tenemos un vínculo”, añade.
Andrea detalla que pasar Navidad y Año Nuevo con ellos puede ser cálido, más acogedor. “Esa es la meta este año, vamos a ver si la logramos; esa y conocer lo bonito de Sudamérica”, agrega.
Ricardo también sostiene que este viaje no tiene fechas ni días planificados. “Cualquier cosa puede pasar. Eso nos enseñó la pandemia”, declara, recordando la razón de su viaje. “Mire nomás cuánta gente se murió sin conocer más allá de su ciudad. El mundo se podía acabar y yo no lo había conocido, eso no nos podía pasar”, recalca. (I)