Emilio en algún punto de su vida se llamó Victoria, aunque este no fue realmente su nombre femenino, (que él prefiere no revelarlo). Desde su llegada al jardín de infantes, Victoria se vio atraída por una niña. En ese entonces, aún tenía una relación normal con sus amigos y familia, como cualquier pequeño, pero sus gustos no encajaban con su cuerpo.
Un conflicto con su identidad generó un desbalance en su vida, ya que se encontraba en un cuerpo que no sentía suyo y se le exigía utilizar vestimenta femenina. Él describe su infancia como “perturbadora”. “El no poder encajar puede desembocar en intentos de suicidio”, comenta el activista, que a los 26 años tomó la decisión más importante de su vida: comenzar su transición.
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La transición es un proceso al que se someten las personas transgénero. El sitio Human Rights Campaign lo describe como “el momento en el que empiezan a vivir sus vidas en el género con el que se identifican en vez del sexo que les fue asignado al nacer”. En la mayoría de casos incluye una terapia hormonal. En otros una cirugía de reasignación de sexo.
En la actualidad, Emilio es un activista por los derechos de las personas LGBTIQ+, cuyas complicaciones en su vida no han sido un obstáculo para desenvolverse en el mundo laboral. Está casado hace tres meses y tiene aspiraciones de ser padre de familia. Es amante de la playa y la música, espera pronto aprender a tocar la batería, uno de sus sueños. Su experiencia de vida le ha generado la necesidad de ayudar a otros hombres trans.
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La transición
El pasar de Victoria a Emilio fue un proceso largo, lleno de visitas constantes a médicos y psicólogos que desconocían completamente sobre el tema. “Estaban más preocupados en considerarme enfermo y discriminarme, que en ofrecerme una atención médica. Incluso pusieron la religión por encima de su oficio”. El proceso de transición, que implica el consumo de medicamentos, hormonas y cirugías, es de un alto valor en el país, en el caso de Emilio, $3.000 inicialmente.
La American Psychological Association, desde 1975, ha hecho un llamamiento a los psicólogos para trabajar activamente con el fin de eliminar el estigma de enfermedad mental que ha estado asociado por muchos años con las orientaciones lesbianas, gay y bisexuales. “Uno de los principales aliados dentro del desconocimiento es el internet y es por esto que muchas personas comienzan a automedicarse, pero es completamente inseguro”, explica Villafuerte.
A los 26 años, inició su transición de la mano de un médico que, a pesar de desconocer del tema, optó por ayudarlo. Villafuerte cuenta que los 3.000 dólares que necesitaba para iniciar la transición lo obligaron a decidirse. ”Tuve que tomar una decisión muy importante, esta fue abandonar mis estudios, para dedicarme en su totalidad al trabajo y poder cumplir mi sueño”.
Conocer lo difícil que es transicionar, encontrarse solo y ser discriminado por ser quien es, por nacer en un cuerpo que no siente suyo y como él menciona “no le corresponde”, lo llevó a brindar ayuda a sus “pares”, para que puedan tener una transición menos complicada a la que él vivió.
Nace Valientes de Corazón
Sus “pares” son otros hombres trans como él, a quienes respeta y admira. Desde el 2016 ha sido un soporte para aproximadamente 60 trans masculinos por medio del colectivo Valientes de Corazón, una organización cofundada por Villafuerte para acoger a trans masculinos, apoyarlos en su proceso de transición y ubicarlos en el mundo laboral.
“Valientes de Corazón nace de la invisibilidad, y busca darle un espacio a las personas trans masculinas en la sociedad”, explica Villafuerte. “Cuando pensamos en la población trans lo primero que se viene a la mente es una mujer trans, no un hombre trans y ahí comienza la invisibilización. Si bien los trans masculinos somos menos visibles, sí somos víctimas de discriminación a diario”.
El principal objetivo es dar un mensaje esperanzador a otras personas que quizás no han empezado su transición o desconocen del tema y requieren ayuda, pero sobre todo generar comunidad.
Inicialmente comenzó con pequeñas reuniones en una cafetería, en las que conversaban sobre sus experiencias de vida y sus problemas. En muchos casos, se acercan jóvenes que no conocen quién los puede ayudar o guiar en este camino y que temen ser discriminados dentro del sistema de salud.
“Nosotros los ayudamos recomendándoles médicos, psicólogos, les indicamos qué necesitan para obtener su cédula, entre otras cosas”, detalla Villafuerte. Al momento la organización ha colaborado con alrededor de 60 personas.
A sus 34 años aún no ha podido obtener un título universitario, pero logró cumplir su cometido y más grande anhelo. Pero, la transición no solo le abrió las puertas a nuevas experiencias de vida, también lo alejó de su familia. Hasta la fecha su madre no lo acepta. “Ni siquiera me respeta”, comenta. Si bien, Emilio tiene un empleo en el sector público, él considera que es difícil, casi imposible conseguir un empleo si revelas que eres una persona trans.
Ser una persona LGBTIQ+ en Ecuador aún resulta complicado, como revela Villafuerte. En el 2013, el INEC realizó el primer estudio LGBTIQ+, que reveló que siete de cada diez integrantes de la comunidad LGBTI ha sufrido algún tipo de discriminación en su entorno familia. Control. Imposición. Rechazo. Violencia. El núcleo familiar decidió que controlar, imponer, repudiar, agredir eran opciones válidas para cambiar lo que ese entorno creía que no era correcto, explica.
En Ecuador, los asesinatos a personas trans son catalogados como delitos de odio. En 2020, al menos 10 mujeres trans fueron asesinadas. Pese a que la Constitución establece en su artículo 11, numeral 2, que nadie puede ser discriminado por su identidad de género o sexo, los asesinatos a miembros de la comunidad LGBTIQ+ en Ecuador continúan. (I)