El terremoto había acabado y la losa quedó tan cerca de la cara de Vanesa Baque que sentía claramente cómo la respiración le rebotaba en el cemento. Era asfixiante.

Pasaban los primeros minutos después del sismo del 16 de abril de 2016 y Vanesa, junto con su esposo, Segundo Pin, estaba atrapada en los escombros de un centro comercial de Manta.

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Por un instante perdieron la consciencia; pero luego, al despertar, había una luz tenue, amarilla, de emergencia. Aun así, no se podía ver nada. El aire era espeso y el polvo nublaba la vista. A los pocos segundos, la luz se apagó.

Vanesa estaba encima de Segundo. Él la había abrazado cuando todo empezó. Ella sangraba por la nariz. Segundo buscó en sus bolsillos, encontró un celular y llamó a su cuñada. Le dijo que estaban atrapados en el centro comercial Felipe Navarrete, en Tarqui, y que los buscaran.

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Una chica, que estaba cerca, le pidió una llamada para avisarle a su padre que estaba viva. La chica, llamada Alexandra, moriría después.

216 personas murieron esa noche en Manta, y Vanesa con Segundo estuvieron 36 horas junto a algunos de ellos, enterrados, escuchando sus últimos momentos. El terremoto se sintió fuerte en Manabí. Tuvo su epicentro en Pedernales. El sismo alcanzó una magnitud de 7,8.

Voces en la oscuridad: los últimos minutos de otros

“La historia es fuerte”, dice Segundo, sentado en el patio frontal de su casa, en Montecristi, a pocos días de que este jueves se cumplan diez años del terremoto.

Son las siete y media de la noche y el espacio está rodeado de plantas, mucho verde. Adentro, en la casa, Doki, la mascota —un golden—, no para de ladrar. Vanesa, con cariño, lo reprende. Afuera, silencio absoluto.

“Familias enteras murieron ese día. Algunos fueron amputados. Psicológicamente quedaron afectados. Nosotros pasamos ese duro momento, pero queda el miedo. Yo, cuando hay un temblor, siento miedo”, expresa Segundo. Vanesa está sentada a su lado.

Cuenta que ese día llegaron al centro comercial a comprar una vela porque al siguiente día, el 17, era el cumpleaños de Vanesa. Cumplía 36. Él, en cambio, tenía 38.

“Fue una desgracia, pero diez años después estoy tranquilo. Esperando que no vuelva a ocurrir. Fue una catástrofe”, comenta.

Entre escombros: el miedo, la muerte y la espera

“Yo le pedía calma a mi esposa. La oscuridad era total. Sentíamos los golpes de los martillos rompiendo el cemento, las máquinas moviendo escombros y gritábamos para que nos escucharan”, señala Segundo, quien ha empezado a narrar lo sucedido.

Las imágenes vuelven a su memoria. La chica, Alexandra, llamaba a su hermano: “¡Pablo, Pablo!”, gritaba, cuenta.

MANTA, Manabí. Soldados observan una montaña de escombros en la parroquia Tarqui, la más afectada de este cantón.

Alexandra les contó que tenía una hija. Nunca le vieron el rostro, porque la oscuridad era total y apenas podían moverse.

A unos metros, un militar les pidió enumerarse. Así lo hicieron. No recuerda cuántos eran o cuál fue el último número. Minutos después, el militar empezó a gritar: “¡El dolor no existe! ¡El dolor no existe!”, recuerda Vanesa. Luego siguió un silencio. Ya empezaban a morir. El militar falleció.

—¿Cómo sabían cuándo la gente moría?

“Porque segundos antes deliraban o dejaban mensajes para que les dijeran a sus familias. Escuchábamos cómo morían”, narra Segundo.

Alexandra estuvo viva hasta lo último, casi hasta antes del rescate. Después falleció. Ella les dijo que tenía las piernas destrozadas.

Una señora dio a luz en ese lugar, cuenta Vanesa. Gritaba, decía que se le había roto la fuente. Después, que no encontraba al bebé. Fue fatal, comenta.

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“Yo escuchaba los gritos de los niños, y eso, a mí, después en mi casa no me dejaba dormir. Imagínese la boquita de los niños, pequeña, pero con esa desesperación se escuchaba un grito tan fuerte, porque los niños gritaban”, recuerda.

El rescate: volver a nacer entre ruinas

Las horas habían pasado. Ellos no sabían cuántas. Adentro no se distinguía el día de la noche.

Pero, de pronto, llegó un olor a muerte, a carne en descomposición, y hacía mucho calor, demasiado. Segundo se rompió la camisa por la sofocación.

Las horas pasaban y ya no escuchaban muchas voces. Ellos empezaban a perder las esperanzas. Segundo le dijo a Vanesa que al menos morirían juntos, abrazados.

Pero, en la madrugada del lunes, los bomberos de Quito rompieron una losa y los encontraron.

Segundo salió en camisetilla y Vanesa llevaba en la mano un pito que encontró cuando estaba sepultada. Diez años después, aún lo conserva.

“Mire, aquí está”, dice Vanesa, mostrando el juguete en la palma de su mano. “Con este yo pitaba y pitaba, pero nadie nos escuchaba”, señala.

Tarqui: el lugar que no quiere volver a ver

Vanesa cuenta que han pasado diez años y ella no ha visto cómo está Tarqui, la zona donde quedó sepultada.

Cuando pasa en el bus, siempre lleva puesta una gorra y, además, agacha la cabeza y baja la mirada. No quiere ver. Se niega a ver.

“No sé, es inevitable. Yo paso por allí y se me despeluca el cuerpo. No tengo esa valentía, pero en estos diez años sí lo quiero hacer. Lo voy a hacer porque digo: ‘Tengo que aprender a superar, porque allí morimos y volvimos a nacer’. Yo debo tener esa valentía de enfrentar Tarqui”, agrega.

Cuenta que en estos diez años sienten mucha tristeza por los muertos y alegría por estar vivos.

“¿Sabe?, a mí nunca se me va a olvidar. Yo pasé enterrada en mi cumpleaños”, expresa, y se forma un silencio. Vanesa llora. “Cuando nos sacaron ya era 18 de abril y el bombero me dijo: ‘Bienvenida al mundo’”.

Vanesa tiene ahora 46 años y cuenta que trata de superar el momento. Sus amigas le dicen que sea fuerte, que olvide, pero para ella es inevitable.

En su cabeza hay recuerdos. Divagan y se reactivan cada 16 de abril.

“Yo siempre digo: ‘Dios, gracias por regresarnos a los dos’. Salimos los dos”, expresa.

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Este jueves, a las cinco de la tarde, Vanesa visitará la zona donde casi muere. Ella y un grupo de amigas han preparado una carrera desde el malecón de Manta hasta donde estaba el centro comercial.

Allí, diez años después, volverá a ver el lugar y cerrará un ciclo, dice.

La carrera empezará con un pitazo y ella será quien lo dé. Lo hará con el mismo pito que encontró cuando estuvo 36 horas enterrada.

Un recuerdo tangible de que la vida le dio una nueva oportunidad. (I)