El inicio de clases implica la compra de útiles escolares que a más de los libros físicos incluye contenidos digitales que se revisan en clase en algunas de las instituciones educativas privadas del país.

Los padres de familia dan cuenta del uso de dispositivos electrónicos en el aula como smartphones, tablets y laptops para el acceso a links o aplicaciones que vienen, por ejemplo, con los libros impresos de la editorial Santillana. En unos casos se pide la compra de los aparatos en las reuniones con profesores y en otros se cobra un adicional anual que va de $ 100 en adelante para su uso.

Desde abril de 2014, mediante el Acuerdo Ministerial 70-14, el Ministerio de Educación expidió las regulaciones para el uso de teléfonos celulares en las instituciones educativas, con el objetivo de fomentar el consumo de las nuevas tecnologías.

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El documento dispone que los celulares no deben considerarse como recursos obligatorios o como parte de los útiles escolares. También indica que el docente es el responsable de autorizar el uso del dispositivo. Además, la cartera de Estado solo permite su utilización para estudiantes de octavo a décimo grado de educación general básica y de bachillerato.

Sin embargo, Viviana dice que a su hija le piden anualmente una tablet, en una entidad privada de Samborondón, desde que pasó a quinto año de educación básica en 2016. A partir de eso, afirma que la niña bajó el rendimiento académico. “La misma maestra me dijo el año pasado que mientras ella estaba enseñando, los alumnos estaban en juegos. Los niños son hábiles y cuando la miss pasaba al lado cambiaban rápido la pantalla”, indica.

En esa aula se registraron otros problemas como el de una niña que estaba chateando con un mayor de edad. “El padre de familia informó que ya no mandaría a su hija con la tablet”, cuenta la mujer. A la hija mayor de Viviana también le pidieron la compra de contenido digital para inglés, pero nunca lo usaron. “En reuniones piden que compremos la tablet”, añade.

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Katherine, en cambio, asegura que a su hija, quien ingresará al bachillerato internacional en un colegio particular en el sur de Guayaquil, le pidieron una laptop también en una reunión. “En la lista de útiles sí pidieron un tipo de calculadora científica (que sirva para hacer gráficos estadísticos), que en el país cuesta desde $ 200”, agrega.

Desde 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, a través de un manual, impulsa el uso de teléfonos inteligentes en la educación.

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En las entidades fiscales del país, algunos de los estudiantes llevan estos dispositivos por lo que los docentes toman precauciones. Shirley Cornejo, profesora de Lenguaje en un colegio fiscal del norte de Guayaquil, asegura que al entrar al salón advierte a sus alumnos que guarden sus celulares para evitar distracciones. “Están en redes sociales, comienzan a escuchar música, miran videos, comparten memes por WhatsApp; si no lo prohíbo, el salón se sale de control”, dice refiriéndose al año pasado.

Cornejo indica que el centro educativo donde trabaja solo cuenta con internet en el laboratorio de computación, pero eso no es impedimento para que los adolescentes utilicen sus teléfonos. “Ahora hay planes de datos a precios bajos y pueden tener internet sin bloqueos para redes sociales”.

Pese a estos problemas, la docente no se opone a la utilización de los dispositivos móviles como herramienta de aprendizaje: “Los teléfonos o tablets deben ser manejados por los centros educativos para poder colocarles restricciones, bloquear páginas y redes sociales”.

Fernando Soasti, coordinador de contenidos digitales del Grupo Santillana, afirma que el uso de herramientas tecnológicas depende del grupo de estudiantes y de la metodología que el profesor aplique. “En un colegio hay los paralelos A y B. En el A, un profesor puede manejar mejor su clase utilizando tecnología, pero en el B por la misma diversidad de humanos, no se puede utilizar lo mismo”.

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Santillana ofrece una serie de recursos digitales como uno que desarrolla la lectura comprensiva en los niños desde segundo año de educación básica, hasta otro que prepara a los estudiantes para las pruebas Ineval (evaluación de los bachilleres). “Pero siempre hay que considerar que estas aplicaciones, herramientas por sí solas no van a hacer que el niño aprenda más o menos. Se necesita siempre la guía del docente que se apoye en estas herramientas para mejorar el proceso de aprendizaje”, reconoce Soasti.

Una de las plataformas, Santillana Compartir, incluye un programa de aprendizaje que da acceso a los colegios a servicios educativos y asesoría técnica y pedagógica. Un total de 41 mil estudiantes están en él.

Nathalie Cely, directora del Centro de Competitividad e Innovación, asegura que el actual formato de educación en el país debe ser reformado. “Se necesitan las llamadas escuelas al revés, donde los niños no van a la escuela a aprender sino a recibir tutorías para realizar las tareas, porque ellos aprenden de manera personalizada en sus tablets, celulares”, señala.

Sin embargo, ella hace una aclaración: “No debemos confundir el uso de la tecnología con redes sociales (...). Estos dispositivos deben servir para investigar y mejorar la educación. Los actuales laboratorios de computación de los colegios se eliminarán, porque no se les puede seguir enseñando a los niños cosas básicas como Microsoft Office”.

Para Max Núñez, coordinador técnico de la Fundación E.dúcate, la tecnología debe usarse desde la primaria. “Los actuales niños son nativos digitales, ellos se aburren con una computadora y buscan los teléfonos o tablets, aprenden en YouTube... no se puede impedir el acceso a estos dispositivos. Creo que a partir de segundo o tercer grado los niños deben acceder a esta tecnología”, dice.

La capacitación para los profesores también es fundamental en estos nuevos procesos de aprendizaje, precisa el especialista: “La tecnología es una herramienta poderosa que se la debe integrar, es una necesidad de política pública ya que el mundo avanza a ese ritmo”.

Mariuxi Solano tiene 16 años y estudia en un colegio particular de la vía a la costa, norte de la ciudad. Ella asevera que tiene profesores que le permiten el uso de celular. “No escribo muy rápido y lo que hago es tomarle una foto al pizarrón de lo que escriben los maestros o grabo lo que dicen. Luego, en casa, veo o reproduzco el contenido para poder entender los deberes”.

En cambio, Alejandra Idrovo, docente de una escuela fiscal en una zona rural de la provincia Santo Domingo de los Tsáchilas, señala que el uso de teléfonos por infantes se debe aplicar a los 10 años de edad.

“Con niños pequeños me parece inapropiado porque están aprendiendo a leer y a esa edad el tiempo es crucial. Creo que a los 10 años se les puede permitir. Aunque el docente puede implementar la tecnología en sus clases sin necesidad de que el estudiante tenga un teléfono, ya que los niños suelen aburrirse en las que no se usan medios digitales. Mis cátedras las hago con videos, juegos, material didáctico, imágenes...”, señala.

Idrovo comenta que no se puede analizar el uso de la tecnología con los mismos parámetros en zonas rurales y urbanas. “En el caso de la comunidad donde yo trabajo hay personas que no tienen acceso a internet o a celulares inteligentes”, manifiesta.

La educación dará un giro radical. Se enseñará con realidad aumentada, será más interactiva, dinámica y Ecuador no debe quedar relegado”.Nathalie Cely, Directora del Centro de Competitividad e Innovación

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