Siguiendo a Descartes, el corrupto debería pensarse luego existirse antes de torcerse. Si no existía, ¿cómo podría pensar en corromperse? Si no pensaba, ¿cómo podría existir corrompiéndose? Disyuntiva cartesiana que conlleva a analizar en qué parte del pensar-existir comete la infracción: ¿existe, luego delinque pensando? o ¿piensa, luego roba existiendo? Visto así, la deshonestidad podría derivar en una confusión, una duda cartesiana atenuante de alguna intencionalidad dolosa del ejecutante. Dicho de otro modo, cartesianamente el corrupto podría ser inocente; el pensar popular de sentirse a merced de la delincuencia con vidas arrancadas por robarte un celular serían inexistentes; los casos de corrupción serían únicamente fantasías imaginales.

Gassendi consideraba artificial el cogito, ergo sum cartesiano, por cuanto, según él, el sum se derivaba de acciones como caminar. Para Descartes, la conciencia sobre la acción indica que algo posee esa conciencia, sin necesariamente permitirnos saber que exista un organismo realizando dicha actividad. ¿Puede haber corrupción sin necesariamente existir corruptos? Quizá los “filósofos” de lo ajeno, confundidos entre el pensar, el existir y el genio maligno rondando su cabeza, equivocan el decidir. Surgen ahí otras interrogantes: ¿decide corromperse mientras piensa o mientras existe?, ¿el luego constituye el tiempo-espacio donde pensares y existires encuentran el libre albedrío?

Descartes puede clavar una duda en los corruptos que se piensan y existen a sí mismos, dudando de su deshonestidad y afinando sus métodos con acciones pensadas inmoralmente. El ladrón acecha en una esquina; piensa, luego coexisten él y una víctima que camina sin pensar en su destino inmediato. Hay una intersección dialéctica donde el pensamiento ejecutante y la “inexistencia” de la víctima posibilitan un desenlace. Los corruptos, transversalmente hablando, piensan en la existencia de la impunidad absoluta; perjuran su inocencia sin justificar sus grandes propiedades con sueldos públicos y la falta de dineros que luego de pensarse terminan existiendo mágicamente en paraísos fiscales.

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¿Quiénes son responsables de ese ilusionismo?, ¿los funcionarios corruptos o quienes los designan sin dudar?, ¿dónde falla la duda cartesiana al momento de nombrarlos?, cómo culparlos del “cogito ergo sum” que puede “confundirlos” induciéndolos a delinquir pensándose intocables para una justicia –a veces– también “inexistente”. Entonces ¿culpamos a Descartes por las decisiones equivocadas?, ¿dudamos de la metódica duda? o miramos para otro lado y silbamos bajito.

Un hombre vuelve con su hijo del estadio. Cuatro “zombis” suben al bus. Huele peligro en ocho desorbitados ojos. “Bajémonos, hijo”, ordena sin dudar. “¿Por qué, si falta mucho?”, pregunta pensando inoportunamente. “Vamos donde Jaime”, insiste con una mentira pensada para escapar del peligro. Mira por la ventanilla; “aquí no vive”, grita, enterando a todos que es un ser pensante. Los sospechosos miran amenazantes. “Otro Jaime que no conoces”, riposta bajándose presurosos. Los niños, borrachos y locos dicen la verdad, aseguran; quizá sean actores probos para desempeñar algunos cargos, blindados de tentaciones como papeles panameños que tiene a algunos funcionarios pensando en inexistirse. Más aún cuando el filósofo después de rompernos la cabeza, en Respuesta a las segundas objeciones manifiesta: “Todo lo que piensa es o existe”, y san Agustín con su si fallor, sum –“si me equivoco, existo”– puede tentar a algunos desvergonzados a equivocarse intencionalmente, corrompiéndose, con la legítima intención de existir. (O)