Cuando a veces parece imposible encontrar algún tocadiscos o algo parecido en los hogares guayaquileños, en la casa de Pablo Campoverde pueden encontrarse al menos 10, todos en perfecto funcionamiento y conectados a parlantes y amplificadores de alta calidad.

En un rincón bastante oculto del sur de la ciudad vive don Pablo, quien vino desde el ingenio San Carlos hace casi 33 años. Ahora, a sus 65 años, se declara un ávido coleccionista de discos de vinilo, un soporte musical que ha demostrado resistirse a desaparecer, incluso al enfrentarse a la era digital.

“Cuando vivía en el ingenio, tenía unos 10 LP, no más que eso porque allá no llegaban muchos. Entonces me entró la ansiedad de tener discos. Mientras más tenía, más quería tener. Si tenía 1.000 quería 2.000. Todo lo que yo ganaba, todas las utilidades de mi trabajo se iban en disco y disco y disco”, recuerda.

“Cuando me casé, mi esposa me dijo: ‘¿Y ahora? Cómo voy a vivir contigo en esto que parece bodega’. Pero al final se acostumbró”.

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Antiguo cuarto del hijo de Pablo.

Según sus cálculos, tiene alrededor de 50.000 discos, entre discos de 45 (que son los que se usan en las rocolas) y LP. “Si alguien me pregunta qué tienes, es más fácil la pregunta qué no tienes. Porque tengo de todos los géneros. Hasta el padrenuestro”.

En la actualidad los jóvenes se han entregado a esta fiebre por los vinilos, tanto así que los grupos musicales actuales lanzan sus proyectos en este soporte. Pero ¿a qué se debe esta fiebre por los vinilos?

Esta es una tendencia que ha hecho que muchos desempolven viejas máquinas que tenían apiladas en sus casas y se den a la búsqueda de accesorios como las agujas reproductoras, que actualmente pueden costar entre $ 15 y $ 20, según qué tan bien se busquen.

De hecho, marcas como Sony han sacado al mercado aparatos como el tocadiscos PS-LX310BT, que no solo es capaz de reproducir los vinilos antiguos, sino además es Bluetooth y permite conectarse inalámbricamente a parlantes, barras de sonido o audífonos. Una excelente forma de acercarse al público joven.

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Otra capacidad que tiene este dispositivo es que es capaz de conectarse a una computadora via cable USB y así se puede hacer el proceso inverso, es decir, se puede tomar una grabación en vinilo y digitalizarla. Este modelo de Sony permite la reproducción de vinilos a 33 y 45RPM que se puede cambiar solo con un dial a la derecha, así se puede reproducir tanto singles como álbumes.



“Hay gente que normalmente dice que mejor se escucha en LP. Para mí, mejor se escucha en CD o en digital. No hay ese ‘tra, tra, tra’. Pero ya depende de los gustos de cada uno”, comenta Pablo.

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Colección de cerca de 30 mil LPs.

Ese sonido característico es lo que en el mundo del audio se conoce como crackling, según explica Juan David Montalvo, especialista en sonido con más de 30 años de experiencia. Para él, ese tema de que la música analógica al no tener compresión es más fiel a la realidad es un mito. “A mí, en lo particular, el crackling y el hiss (un sonido como de S prolongada) me sacan de la experiencia, prefiero el sonido limpio”, dice Juan David.

“Una vez yo estaba en una feria y le estaba vendiendo unos discos a un tipo. Cuando pongo el LP en el tocadiscos inmediatamente empieza el ruido y me dice: ‘Eso, eso es lo que me hace falta’. Hay gente a la que le gusta ese ruido”, recuerda Campoverde.

Montalvo, por su parte, considera que el fanatismo por el vinilo responde a otra cosa que es completamente distinta: se trata de la experiencia. Es que el formato del disco de vinilo requiere que uno lo escuche de principio a fin, tal cual lo pensó el artista inicialmente. “El tema de los singles digitales había mermado mucho en el concepto de álbum que se tenía hace décadas. No es un accidente que un artista ponga una canción en un orden específico, o que mientras escuches las canciones te tomes un tiempo de revisar el arte de la caja o leas los cancioneros. Todo eso se había perdido bastante”, reflexiona.

Una tradición familiar

Pablo tiene en su casa dos cuartos completos dedicados a guardar discos, además de otros rincones secretos de su casa. Uno de estos cuartos hasta hace poco pertenecía a su hijo. “Mi género es la cumbia y la salsa. El de mi hijo era el rock. Eso era algo que compartíamos”.

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Durante la pandemia todos enfermaron en casa, pero su hijo falleció. “Durante dos meses no pude subir a su cuarto, y cuando por fin lo hice solo pude llorar. Y es que yo siempre le decía que cuando yo me fuera, todo iba a ser de él y no podía dedicarse solo a vender rock. Que también buscara otros géneros. Un padre nunca piensa que su hijo se va a ir primero”, confiesa.

Ahora tiene a su nieta que dice que también quiere ayudarlo, pero él considera que aún es muy pequeña, pues tiene 12 años.

Pablo y su nieta.

Aún es un negocio

Don Pablo dice que hasta hace unos 15 o 20 años se vendían por internet los discos a muy buen precio. Podían venderse entre $ 500 y $ 1.000. “Cuando me enteré de esto busqué oportunidades y, por ejemplo, compré un almacén en Ambato que estaba más lleno que lo que tenía en mi casa. Ahí salieron buenos discos, discos muy caros”.

Ahora vendo mucho afuera del país. Ha vendido incluso hasta Japón, solo que para hacerlo le resulta muy caro el envío, así que clientes de ese tipo no son muy comunes. Comenta que sus principales clientes vienen de Estados Unidos y Europa.

“Vendo muchos discos en la actualidad. No voy a decirle que es como para hacerme millonario, pero me da para sobrevivir. Esto es básicamente mi jubilación”, dice Campoverde.

Secretos bien guardados

Cuando ya parece que en su casa no puede haber más discos, abre un aparador de la sala y saca una colección de discos de Julio Jaramillo. Él dice que es una colección especial porque hay discos inéditos y grabaciones que no se encuentran fácilmente. Los está vendiendo, pues cree que hay más gente como él que le puede dar valor en sus colecciones.

Pablo Campoverde y su coleccción de discos de vinil.

Cómo funcionan los discos de vinilo

La reproducción de un disco de vinilo está regida por la conversión mecánica del movimiento por la que pasa la aguja al seguir el surco que dibuja el diseño del disco en una señal eléctrica. Esta es generada de distintas formas, pero la más habitual es la que ofrece el conjunto de imán y bobina, que va unido al vástago de la aguja, el mismo va sujeto a una cápsula fonocaptora que se encuentra contenida en el brazo del reproductor.

El tocadiscos toma las señales eléctricas que se crean en la cápsula fonocaptora y las procesa, obteniendo en el proceso señales separadas en estéreo que son enviadas al amplificador, que puede encontrarse integrado o separado del equipo. De aquí pasan a los auriculares o altavoces y así se puede escuchar el sonido grabado en el disco. (I)