Mucho antes de que los submarinos dominaran las guerras navales del siglo XX, Rusia intentó crear uno. Era una embarcación de madera, impulsada por remos y diseñada para navegar bajo el agua.
El proyecto sorprendió al zar Pedro el Grande en 1724 y estuvo cerca de convertir al imperio ruso en pionero de esta tecnología militar.
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La idea fue de Yefim Nikonov, un carpintero de astillero del siglo XVIII. No sabía leer ni escribir y tampoco tenía formación en ingeniería.
Pese a ello, imaginó un “buque sigiloso” capaz de navegar bajo las olas y destruir barcos enemigos desde abajo.
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Nikonov envió varias propuestas al zar, redactadas por otras personas. En ellas describía una nave que podría “permanecer silenciosamente bajo el agua” y hundir hasta “diez o veinte buques de guerra”.
Incluso prometió responder “con la cabeza” si el proyecto fracasaba.
En 1719, Pedro el Grande finalmente decidió escucharlo. Aunque el concepto del submarino no era completamente nuevo —el neerlandés Cornelius Drebbel había probado uno en Londres un siglo antes—, el zar quedó fascinado.
Pedro nombró a Nikonov “maestro de buques furtivos”. También le asignó un taller en San Petersburgo y le permitió elegir ayudantes.
Trece meses después, el primer prototipo fue probado en el río Neva.
La nave logró sumergirse y reaparecer. Pero durante una segunda inmersión quedó atrapada bajo el agua.
El propio Pedro el Grande participó en el rescate usando cuerdas. Pese al problema, ordenó construir una versión más grande.
El submarino definitivo estuvo listo en 1724.
Curiosamente, terminó llamándose Morel por un error de escritura. Un funcionario registró mal la palabra model y el nombre quedó.
La nave parecía un gran barril de madera. Medía unos seis metros de largo y dos de altura. Estaba reforzada con aros de hierro y cubierta con cuero.
El sistema de inmersión era rudimentario pero ingenioso. El agua entraba por pequeñas perforaciones hacia bolsas de cuero internas, haciendo que la embarcación descendiera. Para volver a la superficie, el líquido se expulsaba mediante una bomba de cobre.
Cinco tripulantes impulsaban el submarino usando remos.
El Morel también tenía un plan de ataque sorprendente para la época.
Nikonov imaginó utilizar “tubos de cobre en llamas”, una especie de lanzallamas primitivo, contra barcos enemigos.
Además, un buzo debía salir de la nave para dañar el casco rival con herramientas especiales.
Incluso diseñó una especie de traje de buceo para esta misión.
Sin embargo, las pruebas volvieron a complicarse.
En la primavera de 1724, el submarino consiguió descender entre tres y cuatro metros en el río Neva ante Pedro el Grande y oficiales navales.
No obstante, la quilla golpeó el fondo y el casco hermético terminó abriéndose.
La tripulación tuvo que ser rescatada de urgencia.
Aun así, Pedro se negó a culpar a Nikonov y ordenó que el accidente no fuera considerado responsabilidad del inventor.
El gran golpe llegó poco después. La muerte del zar, el 8 de febrero de 1725, dejó al proyecto sin su principal respaldo político y económico.
Nikonov perdió recursos, mano de obra y apoyo.
Las últimas pruebas se realizaron en 1727. Tras un nuevo fracaso, fue degradado a simple obrero.
Así terminó el primer intento ruso de construir un submarino. (I)