Por Rodolfo Pérez Pimentel *

El Dr. Ángel Felicísimo Rojas gozaba de fama en la universidad por el empleo de un castellano perfecto. En un tribunal de exámenes, al escuchar a un vendedor de colas que gritaba su producto en uno de los pasillos cercanos, se dirigió a un alumno y le solicitó: “Dígale al joven expendedor de bebidas gaseosas que se traslade a vocear a otro lugar”. El alumno salió al pasillo y utilizando palabras comprensibles dada la rusticidad del vendedor, le gritó: “Colero, date la chapeta”.

El escritor guayaquileño Ángel Felicísimo Rojas escribió novela, cuento, ensayo y obra periodística.

Al cumplir noventa años su hijo Jorge Luis le obsequió con una fiesta familiar en su casa. Arribaron numerosos parientes y amigos lojanos, se reunieron sus hijos dispersos por el mundo y el buen viejo se deleitó con tan gratas compañías. Y cuando la fiesta estaba en su mejor momento el anfitrión tomó la palabra y dijo: “Queridos parientes y amigos, los convoco, los convoco para que nuevamente estemos reunidos en este mismo sitio después de diez años, a fin de celebrar el centenario de mi ilustre padre”. Todos aplaudieron la convocatoria menos el aludido, que levantó la mano pausadamente y expresó: “No me comprometo…”.

El poder de la sugestión

Me viene a la memoria el Mago Jefa (Jorge Elías Francisco Adoum), quien llegó al país procedente de Francia en 1924 y se estableció primeramente en Ambato y luego en Quito. Solía practicar la medicina natural y curaba por hipnotismo y sugestión, pues tenía la vista fuerte. “Su mirada jamás inexpresiva inspiraba temor o ternura”. En algún carnaval capitalino paseó del brazo con su esposa por calles y plazas y cuando alguien se acercaba con intención de mojar, le fijaba la mirada y por magnetismo debilitaba su voluntad y quedaba estático.

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El dictador Federico Páez (foto) fue curado por el Mago Jefa de una dolencia psicosomática a través del hipnotismo. Por ello, el mandatario le autorizó el libre ejercicio profesional. Foto: wikipedia.org.

En 1936 curó al dictador Federico Páez de una dolencia psicosomática y como no acostumbraba cobrar, fue autorizado a ejercer libremente su profesión de médico naturista en el país. A una señora León, de Quito, le recomendó caminar en los parques sin zapatos a las cinco de la mañana –cuando aún es oscuro– para recoger los rayos cósmicos lunares que se depositan sobre la superficie de la tierra y desaparecen con los primeros rayos del sol al clarear el alba.

Vestir al desnudo

Era costumbre en el siglo XIX que al nacer un niño sus progenitores agradecieran con una obra de caridad, hermosa costumbre que se ha perdido. En su novela autobiográfica Cuentos de Delfín de las Peñas, Víctor Manuel Rendón refiere que su padre, Manuel Eusebio Rendón Treviño, con motivo del nacimiento de su primogénito donó una fuerte suma a los reclusos del lazareto de Quito y estos contestaron: Rezaremos a Dios porque el recién nacido llegue a obispo o presidente.

Este don Manuel Eusebio era un pudiente cacaotero de la región de Balzar que se trasladó a vivir con su familia en París huyendo de las pestes guayaquileñas y que, tras la revolución de 1869, acostumbraba recibir en su mesa a los emigrados políticos, entre ellos a Pedro Carbo, al general Ignacio de Veintemilla, etc. Este último le mandó a decir en cierta ocasión que ya no podría concurrir a las tertulias de las noches por el mal estado de su indumentaria, sin que le fuera posible otra nueva por las escasas remesas de dinero que le mandaban del Ecuador.

Poco después don Eusebio le pidió a Veintemilla que habiendo recibido de un paisano el encargo de remitirle unos ternos, como había olvidado incluir las medidas y siendo de la misma talla y corpulencia del general, suplicaba atender a su sastre para que le se las tomara y así poder cumplir con el encargo.

Gustoso, Veintemilla accedió al ruego, pero días más tarde, cuál sería su sorpresa al recibir un traje completo de etiqueta y comprendiendo que había caído en un amistoso lazo (era un gentil regalo para el general) se apresuró a visitar a don Eusebio: “Solo a usted podía ocurrírsele la idea de tan señalado servicio”. Y pasaron los años; en 1880, ya de presidente de la República, don Manuel Eusebio fue a saludarle en Guayaquil y Veintemilla le ofreció que escoja la función que a bien tuviere y como don Eusebio no aspiraba a ocupar cargo público, contestó: Ordene que se forren los estantes del portal de la nueva y hermosa Casa de Gobierno, pues tal como están ofrecen una deplorable vista a los extranjeros. “Siempre tan generoso, dando de vestir al desnudo. Esos estantes tendrán también su traje de etiqueta”, fue la respuesta.

Amor frustrado

En 1910, el joven médico guayaquileño Pedro José Huerta, siempre tan pulcro y elegantísimo, conoció en un paseo en Quito a la joven Ofelia Sarasti Álvarez y fue un amor a primera vista, él era muy romántico y aunque bien correspondido e invitado a esa casa en plan casamentero, alguien debió advertirle que socialmente era un amor prohibido, pues su hermano Emilio Clemente Huerta estaba casado con Colombia Alfaro, hija del general Eloy Alfaro, vencedor en la batalla de Gatazo, y Ofelia lo era del general José María Sarasti, perdedor en esa batalla, de manera que su matrimonio hubiera sido un escándalo de proporciones nacionales, en otras palabras, algo muy mal visto y considerado algo así como una traición familiar, de manera que la dejó pasar y se regresó entristecido.

Ofelia se casaría ya treintona con Nicolás Martínez Holguín, fundador del andinismo en el Ecuador, y consiguió la felicidad por su lado; en cambio, Huerta se recluyó en su consultorio en la planta baja de la casa familiar dedicado a sus clases en el colegio Vicente Rocafuerte, a consultar archivos y a escribir historias y quedó vejete y solterón. Fue, pues, un amor frustrado por la política y la ñoñería intonsa del qué dirán. (I)

* Miembro de la Academia Nacional de Historia.